A los dirigentes y al personal de la Comisaría de policía italiana junto al Vaticano (17 de enero de 2019)

Señor Jefe de la Policía,
Sr. Prefecto y Sr. Dirigente,
Estimados Oficiales y Agentes

 

Siempre es una grata cita este encuentro a principios de año con vosotros, representantes de la Inspección de Seguridad Pública del Vaticano. Os recibo con afecto y respeto, y renuevo a todos mi profundo agradecimiento por el servicio encomiable que prestáis diariamente a la Sede Apostólica y a la Ciudad del Vaticano. Agradezco al Jefe de Policía las amables palabras que me ha dirigido en vuestro nombre; doy la bienvenida y felicito al prefecto Felice Colombrino y al dirigente Luigi Carnevale, que han asumido sus funciones en fecha reciente. Y saludo a cada uno de vosotros, formulando mis sinceros deseos de un nuevo año lleno de valores humanos y cristianos que hacen hermosa y fructífera la existencia.

 

Las fiestas de Navidad y de la Epifanía, que acabamos de celebrar, nos han brindado la oportunidad de meditar una vez más sobre el evento del nacimiento y de la manifestación de Cristo en la tierra. Su venida entre nosotros nos revela la impensable cercanía de Dios al hombre y su inmenso amor por nosotros. Su presencia da sentido a nuestra vida y nos llama a la esperanza, ayudándonos a elevar nuestra mirada más allá de las dificultades y los problemas de cada día. Al mismo tiempo, nos empuja a la caridad, a vivir nuestras relaciones con una actitud fraternal y misericordiosa, especialmente con las personas que sufren por la enfermedad, el abandono y la marginación.

 

La actitud de cercanía a las personas también es típica de vuestro trabajo, y tenéis la oportunidad de testimoniarla cada día. Por vocación, sois especialistas en la cercanía. Gracias a vuestro valioso trabajo de vigilancia y orden público, peregrinos y turistas —cada uno con su historia— que llegan de todo el mundo a la basílica de San Pedro, ven facilitada su visita. Es comúnmente reconocida vuestra competencia y sabiduría para enfrentar diferentes situaciones, incluso las más críticas. En esto también reconozco vuestro mérito. ¡Muchas gracias por vuestro profesionalismo y vuestra generosidad! Os exhorto a perseverar y a buscar lo mejor en vuestro estilo operativo, esforzándoos por recibir a todos con tanta paciencia y comprensión, incluso en aquellos momentos en que se siente el cansancio o el peso de las situaciones desagradables.

 

Vuestro servicio diario está encaminado a vigilar día y noche la Plaza de San Pedro y el Vaticano; estáis siempre en vuestro puesto con cualquier situación climática, favorable o adversa. Cuando pienso en vuestra disponibilidad y vuestro espíritu de sacrificio, me siento admirado y edificado, y también me da algo de vergüenza cuando pienso en tantas personas que se dicen cristianas y que no están a la altura de vuestro ejemplo. No puedo olvidar, además vuestra eficaz colaboración en mis visitas pastorales a las parroquias y otras comunidades de Roma, así como durante mis viajes a otras localidades italianas. Os estoy muy agradecido por todo ello.

 

El señor Jefe de la Policía también ha hablado del sentimiento de pertenencia; en esta sociedad se corre el peligro de perderlo. Vosotros custodiáis la Plaza, custodiáis mis viajes, custodiáis tantas cosas, pero os pido un favor: esforzaos también en custodiar las raíces culturales de la ciudad, de la patria, de la cultura. Esta civilización corre el peligro de “desenraizarse” y sabemos que sin raíces no se crece, y que “lo que el árbol tiene de florido vive de lo que tiene sepultado” (cfr. F. L. Bernárdez, Para recobrar). Y esforzaos en esto: custodiar las raíces, porque las raíces son las que no dan la identidad. Nuestra identidad es la de hoy, pero viene de las raíces, y será transmitida a nuestros hijos, a nuestros nietos, pero siempre desde las raíces. Gracias por hacerlo.

 

Queridos amigos, confío a cada uno de vosotros a la intercesión materna de María Santísima. Que ella esté siempre cerca de vuestro trabajo y sostenga a vuestras familias, a quienes dirijo un pensamiento especial. Os pido por favor que recéis por mí. Os deseo un feliz año nuevo y de todo corazón imparto mi bendición apostólica a vosotros y a todos vuestros seres queridos.

 

¡Gracias!

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