Ángelus del 9 de noviembre de 2014

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy la liturgia recuerda la Dedicación de la basílica lateranense, que es la catedral de Roma y que la tradición define «madre de todas las iglesias de la ciudad y del mundo». Con el término «madre» nos referimos no tanto al edificio sagrado de la basílica, sino a la obra del Espíritu Santo que se manifiesta en este edificio, fructificando mediante el ministerio del obispo de Roma en todas las comunidades que permanecen en la unidad con la Iglesia que él preside.

Cada vez que celebramos la dedicación de una iglesia, se nos recuerda una verdad esencial: el templo material hecho de ladrillos es un signo de la Iglesia viva y operante en la historia, esto es, de ese «templo espiritual», como dice el apóstol Pedro, del cual Cristo mismo es «piedra viva rechazada por los hombres, pero elegida y preciosa para Dios» (1 P 2, 4-8). Jesús, en el Evangelio de la liturgia de hoy, al hablar del templo revela una verdad sorprendente: que el templo de Dios no es solamente el edificio hecho con ladrillos, sino que es su Cuerpo, hecho de piedras vivas. En virtud del Bautismo, cada cristiano forma parte del «edificio de Dios» (1 Cor 3, 9), es más, se convierte en la Iglesia de Dios. El edificio espiritual, la Iglesia comunidad de los hombres santificados por la sangre de Cristo y por el Espíritu del Señor resucitado, pide a cada uno de nosotros ser coherentes con el don de la fe y realizar un camino de testimonio cristiano. Y no es fácil, lo sabemos todos, la coherencia en la vida, entre la fe y el testimonio; pero nosotros debemos seguir adelante y buscar cada día en nuestra vida esta coherencia. «¡Esto es un cristiano!», no tanto por lo que dice, sino por lo que hace, por el modo en que se comporta. Esta coherencia que nos da vida es una gracia del Espíritu Santo que debemos pedir. La Iglesia, en el origen de su vida y de su misión en el mundo, no ha sido más que una comunidad constituida para confesar la fe en Jesucristo Hijo de Dios y Redentor del hombre, una fe que obra por medio de la caridad. ¡Van juntas! También hoy la Iglesia está llamada a ser en el mundo la comunidad que, arraigada en Cristo por medio del bautismo, profesa con humildad y valentía la fe en Él, testimoniándola en la caridad.

A esta finalidad esencial deben orientarse también los elementos institucionales, las estructuras y los organismos pastorales; a esta finalidad esencial: testimoniar la fe en la caridad. La caridad es precisamente la expresión de la fe y también la fe es la explicación y el fundamento de la caridad. La fiesta de hoy nos invita a meditar sobre la comunión de todas las Iglesias, es decir, de esta comunidad cristiana. Por analogía nos estimula a comprometernos para que la humanidad pueda superar las fronteras de la enemistad y de la indiferencia, para construir puentes de comprensión y de diálogo, para hacer de todo el mundo una familia de pueblos reconciliados entre sí, fraternos y solidarios. De esta nueva humanidad la Iglesia misma es signo y anticipación cuando vive y difunde con su testimonio el Evangelio, mensaje de esperanza y reconciliación para todos los hombres.

Invoquemos la intercesión de María santísima, a fin de que nos ayude a llegar a ser, como ella, «casa de Dios», templo vivo de su amor.


Después del Ángelus:

Queridos hermanos y hermanas:

Hace 25 años, el 9 de noviembre de 1989, caía el Muro de Berlín, que durante mucho tiempo dividió la ciudad en dos y fue un símbolo de la división ideológica de Europa y del mundo entero. La caída ocurrió de improviso, pero fue posible por el largo y fatigoso compromiso de muchas personas que lucharon, rezaron y sufrieron, algunos hasta el sacrificio de la vida. Entre ellas, un papel de protagonista tuvo el santo Papa Juan Pablo II. Recemos para que, con la ayuda del Señor y la colaboración de todos los hombres de buena voluntad, se difunda cada vez más una cultura del encuentro, capaz de hacer caer todos los muros que todavía dividen el mundo, y que no vuelva a suceder que personas inocentes sean perseguidas e incluso asesinadas a causa de su credo y de su religión. Donde hay un muro hay cerrazón del corazón. ¡Se necesitan puentes, no muros!

Hoy, en Italia, se celebra la Jornada de acción de gracias, que este año tiene como tema «Nutrir el planeta. Energía para la vida», haciendo referencia a la ya próxima Expo Milán 2015. Me uno a los obispos al desear un compromiso renovado para que a nadie falte el alimento de cada día, que Dios da para todos. Estoy cercano al mundo de la agricultura, y aliento a cultivar la tierra de modo sostenible y solidario.

En este contexto se realiza en Roma la Jornada diocesana para la custodia de la creación, un acontecimiento que quiere promover estilos de vida basados en el respeto del ambiente, reafirmando la alianza entre el hombre, custodio de la creación, y su Creador.

Saludo a todos los peregrinos, llegados de diversos países, a las familias, los grupos parroquiales, las asociaciones, en este día tan bonito que el Señor nos da hoy.

En especial saludo a los representantes de la comunidad venezolana en Italia —veo allí la bandera—.

En este hermoso día, deseo a todos un feliz domingo. Por favor, no olvidéis de rezar por mí. Buen almuerzo y ¡hasta la vista!

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