Camino a Nochebuena y Navidad – Lo que supuso la Navidad

Eleuterio Fernández Guzmán

 

 

En realidad, a todo hijo de Dios que fuese consciente (entonces muy pocos: seguramente sólo José y María, los padres del Niño y, es posible, Isabel, prima de María y, hasta si me apuran, Zacarías, esposo de Isabel) de lo que acababa de pasar se le debieron poner, por decirlo así, los dientes largos. Y es que algo muy bueno acababa de pasar y mucho provecho había de dar lugar… 

 

Podemos ponernos en situación y, como se nos recomienda muchas veces, casi situarnos en aquellos momentos y en aquellas circunstancias. Y, ciertamente, no es poco lo que acaba de pasar.

 

En efecto, ha nacido un niño. Nosotros, sin embargo, sabemos mucho más sobre eso.

 

El Niño que ha nacido ha pasado, como todo ser humano, por un proceso que se ha desarrollado en el seno de su Madre, María de Nazaret. Y también sabemos que ha nacido no con el alma limpia sino lo siguiente… que es, al ser Dios hecho hombre, muy por encima, espiritualmente, de cualquier ser humano que haya venido al mundo desde que fue creado, por cierto, por el Todopoderoso  (por Él, por el Niño, pues) y para Él, aquel Niño recién nacido.

 

Todo esto ha de suponer mucho o, mejor, supuso mucho entonces aunque pocos supieran qué y, es casi seguro, nadie de los allí presentes supieran hasta dónde iba a llegar aquel Niño que acababa de ver la luz del mundo, siendo Él la misma Luz. Sólo Dios lo sabía, como todo lo demás.

 

Estamos más que seguros que el corazón del Creador saltó de alegría (algo así a como lo hizo el Bautista en el seno de Isabel cuando se acercó su tía, la Virgen María, con el Niño en el suyo) y que supo que, en efecto, su voluntad de salvación del ser humano estaba dando un paso de gigante con los pies pequeñitos de su Hijo.

 

El caso es que anoche era una Noche Buena (decimos que es aunque será, claro). Y lo era porque toda esperanza se estaba cumpliendo pero aún no había llegado a su culminación el Amor de Dios; anoche aún esperábamos a que llegara al mundo el Mesías: anoche nuestros corazones se agrandaban porque debían contener un Amor muy grande que iba a venir a manos de un ser muy pequeño pero grande como lo es Dios mismo que se iba a hacer hombre.

 

Hoy, por cuando eso sea, ha nacido el Hijo de Dios y todo se ha abierto:

-Se ha abierto, por ejemplo, la promesa definitiva hecha por Dios de enviar al Salvador del mundo. 

-Se ha abierto, por ejemplo, el corazón de Dios para hacer posible que su semejanza se salve. 

-Se ha abierto, por ejemplo, el Cielo.

 

Y aquí dejamos la relación de qué es lo que se había abierto en aquel momento. Y es que lo último dicho es demasiado importante como para seguir con la misma.

 

Decimos, por tanto, que se ha abierto el Cielo. Y alguien dirá si es que había estado cerrado hasta entonces.

 

Nosotros sabemos, por fe, que, en efecto, las puertas del definitivo Reino de Dios iban a permanecer cerradas hasta que llegasen el final de los tiempos y el Todopoderoso enviase al mundo a su Enviado, al Mesías. Entonces, aunque no supiéramos cómo, iba a hacerse posible entrar en el Cielo. Y que, hasta entonces, los justos del pueblo elegido por Dios, al morir, ocupaban, por así decirlo, un lugar en el denominado “Limbo de Abrahám” en espera de ser sacados de allí.

 

Y también, por cierto y sobre eso, sabemos por fe que Cristo, cuando años después dejara este mundo lo que haría, e hizo, fue bajar a los infiernos (No al Infierno) entendiendo lo mismo como el citado Limbo. Y que lo hizo para sacar a las almas que habían estado esperando mucho tiempo humano (no sabemos que exista el tiempo allí en cuanto medida propia de la humanidad pero de alguna forma tenemos que decirlo…) Y las sacó y, creemos, las llevó al Cielo.

 

Aquel tiempo, el de poder ir al Cielo, el abrir aquellas puertas celestiales, nos gusta creer (y gozar así creyéndolo) que se abrieron antes de aquel momento de la muerte de Cristo. Y es que creemos que cuando nació aquel Niño, en aquella primera Navidad del mundo, el Todopoderoso, personalmente (pues era cosa, todo aquello, de su santísima Voluntad) abrió las puertas de su Casa y aquellas almas justas pudieron entrar por ellas en el momento oportuno y adecuado. Y sí, no sabemos cómo sucedió aquello y sí que todo eso es un gran misterio para nosotros. Pero también tenemos por verdad y por fe que cuando estemos nosotros en el Cielo (Dios quiera y nosotros pongamos de nuestra parte…) que todo eso (como muchas otra cosas que ahora no entendemos y quedan muy lejos de nuestra torpeza comprensiva) todo eso lo comprenderemos. Y ahora nos basta con creer que así sucedió porque sucedió así.

 

Pues bien, una consecuencia, por tanto, del nacimiento del Niño-Dios fue que Dios, que se había encarnado y había venido al mundo, abrió las puertas del Cielo, al menos, para que aquella alma, que decimos, justas pudieran entrar en el mismo. Y, luego, así quedarían para que la que estaban limpias pudieran hacer otro tanto.

 

Aquella Navidad, la primera, fue (tuvo que ser) pródiga en dones y bienes entregados por Dios a la humanidad entera. Y, aunque sabemos que no todos quisieron recibir a la Luz del mundo y que hubo, incluso, quien recibiéndola la escondió debajo de más de un celemín. Sin embargo, a nosotros nos basta con tener por bueno lo entonces sucedido y que, gracias a Dios (nunca mejor dicho) tuviéramos la posibilidad de habitar alguna de las estancias  que iba a prepararnos aquel Niño cuando, años después, pasara de este mundo al otro llamado Cielo y cuando nosotros, cada uno de los hijos de Dios que nos tenemos por creyentes e hijos suyos (¡Y lo somos!, como diría y dice San Juan) pasemos también la línea que separa este mundo y el de más allá de este mundo.

 

Y todo eso, y mucho más que no somos capaces de saber y, ni siquiera, de adivinar, pasó aquel día, aquel 25 de diciembre en el que, por tradición, creemos vino al mundo el Mesías. Aquella primera Navidad que, como decimos, nos abrió muchas más posibilidades de las que pudiéramos pensar o imaginar.

 

¡Alabado sea Dios por tener tanta largueza, en cuanto al Amor y a la Misericordia, con nosotros!

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