¿Cómo multiplicar el fruto y el carisma de una comunidad de fe? arriesgar y diversificar

Religión en libertad

 

Llega San Ignacio, o San Francisco, o cualquier otro fundador, y pone en marcha algo nuevo y sorprendente en la Iglesia, y atrae a muchos jóvenes entregados. Su visión causa pasión, llena de ilusión a muchos, suscita generosidad.

Hay algo de caos en su actividad, pero ese caos que forma parte de la vida y la Iglesia, es creativo. Y nace una nueva orden, congregación o carisma, con un mandato y estilo bastante concreto, un estilo concreto de servir a la Iglesia y a Cristo. Y surgen obras, colegios, escuelas, misiones, apostolados.

Cuando muere el fundador

Pero después muere el fundador y se pone al frente el ayudante del fundador o alguien cercano a él. El fundador era una persona con impulso, pero probablemente no era un gran gestor. Le faltaba orden, método, no era muy eficaz llevando cuentas. Para eso tenía a su fiel ayudante. Ahora el ayudante gestor está al frente.

El problema es que el fundador atraía jóvenes apasionados, generosos, entregados, un poco locos a veces… sin embargo, el nuevo líder es un gestor, no atrae mucho, quiere tenerlo todo atado y bien atado, evitar que se deshilache el carisma, que se difumine, establece muchas normas de lo que se puede y no puede hacer. Y eso tiende a alejar a las personas creativas y apasionadas. Empieza la crisis de la segunda generación, que ya no será creativa y se siente más cómoda repitiendo (ni siquiera adaptando) lo de siempre.

La destrucción creadora: arriesgar para mantener el carisma

Para reducir daños y mantener la ilusión y creatividad, examina algunas ideas Luigino Bruni, profesor de Economía Política en la Universidad LUMSA de Roma. Es miembro del movimiento de los Focolares y experto en “economía de comunión”, en el análisis de las organizaciones que buscan algo distinto al mero lucro.

El autor no menciona casos concretos del siglo XX y XXI, pero la realidad es que en los últimos 20 años han muerto varios fundadores de movimientos relevantes: Chiara Lubich en los Focolares, el padre Giussani en Comunión y Liberación, el hermano Roger en Taizé, Ignacio Larrañaga en Talleres de Vida y Oración, el padre Jaime Bonet de Verbum Dei, el padre Miguel de Bernabé de Gardendal, Carmen Fernández en el Camino Neocatecumenal, Flaviano Amatulli de Apóstoles de la Palabra, el padre Scanlan de la Universidad Franciscana de Steubenville, etc.

Y la siguiente generación tiene que intentar mantener con vida y fuerza en el siglo XXI obras que nacieron en los años 50, 60, 70, cuando muchas cosas eran muy distintas.

¿Por qué no crecemos? ¿Porque no atraemos gente ilusionante?

¿Por qué no tenemos vocaciones, por qué ya no crecemos?, se plantean los nuevos gestores. Y buscan recortar gastos, vender inmuebles, reestructurar. Pero Bruni dice que eso no basta, porque una mera gestión de recursos no aporta vocaciones. Para atraer a la gente creativa, ilusionada e ilusionante, motivada y motivadora, se necesita pasión.

Una cosa es el “núcleo inmutable de la inspiración originaria” y otra “la forma organizativa e histórica” que esta inspiración ha tomado. Si esta forma concreta se fosiliza, puede acabar marchitándose y marchitando también el carisma.

Un buen árbol da… ¡un bosque que poliniza!

Bruni cree que un carisma, para sobrevivir, ha de diversificarse, multiplicar su oferta: “un árbol que ha dado buenos frutos, para seguir viviendo y fructificando, se ha de convertir en un campo de frutales, en bosque, en selva, exponerse al viento y al polen y acoger en sus ramas abejas que esparzan las semillas”.

Pone como ejemplo los franciscanos: setecientos años después, siguen dando fruto en la Iglesia porque se han diversificado en muchas comunidades y estilos distintos, el pensar y sentir de Francisco de Asís se aplica en comunidades que nacen en lugares muy diversos.

Si arriesgas, quizá falles; pero si no arriesgas, ya has muerto

Bruni avisa: un carisma o movimiento tendrá que arriesgarse y probar muchas cosas nuevas y atraer mucha gente diversa. Si se arriesga, no hay garantía de éxito. Pero si no se arriesga, hay garantía de morir de esclerosis en una o dos generaciones.

Además, no se puede esperar a que el proceso de fosilización haya avanzado: hay que sembrar las semillas de la “nueva ola”, a ser posible, aún en vida del fundador o en vida de su sucesor, que ha de ser sincero y reconocer que no basta con ser gestor.

“La sabiduría de gobierno del fundador y/o de sus primeros colaboradores consiste en hacer que las personas creativas puedan desarrollarse en su diversidad y no en transformarlas en vasallos solo al servicio del carisma del líder”, insiste. Un movimiento ha de tener “biodiversidad”, como una granja: si se dedica al monocultivo, se agotará en una generación.

Los que creen que “aún vamos bien”

Un problema es que a un movimiento le puede pasar como a un artista, que se siente en la cumbre de su carrera, sabe que tiene fans y admiradores… y no se da cuenta de que ya ha empezado su declive, porque este artista, en vez de seguir investigando a los clásicos y aprendiendo de los genios, ahora se dedica a copiar de sus propias obras y a auto citarse. La decadencia ya se ha instalado aunque aparenta fuerza. Debería estar preparándose la siguiente oleada de creatividad, pero no le dedica recursos porque “parece que estamos bien”.

Dos peligros al gestionar desilusiones

Además, los fundadores estaban llenos de ilusión, buscaban imposibles, se lanzaban… y conseguían cosas asombrosas. En cambio, la siguiente generación se encuentra con desilusiones y no sabe gestionarlas.

Un error, previene Bruni, es “reducir el alcance real del carisma y convertirlo en algo más fácil de manejar: así Yahvé es reducido a un becerro de oro”. Pero este carisma rebajado ya “es incapaz de atraer a personas de alta calidad humana y vocacional, porque cuando se reduce el componente ideal del mensaje y de la experiencia, las personas excelentes dejan de reconocerse en ellos”.

Un segundo error es inventarse una ideología para distraer o engañar a las personas que aman sus grandes ideales pero que empiezan a desilusionarse al ver que no se alcanzan. Así, al que pierde la ilusión real (positiva, entusiasmante) se le intenta distraer con espejismos e “ilusionismo” (falsedades).

Jetró aconsejó bien a Moisés: multiplicar los líderes y profetas

Si en 2 Timoteo 2,2 San Pablo pide “formar formadores”, Bruni pide “ilusionar a ilusionadores”, multiplicar los “Moisés”, la gente capaz de entusiasmar y contagiar y mover al pueblo. Para Bruni, buen conocedor de la Biblia, el modelo es Éxodo 18,14-18: Moisés, aconsejado por su suegro Jetró, organiza a su pueblo en grupos pequeños con responsables de grupo, multiplica el número de líderes, de maestros, no quiere que sigan siendo una masa dependiente de una sola mente.

Bruni señala, además, que el consejo, bueno, lo da Jetró, que en realidad no es miembro pleno del pueblo de Israel, es un observador externo. Por eso, los movimientos necesitan amigos de fuera del movimiento que les orienten… y a los que obedecer, a veces.

El problema es poca demanda por mala oferta

Como conclusión, Bruni resume: “las crisis dependen de un problema de demanda -falta de personas atraídas por el carisma-, en muchos casos originados por errores de oferta -demasiada estructura, poca creatividad, escasa energía vital, falta de capacidad de reacción…”.

Ante la crisis, el movimiento o comunidad no deben “mirar adentro creando nuevas estructuras” sino “aligerar estructuras y liberar energías para devolver aliento y tiempo a las personas”.

El libro ayudará a cualquiera que quiera revitalizar su parroquia, gremio, asociación, ONG, movimiento, grupo, escuela… todo lo que nació con un sueño, una visión, una pasión, y que no puede mantenerse, simplemente, pagando sueldos.

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