A los miembros de la Unión Italiana Lucha contra la Distrofía Muscolar

¡Queridos hermanos y hermanas!

Dirijo mi cordial saludo de bienvenida a todos ustedes, representantes de la Unión Italiana de la Lucha contra la Distrofia Muscular. Agradezco al Presidente sus palabras y expreso mi aprecio por la generosa actividad de los socios y voluntarios de vuestras secciones locales, presentes en todo el territorio nacional, al servicio de las personas que sufren de distrofias y de otras patologías neuromusculares. Para ellas, sois como rayos de esperanza, que alivian los momentos de soledad y desánimo, alentando a enfrentar la enfermedad con confianza y serenidad.

Su presencia al lado de estas personas garantiza una asistencia amistosa, ofreciéndoles servicios preciosos en el ámbito médico y social. Además de las ayudas concretas para enfrentar la vida diaria, como el transporte, la fisioterapia, la asistencia domiciliaria, son importantes el calor humano, el diálogo fraterno, la ternura con la que os dedicamos a los usuarios de sus estructuras. La rehabilitación física puede y debe ser acompañada por la rehabilitación espiritual, practicada ante todo con gestos de proximidad, para luchar no sólo contra el dolor físico, sino también contra el sufrimiento moral del abandono o del aislamiento.

Una de las características de vuestro servicio es la gratuidad de la prestación, exenta de intereses o ideologías de parte. La gratuidad que, sin embargo, está acompañada de profesionalismo y continuidad. De vuestros socios, además de otras virtudes, se les pide: discreción, fidelidad, atención, prontitud y eficacia en la intervención, capacidad de intuir incluso los problemas no expresados ​​del enfermo, humildad, seriedad, determinación, puntualidad, perseverancia y respeto por el enfermo en todas sus exigencias. Os animo a proseguir este camino, haciéndoles cada vez más testigos de solidaridad y de caridad evangélica. De hecho, vuestra obra preciosa es un factor peculiar de humanización: gracias a las diversas formas de servicio que su asociación promueve y concreta,

A través de la actividad que desempeñan, podéis experimentar también que, sólo si amar y darse a los demás, la persona se realiza plenamente a sí misma. Jesús, el Hijo de Dios que se hizo hombre, nos comunica la razón profunda de esta experiencia humana. Expresando el rostro de Dios que es amor (cf. 1 Jn 4, 8), Él revela al hombre la ley suprema de su ser es el amor. En la vida terrena Jesús hizo la ternura divina visible, vaciándose “de sí mismo tomando forma de un siervo, llegando a ser como los hombres” (cf. Fil2: 7). Compartiendo hasta la muerte nuestra vicisitud terrena, Jesús nos enseñó a caminar en la caridad.

La caridad representa la forma más elocuente de testimonio evangélico porque, respondiendo a necesidades concretas, revela a los hombres el amor de Dios, providente y padre, siempre solícito para con cada uno. Siguiendo esta enseñanza, muchos hombres y mujeres cristianos, durante los siglos, escribieron páginas admirables de amor al prójimo. Recuerdo, entre muchos, a los santos sacerdotes José Cottolengo, Luís Guanella y Luis Orione: la caridad de ellos dejó una señal vigorosa en la sociedad italiana. También en nuestros días, cuántas personas, al comprometerse por el prójimo, descubrieron la fe, porque en el enfermo encontraron a Cristo, Hijo de Dios. Él pide ser servido en los hermanos más débiles, habla al corazón de quien se pone al servicio de ellos y hace sentir la alegría del amor abnegado, amor que es fuente de la verdadera felicidad.

Queridos hermanos y hermanas, la ayuda que se ofrece es importante, pero es aún más el corazón con el que se ofrece. Sois llamados a ser un “gimnasio” de vida, sobre todo para los jóvenes, contribuyendo a educar en una cultura de solidaridad y acogida, abierta a las necesidades de las personas más débiles. Y esto sucede a través de la gran lección del sufrimiento: una lección que viene de las personas enfermas y sufrientes y que cátedra alguna puede transmitir. Quien sufre comprende más el valor del don divino de la vida, a promover, preservar y tutelar desde la concepción hasta el ocaso natural.

A todos vosotros, responsables, socios y voluntarios, agradezco su compromiso. Os animo a proseguir vuestro camino, junto a vuestros familiares, amigos y cuantos están cerca. Usted puede imitar a la Virgen, dejando a toda prisa para ayudar a su prima Isabel, se convirtió en un mensajero de la alegría y la salvación (cf. Lc 1, 39-45). Que ella os enseñe el estilo de la caridad humilde y activa y os obtenga del Señor la gracia de reconocerlo en los sufrimientos. A vosotros, queridos enfermos aquí presentes, expreso mi afecto y mi cercanía. A todos pido por favor que rezáis por mí, y de corazón os imparto la bendición apostólica.

 

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