Ante el espejo

«El hecho comienza» con una palabra clara de Jesús: «No juzguéis, para que no seáis juzgados». Por lo tanto, «si no quieres ser juzgado no juzgues a los demás: “tac, tac”, claro». Y el Señor «va un paso por delante», indicando precisamente el criterio de la medida: «porque con el juicio con el que juzguéis seréis juzgados, y con la medida con la que midáis se os medirá».

«Todos queremos, el día del juicio, que el Señor nos mire con benevolencia, que el Señor se olvide de tantas cosas feas que hemos hecho en la vida» dijo Francisco. Y «esto es justo, porque somos hijos, y esto es lo que un hijo se espera del padre, siempre». Pero «si tú juzgas continuamente a los demás, con la misma medida serás juzgado: esto está claro».

«Primero, el mandamiento, el hecho: “No juzguéis para que no seáis juzgados”» ha repetido el Papa, añadiendo: «segundo, la medida será la misma que usáis para los hermanos». Y después, «el tercer paso: mírate al espejo, pero no para maquillarte para que no se vean las arrugas; no, no, no, ¡ese no es el consejo!». Más bien, sugirió Francisco, «mira al espejo para verte, cómo eres». Las palabras de Jesús son claras: «¿por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano y no te das cuenta de la viga que tienes en el tuyo?». ¿O cómo dirás a tu hermano: “deja que quite la paja de tu ojo” mientras tienes la viga en tu ojo?».

«¿Cómo nos clasifica el Señor —se preguntó el Pontífice— cuando hacemos esto?, sólo una palabra: “hipócrita, saca primero la viga de tu ojo y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano”». En realidad, no debería sorprender la reacción del Señor que «se enfada; es muy fuerte, y parece incluso que nos insulte: dice “hipócrita” a quien juzga a los demás».

La razón es que «quien juzga —explicó el Papa— se coloca en el lugar de Dios, se convierte en Dios y duda de la palabra de Dios».

Es exactamente «lo que la serpiente convenció a hacer a nuestros padres: “No, no, Dios es un mentiroso, si coméis de esto, seréis como Él”. Y ellos quisieron ponerse en el lugar de Dios».

Por eso, insistió el Pontífice, «es tan feo juzgar: el juicio ¡sólo a Dios, sólo a Él!». A nosotros nos compete más bien «el amor, la comprensión, el rezar por los demás cuando vemos cosas que no están bien», si es necesario «también hablar con ellos» para ponerlos en guardia si algo no parece ir en la dirección correcta. En todo caso «nunca juzgar, nunca», porque «si nosotros juzgamos es hipocresía».

Por lo demás, afirmó Francisco, «cuando juzgamos nos colocamos en el lugar de Dios, esto es verdad, pero nuestro juicio es un pobre juicio: nunca, nunca puede ser un verdadero juicio». Porque, precisamente, «el verdadero juicio es el que da Dios». Y «¿por qué el nuestro no puede ser como el de Dios?; ¿por qué Dios es omnipotente y nosotros no? No, porque a nuestro juicio le falta la misericordia». Y «cuando Dios juzga, juzga con misericordia».

En conclusión, el Papa sugirió pensar «hoy en esto que el Señor nos dice: no juzgar, para no ser juzgados; la medida con la cual juzguemos será la misma que usarán con nosotros; y, tercero, mirémonos al espejo antes de juzgar». Y así, cuando se nos ocurra decir: «esta hace eso o aquello», es mejor mirarse al espejo antes de hablar. De lo contrario «seré un hipócrita —repitió Francisco— porque me pongo en el lugar de Dios». Y de todos modos «mi juicio es un pobre juicio: falta algo muy importante que tiene el juicio de Dios, falta la misericordia». Que el Señor, deseó el Papa, «nos haga entender bien estas cosas».

 

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