Ciamar: la crucificada

Atardecía más rápidamente que en otros días de abril en el poblado de Nazaret. El horizonte semi-cordillerano al norte de la Galilea, se encendía cándidamente desde la bola de fuego que parecía el sol en aquel día 16 de Nisán, cuando corría el año 23. Diminutas sombras en movimiento pasaban sobre los techos y caminos del villorrio nazareno. Eran las sombras de bandadas de buitres que se dirigían hacia el noroeste de la aldea, a la ciudad fortificada de Séforis, ubicada a unas pocas millas de Nazaret, dicha ciudadela tenía apostada una fuerte guarnición romana, pero hacía ya tres meses que había sido asaltada por los “qanná” que en hebreo significaba “los celosos de Yahwe”, quienes también eran apodados como “zelotas”. Éstos, luego de pasar a espada a toda la guarnición romana, se habían instalado firmemente allí atrincherándose en el recinto amurallado.

A pesar que todo eso ocurría a unos 4 kilómetros y medio de Nazaret, el poblado conservaba su tranquilidad habitual. Nazaret era una aldea compuesta de 20 a 30 familias dedicadas al pastoreo, la agricultura y la artesanía, que ocupaba un espacio equivalente a unas tres manzanas. Como buenos judíos los nazarenos soñaban con que un día todas las naciones se postrarían ante su Dios en el Templo de Jerusalén, pero hacía 500 años el pueblo judío llevaba viviendo bajo ocupación extranjera desde la vuelta a su patria, luego del exilio en Babilonia. En aquellos días el rey de Galilea era Herodes Antipas, uno de los hijos de Herodes El Grande. Nazaret era territorio de su jurisdicción.

Desde el año 14 el emperador romano era Tiberio César, quien consolidó a Herodes Antipas como rey de Galilea, pero en verdad éste era un títere de Roma, que le reconocía cierto grado de autoridad y autonomía, a condición de que se mantuviera sumiso y quieto. El imperio ejercía una opresión política, militar y económica sobre el pueblo judío, ya que las provincias ocupadas debían pagar tributos a Roma, además de diversos otros impuestos. Tales opresiones eran asumidas por un dominio directo de Roma, con plenos poderes sobre todo el territorio Palestino. El Prefecto de entonces se llamaba Grato.

Tanta opresión y tiranía no podía menos que causar oposición dentro del pueblo elegido por Yahwe, Dios Único y Verdadero. Los zelotas habían asumido esta causa y estaban organizados por Judas el Galileo. De hecho, habían llegado hasta tomar por asalto a Séforis instalándose allí. La tensión que implicaba tal situación afectaba también a los habitantes de Nazaret. En realidad, muchos de ellos sabían que algunos de los miembros de la aldea estaban involucrados y habían demostrado abiertamente su simpatía por el movimiento zelota.

Había demasiado silencio en la aldea de Nazaret. La casa de María bar Ioaquím también parecía encandecer junto al crepúsculo del atardecer de aquel día 16. Mientras ella laboraba en el telar a la luz de una lámpara, su hijo Jesús ben Ioseph, de 20 años, trabajaba el roble, transformándolo en una mesa o a veces el ciprés en una cuna, como su padre José le había enseñado desde niño. Pasaba y pasaba el cepillo sobre la madera una y otra vez hasta alcanzar la suavidad deseada. Cada pasada tenía un dejo de nostalgia por su padre que ya estaba esperando la resurrección del sheól, de él conoció y aprendió la esperanza y el celo por Yahwe; formó con él su carácter que le hacía capaz de decir las cosas por su nombre sin herir lo esencial. Juntos también trabajaban la madera y la piedra, tallándola, puliéndola, sacando una forma especial, conservando sus mejores vetas y haciendo de ellas un servicio al hombre… a las familias de Nazaret, además, recitaban y entonaban en la sinagoga de Nazaret la oración solemne del tep’hiláh, haciendo vida su piedad por Yahwe Hesed o el Dios Único y Verdadero, que es Gratis. Muchas veces desde los doce años llamó a Yahwe como “Ab” o Padre, al igual que llamaba a José. Mas, ahora ese sentimiento era un millón de veces más fuerte, más íntimo, necesario y más próximo. Ahora Yahwe era y será el “Abba” o el Papito Suyo.

A medida que pasaban los minutos, Jesús, continuaba pasando el cepillo sobre la cubierta de roble, miraba y observaba con ternura inefable a su madre tan amada por él y tan entrañablemente amable. Sus ojos color de las rocas verdosas de las colinas del Carmelo, siempre mojados de dulzura y bajo unas gruesas cejas, recibían la mirada de su hijo Jesús como un espejo que la reflejaba casi por completo. Parecía como si en silencio, los dos, guardasen con una cautivante devoción un gran secreto. A pesar que ya podía tratar con María de adulto a adulto, los recuerdos de su niñez se arraigaban a fuego en su mente y en su corazón; recordaba cuando tenía unos cuatro años y se abrazaba a las caderas de su mamá cuando le afligía alguna penita; cuando jugaban juntos con su padre José en los paseos al Lago de Galilea… gustaba de observar el amor de su madre María y de su padre José, al tratarse con tanta dulzura, respeto y delicadeza. Sabía que ambos habían sufrido mucha incomprensión y persecución por cuidarlo a él. Cuando José murió, lloró mucho aunque ya tenía unos 17 años; se quedaba durante horas conversando con su madre y también se retiraba a las colinas a orar y recordar los momentos que vivió junto a su padre José. Yahwe Hesed, era para él cada vez más como el Papito Suyo, no por reemplazar la ausencia de José, sino porque tal sentimiento venía de antes, lo trascendía y estaba como inscrito hasta en lo más profundo de su propio ser.

Así transcurrían los momentos cotidianos entre María y Jesús, pero aquel día se rompió la paz. Aquellas sombras movedizas que divisaron en los techos y el suelo, eran las sombras de los buitres que se dirigían a Séforis, atraídos por el olor de la muerte elevado al cielo. Abruptamente entraron en la aldea dos amigos de Jesús gritando de pavor, aterrorizados y pidiendo auxilio. Soldados romanos, en sus carros, ya casi daban con ellos; Joel y Benjamín, lograron entrar en casa de María buscando desesperadamente un refugio. Entre balbuceos y frases entrecortadas por el flagelo de sus heridas y el cansancio de la huida, lograron dar por fin la terrible información : “¡ los están matando a todos…los crucifican…!” Quintilo Varo, legado romano de Siria, había llegado a marchas forzadas con un fuerte destacamento militar, y estaba reduciendo la ciudad fortificada de Séforis a cenizas, crucificando dentro y fuera de ella a los rebeldes del Imperio.

Inmediatamente, María y Jesús trataron de socorrerlos, pero los soldados obedientes a Quintilo entraron violentamente en casa de María y desenvainando ágilmente sus espadas, los atravesaron sin compasión, ante los gritos de la madre de Jesús que pedía piedad para las víctimas y ante la impotencia del joven Jesús que, inútilmente trató de interponerse. La aldea entera enardecía y se alborotaba por todo lo que ocurría a sólo 4 Kmts. y medio de allí. Con toda rapidez Jesús organizó a un grupo de otros adolescentes como él para ir a rescatar y ayudar a sus otros amigos que hace meses simpatizaban con las ideas de los zelotas o qanná. Entre los atrincherados en Séforis, estaba la mejor amiga de Jesús: Ciamar. Tenía 17 años cuando abrazó el celo por Yahwe y la defensa de los derechos del pueblo oprimido. Desde niños habían sido amigos y tenían la misma edad. Hace unos meses antes, luego de haber cumplido sus 21 años, dejó su familia y se había unido a la causa zelota, siendo parte del asalto sangriento a Séforis; había optado por defender la fe del pueblo a filo de espada, se había convertido en una guerrera apasionada e idealista, como lo era su novio Gabriel, varios años mayor que ella, e hijo de Judas Galileo el líder de los zelotas.

Jesús no podía esperar más y junto con algunos de sus amigos caminó presuroso, con la esperanza de que Ciamar estuviera viva. Sentía pavor en cada paso, pensando en el horrible espectáculo de ver a cientos de compatriotas crucificados por los romanos, colgando desnudos de los maderos. Bandadas de buitres, en abundancia, se dirigían a toda prisa hacia el noroeste de la aldea nazarena. Jesús corría en momentos con su mirada fija en el horizonte, pero al mismo tiempo estaba abandonado en la voluntad del Papito Suyo, Yahwe Hesed.

Lo que estaba ocurriendo era por la defensa de los intereses de aquel Papito y era imposible que él se marginara. Tal relación con Yahvé le daba una fortaleza abismal, y por ello un dominio de sí, excepcional, que le llevaba a la convicción profunda de que la violencia no engendra más que violencia. Aún así, amaba entrañablemente a su amiga Ciamar y debía estar con ella, sea cual fuere las consecuencias. Restaba sólo un kilómetro para llegar y el cielo parecía encenderse, al mismo tiempo que grandes humaredas cubrían algunas partes del firmamento.

“¿Dónde estaría Ciamar? ¿Cómo hallarla; cómo estaría? ¿Llegaría a tiempo…o quizá…?”, se preguntaba Jesús…Cada vez faltaba menos por llegar y la ansiedad crecía, sus piernas casi instintivamente se aceleraron y corría junto a sus amigos tan rápido como el trueno, cadáveres y cadáveres como yertos despojos yacían junto a las murallas de Séforis que ardía en llamas. A la derecha de la ciudadela amurallada pudo observar la visión horripilante de más de mil rebeldes crucificados. Unos morían maldiciendo a los romanos, otros orando el tep’hiláh y otros gritando de pavor. Debía hallar pronto a Ciamar…

Muchos familiares de los crucificados eran de Nazaret, y habían llegado a auxiliarlos. Mas, todo parecía inútil. Algunos ya estaban muertos por causa de los flagelos y la sangrienta lucha. El hedor se imponía en el aire mezclado de humo y el polvo levantado por el destacamento militar romano. El joven Jesús, espantado, observaba el horrible espectáculo y oraba al mismo tiempo a su Abba para tratar de encontrar algún sentido a lo que ocurría. Ahora la cruda realidad se erguía imponente ante su propia fortaleza interna. Uno a uno miraba a cada crucificado. También había muchas mujeres con sus rostros desfigurados por el suplicio y la derrota.

Buscaba a su amiga Ciamar sin perder la esperanza de hallarla aún viva. Los otros amigos de Jesús se dispersaron a fin de apresurar la búsqueda, y junto a él, quedó sólo uno de sus más fieles amigos: Simón. Juntos exploraban entre las tinieblas del dolor y la muerte recorriendo las filas de crucificados; Jesús y Simón pensaban que quizás deberían haber tomado partido por la revolución zelota; la rabia y el desconsuelo se alojaban en sus corazones. El adolescente Jesús, se prometió a sí mismo, no predicar jamás a su Abba en territorios de Herodes Antipas, dando lugar así, a una honesta aversión ante aquel rey judío esclavo de sus conveniencias y cobardía.

De improviso, entre las densas humaderas se detuvieron en su búsqueda. Ante ellos, soldados de Quintilo Varo, clavaban largos clavos de hierro en las muñecas de Gabriel, hijo del líder de la revuelta zelota, Judas el Galileo, cuyos restos descuartizados yacían bajo la entrada de Séforis. Gabriel, ya clavado de pies y manos, desde su cruz miró a Jesús diciéndole: “Tú que llamas a Dios como Abba, deberías haber luchado por su pueblo…Ciamar aún espera el suplicio…Búscala y sálvala. Dile que siempre la amé más que a mi mismo…¡ Jesús ! Haz de tu vida una entrega a tu pueblo…Miles de ellos te seguirán…Ahora, déjame morir y vete en busca de Ciamar”.

El desconcierto, como jauría de perros salvajes, mordía el corazón de Jesús. Paso a paso, en su mente iba repitiendo, casi como un acto reflejo, la oración del tep’hilah, que María y José le enseñaron desde niño, aún así, las palabras del moribundo Gabriel eran demasiado fuertes y se imponían en su mente. Mirando a Simón, le dijo: “¿Qué debemos hacer amigo? ¿Salvar a Ciamar aunque sea a filo de espada?” Simón le respondió: “Si es necesario, debemos hacerlo”. Jesús lo miró profundamente y le dijo: “Me consume el celo por Yahwe Hesed. Pero Él también es el Abba de mis enemigos porque Él es de Amor Gratuito. No tomaré la espada Simón, porque el que a hierro mata a hierro muere, en cambio, ofreceré mi vida por la de ella…”

Los quejidos de los moribundos llenaban el silencio; cientos de cruces en forma de “Thau”, invadían la ciudadela. Los patíbulum y el palo vertical habían sido llevados por los romanos en grandes carros; los palos verticales contaban con una sentadera cuyo objetivo era prolongar la agonía de los crucificados, los que eran clavados desnudos por los romanos a fin de avergonzarlos a causa de la circuncisión en el caso de los varones.

Los buitres revoloteaban esperando su alimento nutrido de sufrimiento e injusticia. Jesús y Simón aceleraban su búsqueda. Cada segundo contaba; el latido de sus corazones iba más rápido que sus pasos. Jesús se resistía a la idea de que ya fuera tarde, por eso imaginaba abrazarla y poder rescatarla. En un instante eterno todo pareció detenerse al escuchar un fuerte grito:“¡Gabriel! ¡Gabriel!”, era la voz de Ciamar. Jesús y Simón miraron hacia su derecha, viendo a unos 15 mts. que los soldados levantaban la cruz de otra víctima más. Ciamar acababa de ser crucificada. Su cuerpo y su bella piel de seda morena, estaba ahí humedecida por su propia sangre y llena del temor de quizá haber perdido a su amado Gabriel.

Espontáneamente las lágrimas salieron de los ojos del joven Jesús; Simón se echó a llorar desconsoladamente. Ciamar miró a Jesús con dulzura; aún había luz en aquellos ojos brillantes como gemas…en aquella mirada prestada de las estrellas. La pérdida de sangre y los incipientes calambres, poco a poco, comenzarían a llevar al cuerpo crucificado y desnudo de Ciamar al delirio y al paroxismo.

“Gabriel…¿dónde está Gabriel?”, dijo débilmente Ciamar. Simón, quien también era amigo de infancia de Ciamar, le respondió: “Corrió tu misma suerte amiga mía. Pero estoy seguro que el amor de ambos resucitará con ustedes y que la lucha por la libertad de nuestro pueblo y vuestra sangre derramada, revelarán algún día al Mesías que todos esperamos”. Entretanto, Jesús conseguía con otros nazarenos que estaban cerca auxiliando a otros crucificados, una esponja empapada en vinagre y mirra, usada para aliviar los sufrimientos al moribundo. Jesús, lleno de amor y compasión, usando una caña, acercó a la boca de Ciamar el brebaje, pero ella lo rechazó. Desbordada de dignidad y valentía decide morir enfrentando el dolor.

“Ciamar… Ciamar…Yahwe-Dios, no te salva del sufrimiento y la muerte, pero te rescata en tu sufrir y en tu muerte. Entrégale tu vida a Él, sin condiciones. Él es nuestro Papito, es nuestro Abba, que siempre está con nosotros…”, dijo Jesús. “Jesús…Jesús…, no me arrepiento de haber luchado por mi pueblo y haber matado a los invasores. Lo que más duele al morir es que no sea por amor…y yo…he amado a mi pueblo y a Gabriel…y a ti amigo del alma…”, dijo agónica Ciamar. Jesús la miró en silencio, como presintiendo que quizás algún día estaría en su lugar. Le dijo: “Me duele mucho perderte. Eres la niña más bella, la más rara, la más cara. Si te sirve de algo, yo te amo amiga mía. Y aunque no alcancé a ofrecer mi vida para rescatarte, algún día lo haré en rescate por mi pueblo y por ti…” Ciamar, incorporándose un poco gracias a la sentadera y luchando ahora contra los calambres, gritó: “¡Señor del Poder…Señor del Poder!, ¿por qué me haz abandonado?” Simón pensando en voz alta, dijo: “Está delirando…” “¡Oh amiga de Dios y de mi alma! – dijo Jesús – valió la pena tu vida.

Toda ella ha sido un parto y tu muerte será una fiesta de amor extremo en nuestro pueblo…El abandono que sientes quizá es real, pero es para que no quede duda de tu entrega gratuita a Yahwe Hesed…¡Entrégate a Él, amiga mía !… ¡Oh Abba ! Amado y eternamente amante, yo te la entrego…”

Ciamar ya casi inconsciente sólo atina a decirle: “Jesús, tu fe en tu Abba te sostendrá…Yo me abandono a su Ser de Amor… No culpo a nadie de nada… todo está bien… ya no importa… Todo lo he cumplido… Es la hora”.

La noche, la oscura noche comenzaba a caer en las ruinas de Séforis, disipando el aire asfixiante de dolor y de sin-sentido. Jesús y Simón, hicieron reverencia a la entrega de Ciamar guardando absoluto silencio, recordando su hermoso rostro lleno de vida cuando eran niños, con esos ojos siempre llenos de una luz especial y cuando participaban hace no mucho tiempo, de las fiestas en la aldea nazarena. Sus vidas siempre estuvieron tan compenetradas y ahora parecían tan desoladas.

Simón, abrazando a su amigo, y mientras contemplaban el cuerpo yerto de la crucificada, le dijo: “Jesús, cada uno está clavado a su propia cruz…y quizás…ese sea el signo de que dimos con Dios, o mejor, que Él dio con nosotros”. “No, Simón -afirmó Jesús- Yahwe-Dios no nos crucifica, sino que vive nuestro sufrimiento para vencer nuestra desesperanza… porque Él no promete algo, sino a Sí Mismo… Algo en mi ser se enciende; hay una voz que me quema dentro…No me deja opción, pero me da sentido a todo. No todo es por nada y siento que lo deberé proclamar a los cuatro vientos con mi propia vida…Quizá sea una locura, Simón, pero algo muy fuerte en mí, me confirma que algún día le devolveré la vida a Ciamar”.

“Jesús -dijo Simón- nuestros sueños son lo que hacen tolerable esta vida. Ella no optó primero por lo que tiene precio, sino por aquello que no lo tiene; por lo que realmente tiene valor: la verdad, la justicia, el amor, su fe”.

“Todo esto me parte el corazón Simón; no sabes cuánto la extrañaré -dijo Jesús como aturdido por un fuerte golpe- Ciamar se atrevió a desvivirse por amor a alguien y a una causa, por su amor fiel y leal a Gabriel y a la liberación de nuestro pueblo. Ahora veo que muchos creen más en su idea de Dios, pero no en Dios. Ella en verdad creía”.

“Nuestro pueblo, Jesús, no llega a comprender que Dios se nos regala, hemos sido ciegos…A veces la voluntad de Dios parece no tener sentido, porque siempre lo miramos todo a través de nuestras conveniencias”, dijo Simón.

Jesús, con hondo pesar, le dijo: “Han quedado tan desiertos estos caminos, amigo mío…Quizá mi juventud no alcance a entenderlo…¡Que el Abba me ayude a no perderme en el dolor de la pérdida!… No sé cómo…ni por qué, pero ahora un enorme sentimiento de desamparo y abandono deja desolada mi alma y hasta creo que algún día ese sentimiento será muy radical en mi vida, en mi ser”.

“Yo creo, Jesús, que lo único que realmente tiene sentido en la vida es lo gratuito…” afirmó Simón.

“Lo sé -contestó Jesús- mi Abba es de eso; es de Gratuidad y Misericordia. Salvaré a mi pueblo de su necedad de esperar un futuro diferente sin producir cambios en el presente”.

“Amigo, tus lágrimas de hombre me hacen confiar más en ti -dijo Simón- y creo que si algún día me pides que te siga, te seguiré”. Jesús mirándolo, le dice con toda convicción: “¡Gracias Simón! Si he de pasar por el crisol del fuego, lo haré; y aunque llegue a verme abandonado de la mano de Dios o aunque todo y todos me digan que no, mi respuesta al radical abandono será abandonarme en el Amor Mismo; me entregaré gratuitamente al Amor Gratuito que es mi Abba…Jamás caminaré en medio de las víctimas como si no estuvieran”.

Jesús y Simón miraron a la crucificada; y en su cuerpo inerte, desnudo y ensangrentado, ambos comprendieran que aquella cruz no sólo les mostraba hasta donde llega el poder y la injusticia, sino también hasta donde puede llegar la entrega y el amor.

En su corazón de 20 años, Jesús sentía que todo ello le hacía descubrir en sí mismo, que la esperanza de resurrección es la resurrección de la esperanza… Y poco a poco, pero firmemente, todo su ser ya se disponía a hacer posible lo imposible._

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