Ángelus, 28 de octubre de 2018

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! Aunque no parecen muy buenos [llueve y hace viento]

Esta mañana, en la Basílica de San Pedro hemos celebrado la Misa de clausura de la asamblea del sínodo de los obispos dedicada a los jóvenes. La primera lectura, del profeta Jeremías (31, 7-9), estaba particularmente afinada para este momento, porque es una palabra de esperanza que Dios da a su pueblo. Una palabra de consolación, fundada sobre el hecho de que Dios es padre para su pueblo, lo ama y lo cuida como un hijo (cf. v. 9); le abre delante un horizonte de futuro, un camino factible, practicable, sobre el que podrán caminar también «el ciego y el cojo, la preñada y la parida» (v. 8), es decir, las personas en dificultad. Porque la esperanza de Dios no es un milagro, como ciertas publicidades donde todos aparecen sanos y bellos, sino una promesa para la gente real, con virtudes y defectos, potencialidad y fragilidad, como todos nosotros: la esperanza de Dios es una promesa para la gente como nosotros.

Esta Palabra de Dios expresa bien la experiencia que hemos vivido en las semanas del sínodo: ha sido un tiempo de consolación y de esperanza. Lo ha sido sobre todo como momento de escucha: escuchar, de hecho, exige tiempo, atención, apertura de la mente y del corazón. Pero este compromiso se transformaba cada día en consuelo, sobre todo porque teníamos en medio de nosotros la presencia vivaz y estimulante de los jóvenes, con sus historias y sus contribuciones. A través del testimonio de los padres sinodales, la realidad multiforme de las nuevas generaciones ha entrado en el Sínodo, por decirlo así, de todas partes, de cada continente y de muchas situaciones humanas y sociales diferentes.

Con esta actitud fundamental de escucha, hemos tratado de leer la realidad, de captar los signos de nuestro tiempo. Un discernimiento comunitario hecho a la luz de la Palabra de Dios y del Espíritu Santo. Este es uno de los dones más hermosos que el Señor da a la Iglesia católica, es decir, el de reunir voces y rostros de las realidades más variadas y así obtener una interpretación que tenga en cuenta la riqueza y la complejidad de los fenómenos, siempre a la luz del Evangelio. Así, en estos días, nos hemos confrontado sobre cómo caminar juntos a través de tantos desafíos, como el mundo digital, el fenómeno de las migraciones, el sentido del cuerpo y de la sexualidad, el drama de las guerras y de la violencia. Los frutos de este trabajo ya están fermentando, como hace el zumo de la uva en los barriles tras la vendimia. El Sínodo de los jóvenes ha sido una buena vendimia y promete buen vino. Pero quisiera decir que el primer fruto de esta Asamblea sinodal debe estar precisamente en el ejemplo del método que se ha intentado seguir desde la fase preparatoria. Un estilo sinodal que no tiene como objetivo principal la elaboración de un documento, aunque sea precioso y útil. Más importante que el documento es, sin embargo, que se difunda un modo de ser y de trabajar juntos jóvenes y ancianos, en la escucha y en el discernimiento para llegar a elecciones pastorales que respondan a la realidad.

Invoquemos para esto la intercesión de la Virgen María. A ella, que es la Madre de la Iglesia, encomendamos el agradecimiento a Dios por el don de esta asamblea sinodal. Y que ella nos ayude ahora a llevar adelante lo que hemos experimentado, sin miedo, en la vida ordinaria de las comunidades. Que el Espíritu Santo haga crecer, con su sabia fantasía, los frutos de nuestro trabajo, para continuar caminando juntos con los jóvenes del mundo entero.

 


 

Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Expreso mi cercanía a la ciudad de Pittsburgh, en Estados Unidos, y en particular a la comunidad judía, golpeada ayer por un terrible atentado en la sinagoga. Que el Altísimo reciba a los fallecidos en su paz, consuele a sus familias y sostenga a los heridos. En realidad, todos estamos heridos por este acto inhumano de violencia. Que el Señor nos ayude a extinguir los brotes de odio que crecen en nuestras sociedades, fortaleciendo el sentido de la humanidad, el respeto por la vida, los valores morales y civiles; y el santo temor de Dios, que es Amor y Padre de todos.

Ayer, en Morales, Guatemala, fueron proclamados beatos José Tullio Maruzzo, religioso de los Hermanos Menores, y Luis Obdulio Arroyo Navarro, quienes fueron asesinados por odio a la fe en el siglo pasado, durante la persecución contra la Iglesia, comprometida en promover la justicia y paz. Alabemos al Señor y confiemos a su intercesión la Iglesia de Guatemala, y a todos los hermanos y hermanas que, lamentablemente, aún hoy, en varias partes del mundo, son perseguidos porque son testigos del Evangelio. ¡Un aplauso a los dos beatos, todos!

Saludo con afecto a vosotros, queridos peregrinos de Italia y de varios países, en particular a los jóvenes procedentes de Maribor (Eslovenia), a la fundación española «Centro Académico Romano» y a los parroquianos de San Siro Obispo en Canobbio (Suiza). Saludo a los voluntarios del Santuario San Juan XXIII de Sotto il Monte, a 60 años de la elección del amado Papa de Bérgamo; como también a los fieles de Cesena y de Thiene, a los monaguillos y a los chicos de la Acción Católica de la diócesis de Padova.

Hoy se celebra la fiesta del Señor de los Milagros, muy sentida en Lima y en todo Perú; dirijo un pensamiento grato al pueblo peruano y a la comunidad peruana de Roma. El domingo pasado estabais aquí con la imagen del Señor de los Milagros, y yo no me di cuenta. ¡Felicitaciones en el día de la fiesta!

Y saludo con afecto a la comunidad venezolana en Italia, reunida aquí con la imagen de Nuestra Señora de Chiquinquirá, la Chinita.

Os deseo a todos un buen domingo y, por favor, no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!

 

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