Camino a Nochebuena y Navidad –  Una película verdaderamente coral

Eleuterio Fernández Guzmán

 

Seguramente, Berlanga (director español de cine muy dado a rodar filmes en los que intervenían muchas personas a modo de coro) lo haría muy bien con toda aquella serie de personajes y cosas inanimadas que, a la vez y a la limón, intervinieron en aquel episodio (sí, podemos decir que, como hoy en día está en boga las series de cine, la historia de la salvación tuvo un “episodio final”, la llegada del final de los tiempos, y es éste) Y es que hay muchos que, en aquel justo y exacto momento, intervinieron.

 

Verdaderamente, la escena es apabullante y pareciera que allí no podía faltar nadie ni nada que no fuera importante para el momento. Allí tenemos, pues:

 

Al mismo pesebre donde iba a nacer el Niño-Dios porque hacía falta un lugar donde, aunque fuera pobre (sobre todo si lo era) viniera al mundo el pobre de entre los pobres,

También tenemos allí a los humildes animales que le hacen compañía (aquel buey y aquel asno que San Francisco colocó en el primer Belén que en el mundo ha sido) porque debían dar calor a quien iba a nacer,

A la Virgen María porque una Madre debía tener Dios y quiso el Todopoderoso que fuera Ella, aquella joven niña de Nazaret,

A José, que había sido avisado de que el Niño que iba a traer al mundo su desposada María era hijo de Dios y del Espíritu Santo y, ante eso, toda duda terminó,

Al grupo de ángeles que ha sido destinado a hacerse presente en aquel portalillo pobre de una villa pequeña del pueblo elegido por Dios,

A la estrella que, nadie sabe cómo, se ha posado sobre el portal y da luz a toda la escena,

Al puente que, sobre el río, hace pasar de un mundo mundano a otro espiritual donde un Niño está esperando a todo el que quiere allí acudir,

Al panadero, que lleva el producto de su trabajo para que coman el padre y la madre,

A los buenos pastores que, avisados por el Ángel acudieron raudos a ver lo que les había comunicado Dios,

Al buen israelita que llevaba el cántaro de agua porque el Niño podía tener sed,

A la buena mujer judía que lleva leche porque a lo mejor aquel recién venido al mundo podía tener hambre,

A quien quiere presentarle los productos de su huerto que, aunque pobre, no puede dejar de llevarlos,

Al pescador que acaba de obtener fruto de su paciencia y es de su gusto presentarlo al Niño porque le han dicho unos pastores que corrían hacia Belén que había pasado algo extraordinario en un pesebre,

A quien lleva un haz de leña porque, con el tiempo que corre, es más que seguro que será necesaria una buena hoguera,

A la pobre lavandera que, habiendo lavado su ropa la quiere ofrecer, así, limpia, como limpia quiere tener su alma para hacerse presente en aquella escena,

A los diversos animales que, viendo lo que allí se ha formado, acuden, a lo mejor temerosos, a ver lo que pasa (podemos imaginar cabras, ovejas, patos…),

Al pequeño tamborilero que va cantado su tonada preferida que dice algo así como que hay un camino que lleva a Belén y que baja hasta el valle que la nieve había cubierto. Además, también va diciendo que es pobre, como aquel niño que le decían había nacido y, por eso, le lleva lo que tiene, su música tocada con un viejo tambor y está seguro de que el Niño, cuando lo vea tocar frente al portal aquel Niño iba a sonreírle,

A unos señores extranjeros que todos tienen por Magos y que han venido. Han traído regalos, presentes porque acudían a una casa en la que habían sido invitados por Dios desde distancias muy largas y, además, se iban a postrar ante aquel Niño,

Y, claro, no podemos olvidar al verdadero protagonista de todo esto, de todo aquello que se ha formado entorno a sí. Y nos referimos, claro, al Niño-Dios que, habiéndose cumplido la Voluntad de su Padre, ha venido a nacer en el momento más oportuno de caída del hombre en la fosa de la que tanto habla el salmista.

Aquel Niño, que mira con gozo a los que se postran a sus pies podemos imaginarlo sonriente y mirando a todos lados. Hay muchos que han ido allí, a la cueva en la que ha venido al mundo y que muchos, por darle importancia al hecho, han dado en llamar portal aunque, en verdad, es, sí, un portal porque, tras él está la verdadera casa de Dios y, pasando a través del mismo, de aquel Niño-Dios, el Cielo se ha abierto para todos los que quieran entrar por aquella puerta estrecha que el Creador había dejado entreabierta. Y es que quería a su semejanza cabe sí o, por decirlo con palabras de hoy mismo, a su mismísimo lado, junto a Quien, habiéndolo creado todo no quería que todo se perdiese. Y por eso, por eso mismo, había enviado al mundo a su Único Hijo engendrado y no creado. Vamos,  a aquel Niño-Dios.

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