Ángelus, 14 de diciembre de 2014

Queridos hermanos y hermanas,
queridos niños, queridos jóvenes, ¡buenos días!

Desde ya hace dos semanas el Tiempo de Adviento nos invita a la vigilancia espiritual para preparar el camino al Señor que viene. En este tercer domingo la liturgia nos propone otra actitud interior con la cual vivir esta espera del Señor, es decir, la alegría. La alegría de Jesús, como dice ese cartel: «Con Jesús la alegría está en casa». Esto es, nos propone la alegría de Jesús.

El corazón del hombre desea la alegría. Todos deseamos la alegría, cada familia, cada pueblo aspira a la felicidad. ¿Pero cuál es la alegría que el cristiano está llamado a vivir y testimoniar? Es la que viene de la cercanía de Dios, de su presencia en nuestra vida. Desde que Jesús entró en la historia, con su nacimiento en Belén, la humanidad recibió un brote del reino de Dios, como un terreno que recibe la semilla, promesa de la cosecha futura. ¡Ya no es necesario buscar en otro sitio! Jesús vino a traer la alegría a todos y para siempre. No se trata de una alegría que sólo se puede esperar o postergar para el momento que llegue el paraíso: aquí en la tierra estamos tristes pero en el paraíso estaremos alegres. ¡No! No es esta, sino una alegría que ya es real y posible de experimentar ahora, porque Jesús mismo es nuestra alegría, y con Jesús la alegría está en casa, como dice ese cartel vuestro: con Jesús la alegría está en casa. Todos, digámoslo: «Con Jesús la alegría está en casa». Otra vez: «Con Jesús la alegría está en casa». Y sin Jesús, ¿hay alegría? ¡No! ¡Geniales! Él está vivo, es el Resucitado, y actúa en nosotros y entre nosotros, especialmente con la Palabra y los Sacramentos.

Todos nosotros bautizados, hijos de la Iglesia, estamos llamados a acoger siempre de nuevo la presencia de Dios en medio de nosotros y ayudar a los demás a descubrirla, o a redescubrirla si la olvidaron. Se trata de una misión hermosa, semejante a la de Juan el Bautista: orientar a la gente a Cristo —¡no a nosotros mismos!— porque Él es la meta a quien tiende el corazón del hombre cuando busca la alegría y la felicidad.

También san Pablo, en la liturgia de hoy, indica las condiciones para ser «misioneros de la alegría»: rezar con perseverancia, dar siempre gracias a Dios, cooperando con su Espíritu, buscar el bien y evitar el mal (cf. 1 Ts 5, 17-22). Si este será nuestro estilo de vida, entonces la Buena Noticia podrá entrar en muchas casas y ayudar a las personas y a las familias a redescubrir que en Jesús está la salvación. En Él es posible encontrar la paz interior y la fuerza para afrontar cada día las diversas situaciones de la vida, incluso las más pesadas y difíciles. Nunca se escuchó hablar de un santo triste o de una santa con rostro fúnebre. Nunca se oyó decir esto. Sería un contrasentido. El cristiano es una persona que tiene el corazón lleno de paz porque sabe centrar su alegría en el Señor incluso cuando atraviesa momentos difíciles de la vida. Tener fe no significa no tener momentos difíciles sino tener la fuerza de afrontarlos sabiendo que no estamos solos. Y esta es la paz que Dios dona a sus hijos.

Con la mirada orientada hacia la Navidad ya cercana, la Iglesia nos invita a testimoniar que Jesús no es un personaje del pasado; Él es la Palabra de Dios que hoy sigue iluminando el camino del hombre; sus gestos —los sacramentos— son la manifestación de la ternura, del consuelo y del amor del Padre hacia cada ser humano. Que la Virgen María, «Causa de nuestra alegría», nos haga cada vez más alegres en el Señor, que viene a liberarnos de muchas esclavitudes interiores y exteriores.


Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, he olvidado cómo era la frase. Ahora sí, la vemos: «Con Jesús la alegría está en casa». Todos juntos: «Con Jesús la alegría está en casa».

Os saludo a todos vosotros, familias, grupos parroquiales y asociaciones, que habéis venido de Roma, de Italia y de muchas partes del mundo.

Al saludar a los fieles polacos, me uno espiritualmente a sus connacionales y a toda Polonia, que hoy encienden la «vela de Navidad» y reafirmo el compromiso de solidaridad, especialmente en este Año de Cáritas que se celebra en Polonia.

Y ahora saludo con afecto a los niños que vinieron para la bendición de los «Bambinelli», organizada por el Centro de oratorios romanos. ¡Enhorabuena! Lo habéis hecho muy bien, habéis estado muy alegres aquí en la plaza, ¡felicidades! Y ahora lleváis el belén bendecido. Queridos niños, os agradezco vuestra presencia y os deseo feliz Navidad. Cuando rezaréis en casa, ante el belén, recordad rezar también por mí, como yo me acuerdo de vosotros. La oración es la respiración del alma: es importante encontrar momentos durante el día para abrir el corazón a Dios, incluso con oraciones sencillas y breves del pueblo cristiano. Por esto, hoy pensé hacer un regalo a todos vosotros que estáis aquí en la plaza, una sorpresa, un regalo: os daré un pequeño librito de bolsillo, que recoge algunas oraciones, para los diversos momentos del día y para las distintas situaciones de la vida. Es este. Algunos voluntarios lo distribuirán. Tomad uno cada uno y llevadlo siempre con vosotros, como ayuda para vivir toda la jornada con Dios. Y para que no olvidemos ese mensaje tan bonito que habéis hecho con el cartel: «Con Jesús la alegría está en casa». Otra vez: «Con Jesús la alegría está en casa». ¡Geniales!

A todos vosotros un cordial deseo de feliz domingo y de buen almuerzo. No olvidéis, por favor, rezar por mí. ¡Hasta la vista! ¡Y mucha alegría!

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