Conferencia episcopal polaca: posición sobre Juan Pablo II y delitos sexuales con menores.

Korazym.org / Vik van Brantegem

19 de noviembre de 2022
“Es indiscutible que Juan Pablo II fue un Papa que, de acuerdo con los conocimientos adquiridos, libró una lucha decidida contra los casos de abuso sexual de menores por parte de algunos sacerdotes e introdujo normas obligatorias para todas las Iglesias para hacer frente a este tipo de delitos». Así concluye la Posición sobre las actividades de Juan Pablo II en relación con los delitos sexuales con menores del Consejo Permanente de la Conferencia Episcopal Polaca, publicada ayer, 18 de noviembre de 2022.

Esta Nota pretende refutar la tesis de que San Juan Pablo II no abordó correcta o adecuadamente el problema “o incluso lo encubrió”. Según los obispos polacos, «mirar» la actividad de san Juan Pablo II debe tener en cuenta el contexto histórico, el conocimiento de la época, las condiciones en las que vivió.

La Nota de los obispos polacos enumera y muestra «la coherencia de las iniciativas que ha emprendido». Y dice: la «mentalidad de discreción que entonces prevalecía en la Iglesia» hacía que, «incluso si se tomaban acciones, dominaba al mismo tiempo el miedo y la resistencia a comunicarlas de manera transparente». En los detalles del caso McCarrick, los obispos polacos se preguntan «hasta qué punto Juan Pablo II fue debidamente informado» y «hasta qué punto se tomaron algunas decisiones sin su conocimiento». San Juan Pablo II, concluye la Nota de los obispos polacos, «inició un proceso muy importante, que aún continúa, de limpieza de la Iglesia en esta tema».

Publicamos a continuación el texto completo de la Posición del Consejo Permanente de la Conferencia Episcopal Polaca sobre las actividades de Juan Pablo II con respecto a los delitos sexuales con menores, adoptada el 14 de noviembre de 2022 por el Consejo Permanente de la Conferencia Episcopal Polaca en el santuario de Jasna Góra y publicada el 18 de noviembre de 2022.

Es un texto que debería haber sido redactado hace algún tiempo por la Santa Sede, pero mientras tanto, la posición adoptada por los obispos polacos es ciertamente mejor que nada. De hecho, mejor tout court. Honra su honestidad y su valentía, también al definir exactamente de qué estamos hablando: de «abuso y delitos sexuales» y no vagamente de «abuso», como en cambio lo hacen la Santa Sede y la Conferencia Episcopal Italiana, de manera aséptica.

¡San Juan Pablo II, ruega por nosotros! Necesitamos tu intercesión.

Posición del Consejo Permanente de la Conferencia Episcopal de Polonia sobre las actividades de Juan Pablo II en relación con los delitos sexuales con menores

Las preguntas sobre la posición de Juan Pablo II en relación al drama de los abusos sexuales de menores e indefensos por parte del clero y sobre los métodos de reacción ante este tipo de delitos durante su pontificado se escuchan cada vez más en la esfera pública. Cada vez con más frecuencia se avanza la tesis de que el Papa no habría tratado correctamente este tipo de hechos y que no habría hecho mucho para resolver este problema o incluso que lo encubrió.

Parece haber cierto tipo de moda en la formulación de este tipo de opiniones. Esto es parte de los intentos de socavar la autoridad de Juan Pablo II e incluso de cuestionar su santidad, confirmada por los procesos de beatificación y canonización. En consecuencia, es un intento de restar importancia a la Iglesia frente al mundo.

El ataque mediático contra San Juan Pablo II y su Pontificado se debe también a su oposición frente a sus enseñanzas expresadas en Encíclicas como Redemptor hominis o Veritatis splendor, pero también a la teología del cuerpo por él enunciada, que no corresponde a la actual ideología que propaga el hedonismo, el relativismo y el nihilismo moral.

En esta situación, la búsqueda honesta de la verdad y dar testimonio de ella es el deber de toda conciencia recta. Una mirada a la actividad de Juan Pablo II debe tener en cuenta el contexto histórico y el estado del conocimiento de la época, así como las condiciones en las que vivió. Las circunstancias estaban marcadas sobre todo por las implicaciones de la revolución cultural de 1968, que había rechazado los criterios objetivos de moralidad y responsabilidad personal.

Se declaró abiertamente, sobre todo en los círculos universitarios occidentales, que todo es lo mismo y que, en consecuencia, no hay diferencia entre el bien y el mal, lo verdadero y lo falso, lo bello y lo feo. Actualmente están surgiendo nuevas ideologías que son un legado de la revolución de 1968. Socavan la antropología cristiana, cuya verdad fundamental es la creación del ser humano por Dios, como mujer y como hombre, a su imagen y semejanza. La lucha contra la visión cristiana del ser humano está claramente ligada a los intentos de socavar la gran autoridad de Juan Pablo II -de la que todo el mundo se enorgullece- que proclamó con gran fuerza esta visión en todos los Areópagos de sus contemporáneos.

Al tratar de comprender el enfoque de Juan Pablo II sobre el problema del abuso sexual infantil, queremos mostrar la coherencia de las iniciativas que ha emprendido.

Ya al comienzo de su Pontificado, con la introducción por Juan Pablo II del nuevo «Código de Derecho Canónico» en 1983, obligó inequívocamente a los superiores eclesiásticos a castigar a los miembros del clero culpables de abusos sexuales a los menores con una pena justa, incluyendo su reducción al estado laical.

En 1992 Juan Pablo II anunció el «Catecismo de la Iglesia Católica» que, en el artículo 2389 establece: «el abuso sexual cometido por adultos sobre los niños o adolescentes confiados a su custodia» es pecado, siendo «al mismo tiempo, un ataque escandaloso sobre la integridad física y moral de los muchachos, quienes quedarán marcados por ella para toda su vida, y es también una vulneración de la responsabilidad educativa”.

Probablemente la primera señal seria de abuso sexual de menores por parte del clero llegó a Juan Pablo II de la Iglesia en los Estados Unidos en 1985 a través del Nuncio Apostólico en Washington. Era un análisis de la ineficacia de las medidas adoptadas hasta ese momento por la Iglesia en los EEUU contra los perpetradores de tales abusos. Sin embargo, el verdadero alcance de este fenómeno no se conocía completamente en ese momento.

Durante la visita ad limina de ese episcopado en 1993, Juan Pablo II se dio cuenta de que los obispos no habían sido unánimes en la aplicación de la ley penal con referencia a los delitos sexuales cometidos por el clero. Hubo una tendencia a minimizar la importancia del derecho penal en la vida de la comunidad eclesial y, a menudo, no se utilizaron los instrumentos legales existentes. Tampoco se percibía cuán profundos y dañinos podían ser los resultados de tales crímenes para la psiquis de las víctimas. En el mismo período, los movimientos que pedían la legalización de la pedofilia crecieron con fuerza a escala mundial.

Después de esta visita, Juan Pablo II escribió en su carta a los obispos americanos: “Las penas canónicas previstas para ciertos delitos que dan expresión social a la desaprobación del mal están plenamente justificadas. Ayudan a mantener clara la distinción entre el bien y el mal, y promueven el comportamiento moral así como la formación de una correcta conciencia de la gravedad del mal».

En la segunda parte de esta carta, Juan Pablo II advierte contra tratar el mal como una ocasión para el sensacionalismo. “El mal puede ser sensacionalista, pero el sensacionalismo que lo rodea siempre es peligroso para la conducta moral”, escribió. Es posible que esta forma de pensar del Papa fuera consecuencia de sus dolorosas experiencias en Polonia cuando, bajo los regímenes comunistas, los medios de comunicación eran, por así decirlo, enemigos de oficio de la Iglesia y muchas veces la información que aparecía en ellos eran simplemente mentiras y calumnias. La posición de desconfianza e incredulidad en las acusaciones que allí aparecían sobre el clero estaban, por tanto, en gran medida justificadas,

Parece que en el período comprendido entre mediados de los 80 y mediados de los 90 del siglo pasado, el escándalo de los abusos sexuales se manifestó para Juan Pablo II como un problema principalmente de la Iglesia de los Estados Unidos y de los países anglosajones. Por ello, en 1994 emitió un documento para la Iglesia en los EEUU, cuyo objetivo era garantizar una mayor protección a los menores mediante la concordancia de las disposiciones eclesiales con la ley americana.

Este documento elevó la edad de tutela para menores de 16 a 18 años y extendió el estatuto de limitaciones para delitos de abuso sexual infantil a partir de los 10 años y hasta el cumpleaños 18 de la víctima. Dos años después, en 1996, el Papa emitió un documento similar para la Iglesia en Irlanda, del que también comenzaron a fluir denuncias de abusos sexuales cometidos por el clero.

La conciencia del Papa sobre el alcance y las consecuencias de estos abusos fue creciendo a lo largo de los años. Para él, era cada vez más claro que los obispos y los superiores de las órdenes religiosas no habían tomado las medidas adecuadas previstas por la ley y que no podían usarlas.

Por eso, a pesar de la tendencia posconciliar hacia la descentralización, en 2001 Juan Pablo II emitió el documento Sacramentorum sanctitatis de protección para toda la Iglesia. En él, se presentaba al niño como el mayor tesoro, que había que proteger a toda costa. La herida infligida a un niño en el ámbito sexual era reconocida como uno de los delitos eclesiales más graves y comparado con la profanación del Santísimo Sacramento o la violación del secreto de confesión.

Para evitar que tales delitos se minimisen dentro de las Iglesias locales, el Papa, en virtud de este documento, estableció la jurisdicción de la Santa Sede sobre todos los casos de abuso sexual de menores desde el momento en el que se pudiera reconocer la plausibilidad del delito y ordenó que se notificaran a la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Desde entonces, el proceso penal en estos casos ha estado reservado a la Santa Sede y hasta el día de hoy ha permanecido bajo su estricto control. Esta decisión demostró que Juan Pablo II era consciente de la escala y el carácter global de la crisis provocada por los abusos sexuales a menores. Este cambio en la aplicación de la ley y la ejecución de la ley no tenía precedentes.

En retrospectiva, queda claro que este fue un punto de inflexión en la lucha de la Iglesia contra los delincuentes sexuales dentro de sus filas. A raíz de estas decisiones de Juan Pablo II, la Santa Sede ha obligado a todos los Episcopados a introducir normas específicas para tratar estos casos, en cumplimiento de las leyes seculares.

Una manifestación de la creciente toma de conciencia del Papa fue su discurso a los cardenales de EEUU en abril de 2002 durante un encuentro que fue consecuencia directa de la ola de revelaciones de crímenes contra menores por parte del clero, provocada por una serie de artículos publicados en el diario Boston Globe. Al diagnosticar la crisis, Juan Pablo II había subrayado el dolor de las personas heridas por actos delictivos. Aseguró a las víctimas de abusos y sus familias «su profunda simpatía y preocupación».

Al hacerlo, esperaba que abordar estas dolorosas consecuencias debía cambiar la Iglesia y hacerla más santa. También subrayó que quien hiere a un joven niega esta santidad y que «en el sacerdocio y en la vida religiosa no hay lugar para quien hiere a un menor». Es más, Consideró parte importante del problema que «muchos se sienten heridos por el enfoque de la jerarquía ante estos delitos» y que «los efectos han revelado que sus decisiones fueron equivocadas». El diagnóstico de la crisis que ofrece el Papa es claro, por tanto, y la dirección de las iniciativas que debían remediar la situación es inequívoca.

De las actividades presentadas por Juan Pablo II en relación a la crisis que se manifestaba cada vez más claramente, surge la imagen del Pastor que quiso afrontarla con valentía y decisión, a pesar de ser consciente de que esta crisis podía comprometer la capacidad de la Iglesia para cumplir su misión en el mundo. El Papa llegó a la conclusión de que la Iglesia, puede ayudar a la sociedad a luchar contra el flagelo de los abusos sexuales a menores e indefensos «sólo abordando el problema de los abusos con claridad y determinación». Al ver que las respuestas oportunas a este problema no ofrecían una solución suficiente, en 2001 el Papa dio un paso decisivo al cambiar la ley, que se ha convertido en una herramienta para toda la Iglesia.

En un intento de comprender la situación del tiempo actual, es necesario tener en cuenta también la mentalidad de discreción que entonces prevalecía en la Iglesia. Entonces, aunque se tomaron medidas, el miedo y la resistencia a comunicarlas de manera transparente les quitaron fuerza.

Además, la lectura del informe de la Santa Sede sobre la el cardenal Theodor McCarrick, impone la pregunta de hasta qué punto Juan Pablo II había sido debidamente informado por los órganos designados al efecto y hasta qué punto algunas decisiones fueron tomadas sin su conocimiento en otros niveles de gobierno, de acuerdo con sus competencias. En cualquier caso, el informe McCarrick no muestra ningún «encubrimiento» o «disimulo» por parte de Juan Pablo II de los delitos sexuales del clero.

El intento de comprender las actitudes e iniciativas de San Juan Pablo II puede ser una oportunidad para que nos demos cuenta de que la acción divina pasa por la humanidad ordinaria, condicionada por el contexto histórico y por la historia personal. Es también para nosotros un camino hacia una comprensión más profunda de la santidad, que consiste en vivir heroicamente la fe, la esperanza y la caridad. El Papa tuvo una gran sensibilidad por todo ser humano, como lo atestiguan su vida y sus enseñanzas. El anuncio de la Iglesia de la santidad de la persona no es la afirmación de ausencia de pecado, y menos aún de ausencia de defectos, sino el reconocimiento del testimonio de su vínculo con Cristo, a pesar de las limitaciones y condicionamientos humanos.

Es indiscutible que Juan Pablo II fue un Papa que, de acuerdo con los conocimientos adquiridos, libró una lucha decidida contra los casos de abuso sexual de menores por parte de algunos sacerdotes e introdujo normas obligatorias para todas las Iglesias para hacer frente a este tipo de delitos, subrayando que «en el estado sacerdotal y en la vida consagrada no hay lugar para los que dañan a los jóvenes». Inició un proceso muy importante, que aún continúa, de limpieza de la Iglesia en este tema.

Jasna Góra, 14 de noviembre de 2022

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