Camino a Nochebuena y Navidad – Octavo paso – Somos avariciosos espirituales (lo queremos todo)

Eleuterio Fernández Guzmán

 

No podemos negarlo: somos así. Y sí, la avaricia, en este caso, no rompe el saco (porque no es una que lo sea mundana) sino que llena el corazón.

Podemos decir que estos pasos que estamos dando hacia/hasta Nochebuena y Navidad están suponiendo una revisión de nuestras ansias. Y es que queremos que todo quede claramente plasmado en nuestro camino y no quisiéramos equivocarnos lo más mínimo en el que estamos recorriendo.

Debemos, por eso, romper con lo que, tradicionalmente, y como decimos arriba, supone un dicho popular muy conocido.

Sí. Ya sabemos: “La avaricia rompe el saco”.

Cuando alguien habla así quiere decir, como todos sabemos, que alguien (supongamos que nosotros mismos) ansía tanto, tanto, tanto, que siempre acaba perdiendo mucho, mucho, mucho. Y eso, que es un comportamiento puramente mundano, no podemos decir que sea poco común…

En materia espiritual, como tantas veces sucede, pasa justamente lo contrario.

Nosotros, en realidad, en este Adviento lo queremos todo, pero todo, todo y más que todo. Y nos quedamos tan anchos al decir esto, claro está.

El caso es que, a diferencia de las cosas del mundo, aquí, en esto, hay para todos y nunca se agota lo que queremos y ansiamos.

Cristo, bueno, aquel Niño-Dios lo trajo a espuertas y no podemos negar que si aquellos que, entonces, lo vieron no sabían mucho (algunos, muy pocos, 2, sí) de lo que suponían Quien nacía, nosotros, al contrario, estamos al cabo de la calle de eso y de mucho más. Y por eso lo queremos todo.

Deberíamos, de todas formas, pensar y repensar muchas veces lo que supone quererlo todo. Y es que el “todo” tiene consecuencias reales en nuestra vida de seres humanos creado por Dios a su imagen y semejanza. Y es que no podemos apropiarnos de “todo” y, luego, hacer como si eso supusiera, más o menos, nada en nuestra vida. Y eso es un error más que grave.Vayamos, de todas formas, con ese “todo” que, es de suponer, queremos avariciosamente.

Nosotros, que tenemos una ventaja histórica más que evidente (todo lo sabemos de aquello) tenemos a la vista esto que sigue:

 

– El Amor que mostró Dios con su descendencia. 

– El sí que dio María cuando el Ángel Gabriel le dijo lo que le dijo. 

– La confianza, en definitiva, que mostró José, el padre adoptivo de la criatura que iba a nacer. 

– El asentimiento a la Voluntad de Dios (expresada por el Ángel anunciador) que mostraron los pastores. La creencia, en suma o, vamos, la fe anticipada. 

– La fe, también anticipada, de aquellos tres Reyes, llamados Magos porque lo debían ser, que fueron, de tan lejos, a un pueblecito de Israel llamada Belén.

¿Son necesarios más ejemplos?

Bueno. Lo que aquí decimos es que Dios, María, José, los pastores y, por fin, los Reyes llamados Magos, querían algo, también ansiaban algo.

Dios, por su parte, quería que la historia de la salvación se culminara con la llegada de los últimos tiempos (y sí, son unos muy extensos porque el tiempo del Creador no es el mismo que el de los hombres…). Y lo hizo.

María ansiaba mostrar a Dios que lo amaba con todas las consecuencias de tal amor. Y se llamó esclava del Señor.

José supo que debía tener muy en cuenta el aviso que se le dio en aquel sueño y tuvo confianza y fe.

Los pastores supieron escuchar, en su sencillez, el mensaje del Ángel y no dudaron lo más mínimo en ir a Belén a ver qué era lo que se les había anunciado.

Y, por fin, aquellos tres Reyes, que fueron a Belén después de seguir a una estrella, tuvieron, como decimos, una fe “anticipada” porque confiaron en llegar donde no sabían pero querían llegar.

En fin, podemos ver que todos y cada uno de ellos lo querían todo y todo lo tuvieron. Fueron, eso sí, consecuentes con su anhelo y todos (incluido Dios que cumplió con su promesa cuando podía no haberlo hecho si tal hubiera sido su santísima Voluntad, siempre adecuada y correcta), que lo querían todo, todo lo tuvieron. Y no dejaron nada para quedarse con ello: todo lo guardaron en su corazón.

Nosotros, claro está, también lo podemos querer todo y ser, así, como decimos, avariciosos espirituales. Pero también debemos ser consecuentes y cumplir con la Voluntad de Dios, ser fieles hasta declararnos esclavos del Señor, confiar tanto en el Creador que nada de lo que nos pueda decir lo echemos en saco roto, confiar tanto como confiaron los pastores y, por fin, ser perseverantes en la búsqueda de Dios como hicieron aquellos Reyes, llamados Magos porque, seguramente, lo eran.

Sí, queremos todo porque todo lo queremos. Y es que, además, Dios nos lo ofrece todo porque nos ama sobremanera. Y aquí estamos, ante un camino que nos lleva a una noche y un día, el de después, donde manifestó el Todopoderoso que todo nos lo daba para que todo lo tomáramos. Así de pequeño, como el Niño y así de grande, como Dios hecho hombre. 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *