Contra los modernistas y los impíos: la santa misa.

Pedro L. Llera

21.11.22
Se ha oído a menudo últimamente que la Eucaristía no es un premio para los buenos, sino la fuerza para los débiles; para los pecadores es el perdón, el viático que nos ayuda a andar, a caminar. Y es verdad, si no nos hacemos trampas al solitario. Porque algún teólogo avispado razonaba no hace mucho de esta manera:

Los que sufren, los enfermos, discapacitados y moribundos reciben el Cuerpo de Cristo como viático para su último paso al Reino.
Los divorciados también sufren.
En consecuencia, los divorciados vueltos a casar, que forman parte de ese colectivo de personas que sufren, también deberían poder comulgar, porque la fuerza de la Eucaristía les va a ser de gran ayuda.
Así discurren los impíos. El silogismo (la trampa, la falacia) no puede ser más evidente. ¿Qué tendrá que ver un agonizante con un divorciado vuelto a casar? Quien vive en pecado mortal no debe comulgar, si antes no se arrepiente de sus pecados con propósito de enmienda, se confiesa; y recibe la absolución y cumple la penitencia.

Dice el Apóstol en 1Co 11,27: Quien comiere el pan y el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor.

Nuestro Señor nos manifiesta que es necesario acercarse a recibir el alimento eucarístico con las almas bien preparadas; pues Él mismo, antes de dar a sus Apóstoles el Sacramento, no obstante de estar ya limpios, les lavó los pies (Jn. 13 5.), enseñándonos a acercarnos a este Sacramento con gran pureza de conciencia. Así como aprovecha mucho recibir este Sacramento con buenas disposiciones, siendo causa de vida eterna, también daña mucho el recibirlo con malas, siendo causa de ruina eterna.

El pecador, al trasgredir voluntariamente la ley divina en materia grave, renuncia a la amistad con Dios poniéndose de espaldas a Él como fin último sobrenatural. El pecado mortal se opone diametralmente a la caridad y por eso la destruye totalmente. El pecado mortal nos vuelve enemigos de Dios.

«Como el cuerpo muere cuando le falta el alma, así el alma muere cuando pierde a Dios. Y hay una diferencia: la muerte del cuerpo sucede necesariamente; pero la del alma es voluntaria» (In Ioannis 41,9-12; cf. Rm 7,24-25).

Enseña Santo Tomás de Aquino respecto a la comunión:

No todas las medicinas son buenas para todas las enfermedades. Porque una medicina que se da a quienes se han librado de la fiebre para fortalecerles, dañaría a los que tienen fiebre todavía. Pues así, el bautismo y la penitencia son como medicinas purgativas, que se suministran para quitar la fiebre del pecado. Mientras que este sacramento es una medicina reconfortante, que no debe suministrarse más que a los que se han librado del pecado.

Por lo tanto, el pecado mortal es la muerte para la vida de la gracia y para la caridad. Y no puede comulgar con Dios quien voluntariamente se ha apartado de Él.

Pero no solo no tienen los réprobos problema con la comunión de los pecadores públicos – no solo los divorciados vueltos a casar, también los políticos que promueven las leyes del aborto o de la eutanasia – sino que tampoco tienen reparos en que comulguen paganos, ateos, budistas, protestantes o musulmanes. ¡Que comulguen todos! ¡Venga, alegría!

Dice Santo Tomás de Aquino:

Pero pesa más el impedimento que va contra la caridad misma que contra su fervor. Por eso, el pecado de incredulidad, que separa radicalmente al hombre de la unidad de la Iglesia, hablando en absoluto, es el que hace al hombre más inepto para recibir este sacramento, que es el sacramento de la unidad de la Iglesia, como ya se dijo. De donde se deduce que peca más gravemente el infiel que recibe este sacramento que el pecador fiel; el infiel, además, ultraja más a Cristo, presente en este sacramento, muy especialmente si no cree que Cristo está verdaderamente presente en él, porque, en lo que de él depende, disminuye la santidad de este sacramento y la virtud de Cristo que opera en él, que es ultrajar el sacramento en sí mismo. Sin embargo, el fiel que comulga con conciencia de pecado no ultraja este sacramento en sí mismo, sino en su uso, por recibirlo indignamente. (Suma Teológica III Qu.80).

Para los impíos, el pan consagrado es solo un símbolo, una metáfora. Representa para ellos la solidaridad, la fraternidad universal de todos los hombres de cualquier raza, sexo o religión. La comunión es el símbolo del compartir: cuando todos ponemos lo que tenemos a disposición de los demás, hay suficientes recursos para que todos coman y todavía sobran (así interpretan de forma naturalista la multiplicación de los panes y los peces).

En el documento Del Conflicto a la Comunión, Conmemoración Conjunta Luterano-Católico Romana de la Reforma en el 2017 (Sal Terrae) se dice literalmente:

154. Tanto luteranos como católicos pueden afirmar en conjunto la presencia real de Jesucristo en la Cena del Señor: «En el sacramento de la Cena del Señor, Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, está presente total y enteramente, con su cuerpo y su sangre, bajo los signos del pan y del vino» (Eucaristía 16). Esta declaración en común afirma todos los elementos esenciales de la fe en la presencia eucarística de Jesucristo sin adoptar la terminología conceptual de «transustanciación». De esta forma, católicos y luteranos entienden que «el Señor exaltado está presente en la Cena del Señor, en el cuerpo y la sangre que él ofreció, con su divinidad y su humanidad, mediante la palabra de promesa, en los dones del pan y del vino, en el poder del Espíritu Santo, para su recepción mediante la congregación».

Se lo resumo: los luteranos y los católicos estamos de acuerdo en todo respecto a la Eucaristía, excepto en lo fundamental: el concepto de transubstanciación. Y este es el punto fundamental para los impíos: acabar con la transubstanciación.

Volvemoa a Santo Tomás:

«Como en este sacramento toda una sustancia se cambia en toda otra sustancia, a esta conversión se la llama propiamente transustanciación».

«Y esto es lo que sucede por el poder divino en este sacramento. Porque toda la sustancia del pan se convierte en toda la sustancia del cuerpo de Cristo, y toda la sustancia del vino, en toda la sustancia de la sangre de Cristo. Por donde se ve que esta conversión no es formal, sino sustancial, y no está contenida entre las conversiones que siguen el curso de la naturaleza, por lo que puede decirse que su nombre propio es el de transustanciación». (Suma Teológica III Qu.75 a.4).

Dice el Catecismo Romano:

La transustanciación

1º La cosa. — Después de la consagración no queda en el Sacramento sustancia de pan ni de vino; lo cual es una consecuencia de lo anterior. En efecto, después de la consagración el cuerpo de Cristo se encuentra bajo las especies de pan, y su sangre bajo las especies de vino; y esto sólo puede suceder por la conversión del pan y del vino en el cuerpo y en la sangre de Cristo. Esto último es lo que se verifica; por lo tanto, nada queda de la sustancia del pan ni del vino.

2º Testimonios de la Escritura. — Cristo mismo afirmó dicha verdad, al enseñar tajantemente en varias ocasiones que nos da su cuerpo y su sangre bajo este sacramento para que sean nuestra comida y bebida (Jn. 6 52-56.); y especialmente en el momento de instituir este sacramento, cuando dijo: «Esto es mi cuerpo, éste es el cáliz de mi sangre» (Mt. 26 26; Mc. 14 22; Lc. 22 19; I Cor. 11 24.). Si a su carne llama comida, y a su sangre bebida, claro está que no queda ni pan ni vino en este sacramento.

3º Testimonios de los Padres y del Magisterio. — Esta ha sido también la doctrina constante de los Santos Padres, que han afirmado de mil maneras que, antes de la consagración, en el sacramento hay sólo pan y vino, pero que, por la consagración, ese pan se hace carne de Cristo y ese vino sangre de Cristo. Por eso, los Concilios de Letrán el Grande y de Florencia confirmaron la verdad de este artículo (Dz 430 y 698.), y el Concilio de Trento la definió más claramente como verdad de fe (Dz. 884.). Y si llamamos «pan» a la Eucaristía incluso después de la consagración, es sólo porque conserva la apariencia de pan y porque retiene la cualidad natural de alimentar y nutrir al cuerpo, la cual es propia del pan.

4º Modo de verificarse la transustanciación. — Por el poder de Dios, toda la sustancia del pan se convierte en toda la sustancia del cuerpo de Cristo, y toda la sustancia del vino se convierte en toda la sustancia de la sangre de Cristo, sin que ello suponga en nuestro Señor alteración ninguna. Por esta razón, el Concilio de Trento declaró que a tan admirable conversión había que darle el nombre de «transustanciación» (Dz. 877 y 884.), esto es, de cambio de sustancia, que recta y sabiamente usaron nuestros mayores.

Pero para los herejes, la Eucaristía ya no tiene que tener nada de sobrenatural y queda reducida a algo puramente natural. Ya no hay milagro alguno. Todo es puramente inmanente y natural. Hay que compartir y ser solidario y entonces construiremos entre todos un mundo mejor y más justo. Por eso la Iglesia del Anticristo no pretende salvar para el más allá. No se preocupa por la salvación de las almas para que todos vayan al cielo, sino que busca exclusivamente crear un paraíso aquí en la tierra. Por eso el Anticristo y su Iglesia son progresistas y creen que en el futuro habrá un paraíso terrenal construido por el hombre, gracias a la ciencia, a la tecnología y a un nuevo humanismo, en el que el hombre nuevo vivirá por fin en paz, en armonía con la naturaleza y en un mundo justo y solidario (y sostenible… Se me olvidaba “sostenible»). Todas las religiones deben contribuir a la paz y, crean en lo que crean, deben ser distintos modos de colaborar a ese mundo mejor que construiremos entre todos.

La Eucaristía para los impíos amigos del Anticristo es una fiesta: la fiesta de reino. Pero de un reino de este mundo: de la solidaridad aquí y ahora en esta vida terrenal. Es un banquete festivo porque celebramos la vida – esta vida terrenal –; celebramos el compartir, la justicia y la solidaridad. Pero para el Anticristo no hay más allá. No hay “metafísica”; es decir, nada hay más allá de la naturaleza. El “más allá”, lo que haya después de la muerte ya no se predica apenas. No importa el más allá. Importa el aquí y ahora. Si hay algo más allá, será el cielo a donde va todo el mundo. Por eso los funerales se han convertido en ceremonias de canonización y ya nadie reza por los difuntos: ¿para qué, si están todos en el cielo? Lo de pedir misas por los difuntos es cosa de viejas: eso era antes de que algún listo decretara que el infierno, de existir, probablemente esté vacío (salvo Hitler).

«Todos somos hermanos, hijos del mismo dios, se llame como se llame; hijos de la Madre Tierra, que nos cobija y nos da de comer; Vivimos en una casa común y somos todos hermanos. Abracémonos todos y acabemos con las guerras y con la propiedad privada que es el origen de todas las desigualdades. Todo es de todos. Nada es de nadie. No hay fronteras ni países que nos dividan. Acabemos con los ejércitos y démonos todos besos. Abramos las fronteras y eliminémoslas: cuando vemos una imagen del plantea, las fronteras no se ven… Derribemos muros y tendamos puentes».

El Sacrificio de la Misa es el mismo que el de la cruz. Confesamos, pues, y así debe creerse que es uno y el mismo Sacrificio el que se ofrece en la Misa y el que se ofreció en la Cruz, así como es una y la misma ofrenda, es a saber: Cristo Señor nuestro, el cual sólo una vez vertiendo su sangre se ofreció a sí mismo en el ara de la Cruz. Porque la Hostia cruenta e incruenta no son dos, sino una misma, cuyo sacrificio se renueva cada día en la Eucaristía, después que mandó así el Señor: “Haced esto en memoria mía”.

La Santa Misa es un sacrificio, no sólo de alabanza y acción de gracias, sino también propiciatorio (Dz. 940 y 950.), por el cual Dios se muestra aplacado y benigno con nosotros. Por eso, si con corazón puro, fe viva y verdadero arrepentimiento de los pecados, se ofrece este sacrificio, se obtiene de Dios misericordia y gracia en el tiempo oportuno (Heb. 4 16.), pues nos aplica los frutos de la Pasión sangrienta de Jesucristo, y Dios Padre, en atención a él, nos comunica los dones de gracia y de penitencia, y nos perdona los pecados.

Dice el Catecismo:

1367 El sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son, pues, un único sacrificio: “La víctima es una y la misma. El mismo el que se ofrece ahora por el ministerio de los sacerdotes, el que se ofreció a sí mismo en la cruz, y solo es diferente el modo de ofrecer” (Concilio de Trento: DS 1743). “Y puesto que en este divino sacrificio que se realiza en la misa, se contiene e inmola incruentamente el mismo Cristo que en el altar de la cruz “se ofreció a sí mismo una vez de modo cruento»; […] este sacrificio [es] verdaderamente propiciatorio” (Ibíd).

El Concilio de Trento señala que:

Si alguno dijere, que no se ofrece a Dios en la Misa verdadero y propio sacrificio; o que el ofrecerse este no es otra cosa que darnos a Cristo, para que le comamos; sea excomulgado. Can. I, de las ses. XXII.

Si alguno dijere, que sola la fe es preparación suficiente para recibir el sacramento de la santísima Eucaristía; sea excomulgado. Y para que no se reciba indignamente tan grande Sacramento, y por lo mismo cause muerte y condenación, establece y declara el mismo santo Concilio, que los que se sienten gravados con conciencia de pecado mortal, por contritos que se crean, deben para recibirlo, anticipar necesariamente la confesión sacramental, habiendo confesor. Y si alguno presumiere enseñar, predicar o afirmar con pertinacia lo contrario, o también defenderlo en disputas públicas, quede por el mismo caso excomulgado. Can. XI, ses. XIII, Conc. Tri.

En definitiva, la Eucaristía produce en el alma los mismos efectos que el pan y el vino en el cuerpo. Esto es, alimenta al alma sosteniendo la vida de la gracia para que no desfallezca, reparando sus fuerzas perdidas, haciéndola crecer y deleitándola espiritualmente. Pero no lo hace transformando el Sacramento en nuestra sustancia, sino transformándonos a nosotros en Cristo. La Santa Misa es la cima de la mística: la unión del alma con Dios. El cuerpo, la sangre, el alma y la divinidad de Cristo se unen a nosotros, si estamos en gracia de Dios. Y así, después de salir de la oscuridad del pecado por la confesión sacramental, estamos en disposición para unirnos amorosamente a nuestro Señor.

Quédeme y olvídeme,
el rostro recliné sobre el Amado;
cesó todo, y déjeme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.

«Quédeme y olvídeme». Cuando el alma se une a Dios, nada más hace falta. Silencio, recogimiento, adoración. No hace falta nada. Sobra todo lo demás. Solo Dios basta.

La Eucaristía nos abre las puertas de la gloria eterna: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna y Yo lo resucitaré en el último día» (Jn. 6 55.).

Bendito sea Dios en el Santísimo Sacramento del Altar.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.