A quién se dirige el perdón

Perdonar a los miembros de la familia

Es el más importante; por el vínculo afectivo entre las partes y también por el tipo de conflictos que se dan en la convivencia diaria y cotidiana:

A esos padres que te decepcionaron cuando fuiste consciente de sus defectos.

A esa madre sobreprotectora que no te deja crecer.

A ese padre ausente emocional y silencioso.

A ese padre o madre alcohólica que te avergonzaba.

A ese padre o madre que te abandonó y conformó otra familia.

A ese hermano o hermana que ha ocupado tu lugar en la familia.

A ese hermano que se niega a ayudarte en un momento de apuro.

A ese hermano o hermana que fue indiferente o que te pegó, aprovechando que es más grande y fuerte.

A ese esposo ebrio que te pegaba.

A ese esposo o esposa que te fue infiel.

A tu cónyuge por sus observaciones humillantes y que siempre intenta dominarte.

A esa suegra celosa y entrometida.

A ese hijo que exige más dedicación de la que puedes darle.

A ese hijo adolescente cuya conducta delictiva te avergüenza.

A ese hijo o esa hija que se niega a plegarse a tu disciplina e incluso es violento contigo.

Perdonar a los amigos y allegados

Es frecuente esperar mucho de los amigos y conocidos, lo que suele resultar en una inmensa fuente de decepciones:

A los amigos que te han herido injustamente.

A ese amigo que te abandonó cuando lo necesitabas o al que no estuvo.

Al amigo que fue indiscreto y chismoso al revelar tu secreto.

A ese ser querido que te ha abandonado, cambiando de casa o muriéndose.

Al amigo que olvida sus promesas.

A la amiga que nunca confía en ti.

Al profesor que fue injusto y rígido.

Al rector o director que necesitaba afirmarse humillándote.

Al compañero de trabajo que te desacredita ante el jefe.

Al jefe que te hace observaciones desagradables en público.

Al superior o superiora que te dio una orden ilógica e injusta.

Perdonar a los extraños y desconocidos

Que te encuentras con ellos en la cotidianidad y te traen daños y dolores imprevistos e imprevisibles:

A ese conductor ebrio que mató a un ser querido.

A ese médico cuyo diagnóstico equivocado te ha hecho perder tu tiempo, tu dinero y tu salud.

A ese ladrón que ha violado la intimidad de tu domicilio o el que te arrebató, en un descuido, un bien tuyo.

A ese conductor que rayó o golpeó tu carro y se fue.

Perdonar a las instituciones

Resulta más difícil perdonar a una institución o asociación por su anonimato; en todo caso, tienes representantes a los cuales puedes dirigir tu perdón:

A esa empresa que te despide después de muchos años de servicio fieles.

A la Iglesia que tiene sacerdotes incoherentes.

A la comunidad religiosa, que no se preocupa por uno.

También existe el “perdón a los enemigos” que un país ha conocido en el curso de su historia, y quizá se quiera justificar la negativa pretextando la imposibilidad de ponerse en el lugar de las víctimas. Y aunque suene un poco extraño hay quienes culpan a Dios de distintos hechos de su vida. No cabe duda de que es por una teología personal negativa y por falta de conocimiento de la realidad de Dios como un ser misericordioso y justo que nos ama sin límites.

Hemos dejado para el final el perdón de uno mismo, no porque sea el menos importante o porque sea el último que debamos abordar. Hay que considerar que siempre que hay un rencor o resentimiento con alguien, normalmente también los hay con nosotros mismos. Hay algo de eso que nos pasó o nos hicieron, de lo cual yo me siento culpable o responsable. Por ello es que es importante hacerme siempre la pregunta: ¿Hay algo de esto de lo que soy culpable? ¿Me tengo que perdonar algo? ¿Qué tan responsable soy? ¿De qué me echo la culpa? ¿Qué tan objetivo es? Es clave perdonarse a uno mismo. Si Dios ya perdonó, si Dios ya dio la vida por mí, ¿Por qué yo no me perdono?

Este es un tema fundamental, debido a que no es extraño que viva según perfeccionismos y, por tanto, no admita o no acepte haber hecho algo mal. Por ejemplo, cuando una persona ve el hecho de perdonar como un fracaso, no entiende por qué falló o por qué no actuó de tal o cuál manera. También, cuando me cuesta mucho perdonarme, quiere decir que en el fondo no quiero aceptar que soy un ser humano limitado y frágil como cualquier otro. Monbourquette (1995) afirma que el perdón de sí mismo es el momento decisivo del proceso del perdón como tal, pues el perdón a Dios y al prójimo habrá de pasar por el perdón que tú mismo te concedas.

Te puede ayudar el preguntarte: ¿Por qué no te perdonas? O ¿Qué es lo que no te perdonas? Trata de resolver esas preguntas con sencillez y humildad, de manera que te puedas reconocer como un hijo de Dios con muchos dones y capacidades, pero también con debilidades y fragilidades. De igual manera, se trata de mirar y enfrentar la realidad con la mirada de Dios, con los ojos de Dios, que son ojos de amor y misericordia. Dios perdona absolutamente todo, no hay pecado que Él no perdone, no hay falta o defecto que Él no perdone, para Dios no hay nada imposible. Entonces, si Dios perdona absolutamente todo, ¿Por qué yo no me voy a perdonar?

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