Buscando los milagros de José Gregorio: De más de 100 curaciones se están estudiando ocho

Religión en Libertad 

 

Para beatificar a una persona, es necesario constatar un milagro por su intercesión, que casi siempre es una curación médicamente inexplicable. Pero en el caso del doctor José Gregorio Hernández (1864-1919), un médico venezolano ejemplar, los médicos quieren estar aún más seguros de que el caso sea contundente.

 

El doctor José Gregorio es un santo que podría ser declarado, con el tiempo, patrón de los médicos de su país o incluso del continente.

 

La búsqueda del milagro se acelera. Hay presión porque en 2019 se cumplen cien años de muerte (murió atropellado por un coche cuando tenía 55 años). Con motivo del centenario, muchos querrían poder confirmar un milagro y anunciar la beatificación de este hombre que destacó en la ciencia y en la fe.

 

Rafael Espinosa, miembro de la Asociación Civil de Trujillanos en la Región Capital e integrante de la comisión que trabaja para acelerar el proceso, ha explicado en El Universal algunas cifras. En 2014, al cumplirse 150 años del nacimiento del médico, la Iglesia venezolana difundió con más empeño su llamado a que quien pudiera testimoniar un milagro atribuible al doctor José Gregorio lo comunicase.

 

Desde entonces, en estos 4 años se recogieron 1.248 casos de sanación asombrosa, de los que 103 se han considerado milagros potenciales y actualmente 8 se están estudiando bajo serios criterios médicos. Por el momento la comisión no ha divulgado más datos sobre estos 8 casos.

 

El proceso exige que la sanación sea inexplicable médicamente, es decir, no atribuible a causas naturales, además de muy rápida y duradera en el tiempo (lo que obliga a esperar algunos años en diversas enfermedades para constatar su total desaparición).

 

El médico venezolano ya fue declarado Siervo de Dios en 1949, pero su proceso se estancó y casi se olvidó. El arzobispo Arias Blanco, de Caracas, lo relanzó en 1957, se ratificó su categoría de Siervo de Dios y en 1986 Juan Pablo II constató sus virtudes heroicas que lo consolidan como Venerable. Falta, pues, el milagro.

 

Cada 29 de junio, fecha de su muerte, su devoción se dispara en la iglesia de La Candelaria, en Caracas, donde descansan sus restos. En pleno siglo XXI, en la pobrísima Venezuela rica en petróleo, muchos devotos acuden a rezarle pero no tienen dinero ni para comprarle velas.

 

Lo contaba en un diario local Genoveva Pérez, una vendedora con más de 25 años en el lugar. “Algunos vienen, preguntan por el costo de una vela y se van queriéndola comprar. Y yo, que no tengo corazón para decir que no a la gente, se las doy”, admite. En verano de 2018, una vela costaba 300.000 bolívares y un velón, 3 millones, lo mismo que un bono de alimentación.

 

También intenta vender ‘milagros’, es decir, exvotos, pequeñas imágenes de plomo que representan partes del cuerpo que se han sanado y que el devoto compra como agradecimiento, para exponerlos. El Siervo de Dios sana a muchos, pero a menudo no hay dinero para comprar los exvotos.

 

José Gregorio Hernández nació en Trujillo (Venezuela) y era hijo de un colombiano y una española. Hablaba francés, alemán, inglés, italiano, portugués y conocía bien el latín. Era también músico y filósofo. Formó toda una escuela de discípulos investigadores en medicina, varios de los cuales fueron pioneros en sus campos.

 

Publicó 13 ensayos científicos y fue uno de los fundadores de la Academia Nacional de Medicina de Venezuela. La Arquidiócesis de Caracas señaló, en el campo médico, que “su especialización en las mejores escuelas del mundo, la modernización de las técnicas médicas y su esfuerzo por mejorar los estudios de medicina en Venezuela, lo hacen un pionero en la construcción del país”.

 

El doctor José Gregorio fracasó en un empeño: hacerse religioso, algo que intentó tres veces. En 1908 intentó ser monje cartujo en La Farneta (Lucca, Italia). Probó durante 10 meses, pero el trabajo en el huerto y la artesanía se le daba mal y su cuerpo respondía mal al clima europeo. Salió de la cartuja llorando.

 

En 1909 intentó ser sacerdote diocesano, pero se sentía inquieto y salió. Y en 1913 trató de entrar como seminarista en el Colegio Pío Latinoamericano de Roma: su mala salud lo sacó del seminario, lo que no deja de ser paradójico en quien ayudaría a tantos enfermos.

 

De vuelta a Venezuela, volvió a trabajar como médico y docente. Era terciario franciscano: oraba, hacía penitencia, sacrificios y vivía con austeridad y pobreza. Cobraba poco a todos por sus servicios, tanto a ricos como a pobres. A éstos últimos les daba alimentos y a menudo también las medicinas que les prescribía. El pueblo, ya en vida, le consideraba un varón de Dios.

 

Si subiera a los altares, sería el cuarto beato venezolano, después de María de San José Alvarado (1995), Candelaria de San José (2008) y Carmen Rendiles Martínez (2018). Estas tres beatas pertenecían a congregaciones religiosas. El doctor José Gregorio sería el primer laico, primer varón y primer científico en los altares de Venezuela.

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