¡AMIGOS!, NO SIERVOS, SEGÚN EL AMOR DEL SEÑOR “YA NO LOS LLAMO SIERVOS…, YO LOS LLAMO AMIGOS” (JN 15,15)

Toda reflexión sobre nuestro sacerdocio ha de ser un llamado para renovarnos interiormente, identificarnos con nuestro ministerio y fortalecernos no solo en lo que corresponde a nuestra misión, sino también en todo cuanto tiene que ver con nuestra presencia y nuestra opinión en los espacios social, cultural, familiar y educacional de los seres humanos; no podemos olvidar que ser sacerdotes no es alejarnos del pueblo y vivir inmersos solamente en el pensamiento de santidad y oración.

Ser sacerdote es ser participativo, proactivo en las comunidades, sin miedo de contaminaciones malsanas; ya el Señor dijo, al orar por sus acompañantes: “Te pido por ellos; no que los saques del mundo, sino que los libres del mal”, esto se cumple cabalmente, cuando tenemos voluntad de limpieza mental y espiritual, y vocación de amar y de servir.

Por todo ello, el Santo Cura de Ars afirmaba que “un buen pastor, un pastor según el corazón de Dios, es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una parroquia y uno de los dones más preciosos de la misericordia divina”.

Cuando nos acercamos al pensamiento del papa Francisco en torno a los sacerdotes, entendemos el dolor de Iglesia que él tiene en su corazón, el anhelo de esperanza que deposita en cada ministro consagrado y la fe salvadora que ha de redimir a los que sufren, a los que padecen ausencias, carencias; pero afirma: “Sin amor y sin fe no hay claridad”.

Todo ese conglomerado es la Iglesia que él quiere, por eso habla de “unidad”, de “libertad para servir”, de “ausencia de libertad si no hay amor”, de que “la libertad debe tener un fin, si no, ella es vacía”, “la libertad con amor es la que guía e ilumina”.

El Santo Padre nos pide a los consagrados que “no seamos sacerdotes empresarios, sino servidores”, tarea bien difícil de llevar a cabo en este siglo XXI en donde se imponen el dinero, el poder y el placer. Para alcanzar el logro que el Papa nos plantea, debemos comenzar por cultivar la generosidad en el servicio, la humildad en el acercamiento a los otros y el desprendimiento de todo anhelo de posesión, bien sea material o bien espiritual.

El papa Francisco quiere un sacerdote fortalecido por la oración, libre para educar en el amor a todos cuantos le rodean sin discriminaciones y, además, una actitud valiente y honesta para abrir el corazón a todo cuanto su ministerio le exija; quiere ministros con dotes de liderazgo, aptitudes sabias, prudentes y generosas para inspirar a los demás, y fortaleza moral y emocional para no errar el camino que eligieron de cuidar el pueblo de Dios.

Nuestro Pontífice nos invita a que entendamos que un sacerdote debe dar muestra de virtudes como la paciencia, la bondad, la pureza y la sinceridad, y ser capaz de sobrellevar circunstancias adversas para cumplir su misión; por eso afirma desde el Vaticano: “ante los problemas, es posible estar sereno; cuando nada puede consolarnos y aumenta la amargura, el Señor surge para salvar a los amargados, aparece la esperanza, y el dolor se convierte en una puerta por donde penetra la esperanza”.

Con el Santo Padre llegamos a comprender que en el corazón de un sacerdote no debe haber límites y no se puede dar por vencido ante las pruebas de la vida; antes bien, dice el Papa, debemos hacernos a menudo una pregunta: “¿A dónde se orienta mi corazón?, ¿en dónde se fija mi corazón?, ¿cuál es el tesoro que busca?”.

Rezar, curar y anunciar han de ser los tres imperativos esenciales de la vida y del ministerio de los presbíteros, sólo así podremos alejarnos de la vanidad, el orgullo y el dinero que deterioran la vida de un sacerdote.

Como sacerdotes debemos despertar la fe en la Providencia de Dios y en su obra pues todos necesitamos del consuelo y de la fortaleza de Dios y de los hermanos en todos los tiempos, especialmente en los difíciles. San Pablo dirigiéndose a sus comunidades les decía: “Les pido, por tanto, que no se desanimen a causa de las tribulaciones” (Ef 3,13); “Mi deseo es que se sientan animados” (Col 2,2), y así poder llevar adelante la misión que cada mañana el Señor nos regala: transmitir una buena noticia, una alegría para todos, capaz de generar esperanza.

No nos está permitido aislarnos de nuestra gente, ni de los presbiterios o comunidades; tampoco enclaustrarnos en grupos cerrados y elitistas. Nos dice el Papa que “todo eso, en el fondo, asfixia y envenena el alma”. Un ministro animado es un ministro siempre en salida; y ‘estar en salida’ nos lleva a caminar delante de nuestra comunidad para guiar e iluminar; estar en medio de ella, para mejor comprenderla, alentarla y sostenerla; cuidar de su unidad en la fe y en el amor a Dios a todos los seres humanos, igual que Él; ya dijo San Pablo: “Dios no hace acepción de personas”

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