Artesanos de la paz

Un momento definitivo para que los levantados en armas aceptaran que ese camino no es viable, fue escuchar a las víctimas de la guerra, que les echaron en cara sus barbaridades, pero también les ofrecieron el perdón. Colombia, en un plebiscito que se hará el 2 de octubre, decidirá si acepta esos acuerdos de La Habana, o todo se viene abajo y habría que empezar de cero. Esperamos que la guerra no sea de nuevo la alternativa. La Iglesia colombiana está empeñada en hacer cuanto sea posible para consolidar la paz y ayudar en la reconstrucción del país, en justicia y paz, en solidaridad y equidad. Esa es nuestra misión.

Con frecuencia, se nos pide a obispos, sacerdotes y religiosas mediar para resolver problemas que hay en las familias, en las comunidades, entre grupos y organizaciones. A veces son problemas conyugales y familiares; otras veces, son pleitos por la tierra, inconformidades postelectorales, violaciones de derechos, bloqueos carreteros, cuestiones laborales y sindicales, etc.

Lo más cómodo es decir: a mí eso no me importa, no es mi competencia, allá ustedes, hagan lo que quieran… Pero eso es dejar a las personas solas, indefensas, expuestas a la muerte y a la represión. Por ello, asumimos el servicio de colaborar en la búsqueda de mecanismos para encontrar lo que es justo, posible y conveniente. Lo ideal es que las partes lleguen a acuerdos consensuados, y que se den la mano en señal de perdón. Es lo más difícil. Aceptan un acuerdo, pero su corazón queda resentido, con odio y deseos de venganza. Allí es donde más entra nuestro servicio de pacificadores, con la fuerza del Evangelio.

PENSAR

El Papa Francisco dijo recientemente: “En este mundo en guerra se necesita fraternidad, se necesita cercanía, se necesita diálogo, se necesita amistad. Y esta es la señal de la esperanza: cuando hay fraternidad… Este mundo está enfermo de crueldad, de dolor, de guerra, de odio, de tristeza. Y por eso siempre os pido la oración: Que el Señor nos dé la paz” (3-VIII-2016).

“La vía maestra es ciertamente la del perdón. Es difícil perdonar. Cuánto nos cuesta perdonar a los demás. Pensémoslo un momento. ¡Qué gran regalo nos ha hecho el Señor enseñándonos a perdonar, para experimentar en carne propia la misericordia del Padre! ¿Por qué debemos perdonar a una persona que nos ha hecho mal? Porque nosotros somos los primeros que hemos sido perdonados. Como Dios nos ha perdonado, así también nosotros debemos perdonar a quien nos hace mal. Limitarnos a lo justo no nos mostraría como discípulos de Cristo, que han obtenido misericordia a los pies de la Cruz sólo en virtud del amor del Hijo de Dios. La vía del perdón puede renovar verdaderamente la Iglesia y el mundo. Ofrecer el testimonio de la misericordia en el mundo de hoy es una tarea que ninguno de nosotros puede rehuir. El mundo necesita el perdón; demasiadas personas viven encerradas en el rencor e incuban el odio, porque, incapaces de perdonar, arruinan su propia vida y la de los demás, en lugar de encontrar la alegría de la serenidad y de la paz” (4-VIII-2016).

ACTUAR

Todos podemos hacer algo por la paz. Quizá no podamos lograr triunfos espectaculares como detener una guerra, pero sí podemos ayudar con pequeñas y ocultas acciones, como artesanos, a reconstruir la armonía y el perdón entre esposos, entre padres e hijos, entre vecinos. Podemos escuchar con paciencia y comprensión a personas y grupos que sufren y luchan por diversos motivos, enfrentados a sus contrarios, para ayudarles a encontrar una luz de esperanza, consolarles en sus penas, acompañarles en su dolor, ofrecerles la fortaleza de Dios, y exhortarles a ser capaces de perdonar desde el corazón. Pareciera imposible, mas no lo es para quien ora e intercede ante el Señor.

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