Clausura de los trabajos de la XV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre el tema “Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional”

Yo también tengo que dar las gracias a todos. Al cardenal Baldisseri, a monseñor Fabene, a los presidentes delegados, al relator, a los secretarios especiales —dije que «se habían dejado la piel» en el documento preparatorio; ahora creo que nos dejan los huesos, porque perdieron todo—; gracias a los expertos: hemos visto cómo se pasa de un texto mártir a una comisión mártir, la de la redacción, que hizo esto con tanto esfuerzo y tanta penitencia. Gracias.

Gracias a todos vosotros, a los auditores y entre los auditores, especialmente a los jóvenes, que nos han traído su música aquí al Aula —«música» es la palabra diplomática para decir ruido, pero es así… Gracias. Dos cosillas que son muy importantes para mí. Primero: destacar una vez más que el sínodo no es un Parlamento. Es un espacio protegido para que el Espíritu Santo pueda actuar. Por ello, las informaciones que se dan son generales y no son las cosas más concretas, los nombres, el modo de decir las cosas, con las que el Espíritu Santo trabaja en nosotros. Y este ha sido un espacio protegido. No olvidemos esto: ha sido el Espíritu el que ha trabajado aquí. Lo segundo es que el resultado del sínodo no es un documento, lo dije al inicio. Estamos llenos de documentos. Yo no sé si este documento fuera tendrá algún efecto, no lo sé. Pero ciertamente lo deber tener dentro de nosotros, debe trabajar en nosotros. Nosotros hemos hecho el documento, la comisión; nosotros lo hemos estudiado, lo hemos aprobado. Ahora el Espíritu nos da el documento para que trabaje en nuestro corazón. Somos nosotros los destinatarios del documento, no la gente de fuera. Que este documento trabaje; y es necesario hacer oración con el documento, estudiarlo, pedir luz… El documento es  principalmente para nosotros. Sí, ayudará mucho a los demás, pero los primeros destinatarios somos nosotros: es el Espíritu quien ha hecho todo esto, y regresa a nosotros. No hay que olvidarlo, por favor.

Y en tercer lugar: pienso en nuestra Madre, la Santa Madre Iglesia. Los últimos tres números sobre la santidad [en el documento] hacen ver qué es la Iglesia: nuestra Madre es Santa, pero nosotros hijos somos pecadores. Somos todos pecadores. No nos olvidemos de aquella expresión de los Padres, la «casta meretrix», la Iglesia santa, la Madre santa con hijos pecadores. Y a causa de nuestros pecados, siempre el Gran Acusador se aprovecha, como dice el primer capítulo de Job: ronda y ronda por la Tierra buscando a quién acusar. En este momento nos está acusando fuertemente, y esta acusación se convierte también en persecución; puede decirlo el presidente actual [el patriarca Sako]: su pueblo [la Iglesia en Irak] es perseguido y así también otros muchos de Oriente o de otros lugares. Y se convierte en otro tipo de persecución: acusaciones continuas para ensuciar a la Iglesia. Pero no se debe ensuciar a la Iglesia; a los hijos sí, estamos manchados todos, pero la Madre no. Y por esto es el momento de defender a la Madre .

Y a la madre se le defiende del Gran Acusador con la oración y la penitencia. Por esto he pedido, en este mes que acaba dentro de pocos días, razar el Rosario, rezar a san Miguel Arcángel, rezar a la Virgen para que proteja siempre a la Madre Iglesia. Continuemos haciéndolo. Es un momento difícil, porque el Acusador atacándonos a nosotros ataca a la Madre, pero la Madre no se toca. Esto quería decirlo desde el corazón al final del Sínodo. Y ahora, el Espíritu Santo nos regala este documento a todos nosotros, también a mí, para reflexionar sobre lo que quiere decirnos. Muchas gracias a todos, gracias a todos.

 

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