Ángelus, 8 de noviembre de 2015

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días, con este sol bonito!

El episodio del Evangelio de este domingo se compone de dos partes: en una se describe cómo no deben ser los seguidores de Cristo; en la otra, se propone un ideal ejemplar de cristiano.

Comencemos por la primera: qué es lo que no debemos hacer. En la primera parte, Jesús señala tres defectos que se manifiestan en el estilo de vida de los escribas, maestros de la ley: soberbia, avidez e hipocresía. A ellos —dice Jesús— les encanta «que les hagan reverencia en las plazas, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes» (Mc 12, 38-39). Pero, bajo apariencias tan solemnes, se esconden la falsedad y la injusticia. Mientras se pavonean en público, usan su autoridad para «devorar los bienes de las viudas» (v. 40), a las que se consideraba, junto con los huérfanos y los extranjeros, las personas más indefensas y desamparadas. Por último, los escribas «aparentan hacer largas oraciones» (v. 40). También hoy existe el riesgo de comportarse de esta forma. Por ejemplo, cuando se separa la oración de la justicia, porque no se puede rendir culto a Dios y causar daño a los pobres. O cuando se dice que se ama a Dios y, sin embargo, se antepone a Él la propia vanagloria, el propio provecho.

También la segunda parte del Evangelio de hoy va en esta línea. La escena se ambienta en el templo de Jerusalén, precisamente en el lugar donde la gente echaba las monedas como limosna. Hay muchos ricos que echan tantas monedas, y una pobre mujer, viuda, que da apenas dos pequeñas monedas. Jesús observa atentamente a esa mujer e indica a los discípulos el fuerte contraste de la escena. Los ricos han dado, con gran ostentación, lo que para ellos era superfluo, mientras que la viuda, con discreción y humildad, ha echado «todo lo que tenía para vivir» (v. 44); por ello —dice Jesús— ella ha dado más que todos. Debido a su extrema pobreza, hubiera podido ofrecer una sola moneda para el templo y quedarse con la otra. Pero ella no quiere ir a la mitad con Dios: se priva de todo. En su pobreza ha comprendido que, teniendo a Dios, lo tiene todo; se siente amada totalmente por Él y, a su vez, lo ama totalmente. ¡Qué bonito ejemplo esa viejecita!

Jesús, hoy, nos dice también a nosotros que el metro para juzgar no es la cantidad, sino la plenitud. Hay una diferencia entre cantidad y plenitud. Tú puedes tener tanto dinero, pero ser una persona vacía. No hay plenitud en tu corazón. Pensad esta semana en la diferencia que hay entre cantidad y plenitud. No es cosa de billetera, sino de corazón. Hay diferencia entre billetera y corazón… Hay enfermedades cardíacas que hacen que el corazón se baje hasta la billetera… ¡Y esto no va bien! Amar a Dios «con todo el corazón» significa confiar en Él, en su providencia, y servirlo en los hermanos más pobres, sin esperar nada a cambio.

Permitidme que cuente una anécdota, que sucedió en mi diócesis anterior. Estaban en la mesa una mamá con sus tres hijos; el papá estaba en el trabajo; estaban comiendo filetes empanados… En ese momento, llaman a la puerta y uno de los hijos —pequeños, 5, 6 años, y 7 años el más grande— viene y dice: «Mamá, hay un mendigo que pide comida». Y la mamá, una buena cristiana, les pregunta: «¿qué hacemos?». —«Démosle mamá…». —«De acuerdo». Toma el tenedor y el cuchillo y les quita la mitad de cada filete. «¡Ah, no, mamá no! ¡Así no! Dáselo del frigo». —«¡No, preparamos tres bocadillos con esto!». Y los hijos aprendieron que la verdadera caridad se hace no con lo que nos sobra, sino con lo que nos es necesario. Estoy seguro que esa tarde tuvieron un poco de hambre… Pero, así se hace.

Ante las necesidades del prójimo, estamos llamados a privarnos —como esos niños, de la mitad del filete— de algo indispensable, no sólo de lo superfluo; estamos llamados a dar el tiempo necesario, no sólo el que nos sobra; estamos llamados a dar enseguida sin reservas algún talento nuestro, no después de haberlo utilizado para nuestros objetivos personales o de grupo.

Pidamos al Señor que nos admita en la escuela de esta pobre viuda, que Jesús, con el desconcierto de los discípulos, hace subir a la cátedra y presenta como maestra de Evangelio vivo. Por intercesión de María, la mujer pobre que ha dado toda su vida a Dios por nosotros, pidamos el don de un corazón pobre, pero rico de una generosidad alegre y gratuita.

 


Después del Ángelus

 

Queridos hermanos y hermanas:

Sé que muchos de vosotros os sentís turbados por las noticias que han circulado en los últimos días sobre documentos reservados de la Santa Sede que fueron sustraídos y publicados. Por esta razón quisiera deciros, ante todo, que robar esos documentos es un delito. Es un acto deplorable que no ayuda. Yo mismo había pedido que se hiciera ese estudio, y mis colaboradores y yo ya conocíamos bien esos documentos, tomándose algunas medidas que comenzaron a dar frutos, incluso algunos visibles.

Quiero aseguraros que este triste hecho no me desvía en absoluto del trabajo de reforma que estamos llevando adelante, con mis colaboradores y con el apoyo de todos vosotros. Sí, con el apoyo de toda la Iglesia, porque la Iglesia se renueva con la oración y con la santidad cotidiana de cada bautizado.

Por consiguiente, os agradezco y os pido que continuéis rezando por el Papa y por la Iglesia, sin dejarse turbar, yendo adelante con confianza y esperanza.

Hoy, en Italia, se celebra la Jornada de acción de gracias que este año tiene por tema «El suelo, bien común». Me uno a los obispos en el deseo de que todos se comporten como administradores responsables de un precioso bien colectivo, la tierra, cuyos frutos tienen un destino universal. Estoy cercano, con gratitud, al mundo agrícola, y animo a cultivar la tierra de modo que se custodie su fertilidad, a fin de que produzca alimento para todos, hoy y para las generaciones futuras. En este contexto, se lleva a cabo en Roma la Jornada diocesana por la custodia de la creación, que este año está enriquecida por la «Marcha por la tierra».

En Florencia comenzará mañana la V Asamblea eclesial nacional, con la participación de los obispos y de los delegados de todas las diócesis italianas. Se trata de un importante evento de comunión y de reflexión, en el que también yo tendré la alegría de participar, durante la jornada del martes próximo, después de una breve visita a Prato.

Saludo con afecto a todos los fieles romanos y peregrinos. De modo especial a los estudiantes franceses de la región parisiense, a los fieles procedentes de Japón y Polonia, y también los de la localidad italiana de Scandicci. Saludo a los representantes de la Orden de Predicadores —dominicos— que ayer comenzó las celebraciones con motivo del octavo centenario de su fundación. Que el Señor os bendiga mucha en esta celebración. Y muchas gracias por todos lo que hacéis en y por la Iglesia.

A todos os deseo un feliz domingo. Y no os olvidéis de rezar por mí. Buen almuerzo y hasta la vista.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *