Camino a Nochebuena y Navidad -Lo que supuso la Nochebuena

Eleuterio Fernández Guzmán

 

 

Como es más que sabido, la historia de la humanidad, cuando llegó aquel momento en el que iba a nacer el Hijo de Dios, ya había pasado por muchas vicisitudes.

 

Esto lo decimos porque resulta obvio que el ser humano hacía muchos siglos que estaba sobre la tierra después de haber sido creado por Dios. Mucho tiempo, pues había pasado desde que Adán y Eva vivieron gozando el Paraíso y cometieron el error de querer ser como su Creador y, haciendo caso a la serpiente (La Beata Ana Catalina Emmerick dice que era una especie de animal con patas quien engañó a nuestros Primeros Padres y, decimos nosotros, eso explica que Dios, para castigarlo, le dijera que se iba a arrastrar sobre el vientre lo cual no hubiera tenido sentido alguno si no hubiera tuviera patas antes. cf Gn 3, 14) se dejaron vencer por el egoísmo y, digámoslo ya, por su torpeza de ciegos del alma.

 

Pues bien, Dios que es justo pero también es bueno (siempre se suele decir al revés para que nadie pueda tener por buena la especie de que Dios, como es bueno no es justo y, por tanto, no castiga…) y había estado contemplando la evolución espiritual y material que estaba teniendo su semejanza, no podía quedarse de brazos cruzados.

 

Sobre esto de los brazos cruzados (posición, sí, bien cómoda para quien así actúa pero también más que irresponsable) el Creador podemos imaginar que pasaba por no muy buenos momentos. Y no es que pudiera verse afectado, a sí mismo queremos decir, por cómo le iban las cosas al ser humano. No. Y es que Dios es Todopoderoso y ya podemos imaginar que lo que nosotros podamos hacer… en fin… pues que eso poco puede afectar a Él. Pero, sin embargo, si creemos que podía ver no con muy buenos ojos la evolución, como decimos arriba, de su criatura humana. Y contento, lo que se dice contento, no podía estar…

 

¿Iba a echarlo todo, otra vez, por la borda?

 

¿Otra vez?, preguntamos. Y es que ya sabemos lo que pasó en tiempos de Noé: el arca, la lluvia, los animales, una segunda oportunidad para los justos, etc.

 

No. Ahora Dios, suponemos, no quería volver a hacer que todo desapareciera. Y es que si podía hacerlo de otra forma, ¿para qué aquel tiempo de lección que recibió el hombre cuando el Diluvio Universal? Y lo decimos porque Dios lo tuvo que pasar muy mal cuando decretó que todo lo que había creado, no todo, claro está, desapareciera de la faz de la Tierra para que algunos pudieran empezar de nuevo.

 

Iba a enviar al Mesías.

El Mesías no era un sueño irrealizable que tenía el pueblo elegido por Dios. Queremos decir que no era algo que aquellos creyentes judíos tuvieran por buena cosa porque a ellos se les había ocurrido que el Todopoderoso enviaría, un día, a un Mesías para salvar a su  pueblo. No. Tenían pruebas de que Dios quería que eso fuera así. Y era así porque sí, el Creador no tenía pensado que, otra vez, la aguas lo limpiaran todo pero conocía más que bien a la criatura a la que había creado y a la que había dado libertad…

 

En realidad, el mismo Cristo, en su tiempo de predicación, iba a hablar de esto:

Lc 4, 21

“Hoy se está cumpliendo ante vosotros esta escritura.”

Jn 5, 39

“Escudriñad las Escrituras ya que en ellas esperáis tener la vida eterna; ellas testifican de mí”.

 

Pero, como aquí hablamos de su Padre y el nuestro, esto es lo que encontramos acerca de lo que supuso que Dios cumpliera con lo que tenía en su corazón:

Hch 13, 23-25

“De la descendencia de éste –se refiere al Rey David-, Dios, según la Promesa, ha suscitado para Israel un Salvador, Jesús.”

1 Jn 4, 10

“En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sin el que él nos amó y nos envío a su Hijo como propiciación por nuestros pecados.”

 

Nada, por tanto, había sido echo al azar ni por casualidad ni nada por el estilo porque lo que aquí (y en aquel entonces) cuenta no es nada de eso sino la santísima Providencia de Dios Todopoderoso. Y, por eso, lo que supuso aquella primera Nochebuena no fue más (ni menos) que el ejercicio efectivo de la Voluntad de Dios y, por tanto, el envío del Mesías que era, nada más y nada menos, que el mismo Dios que se iba a hacer hombre, encarnándose, haciendo carne de ser humano, igual en todo a los demás hijos de Dios excepto en el pecado porque iba a nacer de una mujer Virgen e Inmaculada.

 

Todo, pues, al parecer y como podemos ver, estaba previsto en el corazón de nuestro Creador. Y, por eso, ahora que poco falta para que vuelva a nacer (en efecto, vuelve a nacer) el Mesías, sólo nos queda dar las gracias a Quien todo eso ha hecho posible. Y sí, que podía haber hecho las cosas de otra forma es cierto pero también lo es que las hizo como las hizo y eso es lo que tenemos. Y no es poco sino mucho y muy mucho porque, en realidad, la Nochebuena supuso mucho para nosotros y, así, para todo el tiempo que vaya desde entonces hasta la segunda venida del mismo Hijo que entonces vino al mundo a salvarnos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *