Argentina: el Papa y el juez de las “causas calientes”

Su nombre aparece muy a menudo en la prensa argentina. Aquí es llamado el juez “de las causas calientes”. Por los procesos que ha conducido: los más sensibles de la política. Con acusaciones graves contra el actual presidente, Mauricio Macri, y su antecesora, Cristina Fernández de Kirchner. Justo cuando la estaba pasando peor, Sebastián Casanello tuvo un encuentro con el Papa. Fue el 2 de junio de 2016, en la residencia vaticana de Santa Marta. Desde entonces, su vida no ha sido la misma.

Titular del Juzgado en lo Criminal y Correccional Federal número 7 de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, ha tomado decisiones difíciles. Como la de procesar a cuatro ex secretarios de Medio Ambiente por un derrame en una mina. Por primera vez cuenta detalles de aquella cita con el pontífice. De él, Francisco llegó a decir: “Casanello es una excelente persona, un gran tipo…”.

El Papa ha sentado posición varias veces sobre el rol de los jueces y la justicia, ¿su palabra tiene una influencia?

La gran característica de Francisco es que no está pensando en discusiones lejanas sino en la realidad de todos los días, en el que sufre la injusticia hoy, en la corrupción actual, en las víctimas de trata. Son todos temas absolutamente terrenales. Los operadores judiciales somos gente que, en el día a día, atacamos conflictos e intentamos actuar dentro de la realidad en la solución de esos conflictos. Su discurso, que es absolutamente práctico, en un llamado a todos los que hoy debemos hacer justicia. Es algo que va más allá de los debates académicos. Cierta idea de la Ilustración considera que la Iglesia no debe participar de estos debates, pero el Papa habla de la gran Política, aquella donde la Iglesia sí tiene un rol muy importante desde la moral y la ética.

Pero algunos observadores lo acusan de injerencia por involucrarse y por reunirse con jueces, como usted. ¿Es así?

Para nada, sin duda el Papa tiene un rol importantísimo como líder moral para todo el mundo, pero su papado, en lugar de ser sectario, es uno que suma a todas las religiones sobre puntos en común que van incluso más allá de una religión: el amor al otro, la unión, la igualdad, luchar contra la injusticia, la casa común en la cual todos estamos dentro, al referirse a la naturaleza. La postura de Francisco no es sectaria, entonces uno mal podría entender que ahí existe un ánimo de injerencia, en mi caso y en el de la gente que estaba ahí nadie sintió algo similar.

Se refiere a la cumbre de jueces y fiscales del mundo que tuvo lugar en el Vaticano en junio de 2016…

Al hacer esta cumbre de jueces lo que el Papa estaba incentivando era el diálogo, que está en el fondo -incluso- de la encíclica “Laudato Si”, es como decir: acá tenemos que hablar más entre nosotros, escucharnos todos, desde esa igualdad de reconocernos todos como iguales y semejantes, pero la idea es el diálogo. Algo totalmente contrario a esta idea es la imposición, la injerencia, creo que son dos cosas absolutamente contradictorias. Francisco le dice a todos: escuchémonos.

En esa ocasión Francisco animó a los jueces a no tener miedo de dictar fallos polémicos ni dejarse corromper. ¿Cómo tomaron sus palabras?

Fue muy lindo porque demuestra su enorme empatía, su capacidad de ponerse en el lugar del otro, él siempre intenta eso. Se asume incluso como pecador, porque nunca mira desde afuera. La función de un juez es muy difícil, porque uno está muy aislado. Es algo que parece sobrehumano, esta idea de hacer justicia en soledad ante un conflicto, sobre todo sociedades tan desiguales y con tanta conflictividad como las nuestras. Eso hace que la mirada de la sociedad esté puesta inmediatamente en la justicia, buscando que solucione todo. Por eso nuestra tarea se vuelve muy pesada y escucharlo a Francisco ponerse en nuestros zapatos, hacer una exhortación pero que partía desde nuestro lugar, claro que fue muy lindo.

¿Le pesan mucho las presiones?

A nadie lo obligan a ser juez, al menos en mi caso fue una decisión completamente personal y autónoma. Quien se inscribe en el servicio público, sea como juez o en cualquier otro puesto, resigna mucho de intereses particulares y se entrega al universal. Por eso la Iglesia tiene mucho que decirnos porque tiene esta función de abrazar a todos y pensar en lo universal. Cuando uno decide ser juez tiene que tener esto bien claro, y tiene que saber que va a enfrentar a intereses potentes de un lado y del otro, debiendo priorizar la justicia y lo universal. Si uno no puede hacer eso, sea por miedo o por lo que sea, no debe dar un paso al costado. Nadie nos amenazan con un revolver para hacer lo que hacemos, quien no está dispuesto a ser congruente, se siente sometido a muchas presiones y no quiere atravesar este camino, que no es grato, debe dar un paso al costado.

Es significativo que diga eso, porque usted recibió muchas presiones. ¿Sintió que estas palabras del Papa le ayudaron a tener cierta estabilidad?

Si, fue muy reconfortante. En ese momento, mediados de 2016, habían inventado que yo había estado en la Quinta de Olivos (residencia oficial), que conocía a una ex presidenta cuando jamás tuve diálogo con ella, no la conocí ni la conozco. Sufrí operaciones de todo tipo. Pero la clave no está tanto en las presiones sino en la gente “presionable”. Uno puede ser muy crítico con uno o con otro, pero la mirada y el acento deben estar en los funcionarios, tenemos que ver a esos jueces, fiscales y magistrados para ver si se dejan o no presionar, para elegir gente que no sea presionable.

¿Qué se hace cuándo te acusan de todo eso?

Se aguanta…

Y en eso, ¿la palabra del Papa ayuda?

Por supuesto. Ayuda la familia, la trayectoria de uno. A mi siempre me gustó dar clases, utilizar el aula para mostrarme. De repente uno puede reír. Hubo un momento que me empecé a reír de “tortuga” (el apodo que le asignaron periodistas por su supuesta lentitud en las causas); al comienzo fue dolorosísimo, pero en un momento empecé a reírme. Es un tránsito personal, no sé cómo lo lleve el resto.

¿Sintió una especie de “conversión personal” por todos estos episodios, incluso por el apoyo del Papa?

Sin duda. Creo que todos, en la medida que nos enfrentamos a las cosas, nos vamos transformando. Uno empieza a ser más grande, tiene canas, etc. Pero esos viejos dichos populares: la sabiduría que viene de la experiencia, lo que no te mata te fortalece, que las crisis son oportunidades, todo eso es bastante cierto. La manera en que uno transita estas situaciones pueden destruirlo, quebrarlo o fortalecerlo. En mi caso personal me siente mucho más fortalecido en mis convicciones y en lo que hago cotidianamente.

¿Cómo trascender a una opinión pública que tiene la peor consideración de uno?

El momento actual, al menos en la sociedad argentina, la justicia está muy golpeada en su capital simbólico. Siempre un juez, quien está llamado a hacer solucionar un conflicto, poner a alguien preso o sancionar, va acompañado de un capital simbólico para que eso pueda realizarse. Toda la ciudadanía necesita que los jueces tengan este capital, porque esto les va a dar confianza. La sociedad argentina tiene un gravísimo problema transversal, que es la falta de confianza. Es un error pensar que todos los problemas están en la justicia y so revela que tenemos una democracia de baja intensidad y con poco respeto de la ley. El respeto a la ley es clave, porque significa que si el rico infringe la ley será sancionado igual que el pobre. En la sociedad argentina el respeto a la ley es muy bajo, y cuando la ley se corre, o deja grandes espacios de discrecionalidad, aparece el autoritarismo, el dominio del más fuerte sobre el más débil.

Pero también la justicia tiene muchas falencias.

Los jueces debemos regirnos por códigos de procedimientos que no los hacemos nosotros, los hace el legislador, y cuando la gente se queja hay que recordarle esto. El código de procedimientos argentino es una copia del Código Napoleónico que tiene 200 años. No solo tiene problemas constitucionales, tiene gravísimos problemas de eficiencia. En esta demanda de hacer justicia, que es muy legítima, ¿un juez está autorizado a tomar atajos o correrse de ese Código? Si lo hiciese, me parecería terrible. Es como “comerse al caníbal”, un juez no puede hacer eso. Yo estoy tan obligado de juzgar las conductas que se apartan de la ley como a cumplir, a rajatabla, la ley que me dice cómo hacerlo. Esto la ciudadanía no lo advierte y vienen las polémicas. ¿Eso es costoso, para nosotros como jueces? Sí, claro que es costoso. Porque nos dicen lentos, nos ponen apodos. Como cuando me empezaron a decir “tortuga”, lo hicieron a los cuatro meses de tener una causa. ¿Cuatro meses? Claro que hay intentos de presionar desde afuera, de todo aquel que tiene poder. Empresas económicas, gobiernos, medios de comunicación. Lo que se necesita es jueces que no sean “presionables”.

¿Qué le dice a la gente que aún lo considera “tortuga” o cosas peores?

Que intenten informarse más. La llave para que tengamos instituciones sanas y mayor calidad en nuestras instituciones es la transparencia. Podemos decir: hay que respetar la ley, pero en tanto dejemos espacios de discrecionalidad en los cuales la ciudadanía no puede entrar, todo lo demás será una puesta en escena.

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