A la Familia Carismática Camiliana

Queridas hermanas y queridos hermanos:

 

¡Con alegría os doy la bienvenida a todos, representantes de las diferentes expresiones de la Familia Camiliana! Os saludo con afecto y agradezco al Padre Pessini sus palabras. Y pido al Señor que le conserve el sentido del humorismo: ¡Usted no tendrá nunca úlcera de estómago! Estáis constantemente comprometido en una entrega amorosa y generosa a los enfermos, realizando una misión preciosa, en la Iglesia y en la sociedad, al lado de los que sufren. Cuando la enfermedad llega a turbar y, a veces, a trastornar nuestras vidas, sentimos con fuerza la necesidad de tener a nuestro lado un hermano o una hermana compasivo y también competente, que nos consuela, nos sostiene, nos ayuda a recobrar el bien precioso de la salud , o nos acompaña hasta el umbral de nuestro encuentro final con el Señor!

La Iglesia entera ha recibido de su Maestro y Señor el mandato de anunciar el Reino de Dios y curar a los enfermos (ver Lc 9, 2), a imitación suya, Buen Pastor, Buen Samaritano, que pasó sobre esta tierra «haciendo el bien y curando a los oprimidos por el mal» (Prefacio común VIII). Pero en particular a san Camilo de Lelis y a todos aquellos que siguen su ejemplo, Dios les ha otorgado el don de revivir y de dar testimonio del amor misericordioso de Cristo por los enfermos. La Iglesia lo ha reconocido como un auténtico carisma del Espíritu. Vosotros lo vivís de manera ejemplar, traduciéndolo en vida, según la doble vía de asistir directamente a los enfermos, especialmente a los más pobres, en sus necesidades corporales y espirituales, y enseñar a otros la mejor manera de servirlos, en beneficio de la Iglesia y de la humanidad.

Todos los carismas «son los dones que nos da el Espíritu Santo […]. Regalos dados no para que queden ocultos, sino para compartirlos con los demás. No se dan para beneficio de quien los recibe, sino para utilidad del pueblo de Dios. Si un carisma, en cambio, uno de estos regalos, sirve para afirmarse a sí mismo, hay que dudar si se trata de un carisma auténtico o de que sea vivido fielmente. Los carismas son gracias particulares, dadas a algunos para hacer el bien a muchos otros» (Catequesis, 6 de noviembre de 2013). Tienen siempre un carácter transitivo, están orientados hacia los demás. A lo largo de los años, os habéis esforzado por encarnar fielmente vuestro carisma, traduciéndolo en una multiplicidad de obras apostólicas y servicios pastorales en beneficio de la humanidad que sufre en todo el mundo.

En el surco de esta misión, que algunos miembros de vuestras familias religiosas han vivido heroicamente para convertirse en modelos de santidad, estáis llamados a continuar vuestro servicio de manera profética. Se trata de mirar al futuro, abiertos a nuevas formas de apostolado que el Espíritu os inspire y que requieran las necesidades del mundo y de la Iglesia. El gran don que habéis recibido sigue siendo actual y necesario también para esta época nuestra, porque se funda en la caridad que nunca tendrá fin (véase 1 Corintios 13,8). Como parte viva de la Iglesia, enviada a difundir el Evangelio para que los hombres «tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10), tenéis la maravillosa oportunidad de hacerlo a través de los gestos de cuidar de la vida y de la salus integral, tan necesarias también en nuestro tiempo.

Del carisma suscitado inicialmente en san Camilo, gradualmente se han formado varias realidades eclesiales que hoy forman una sola constelación, es decir, una “familia carismática” compuesta por religiosos y religiosas, consagrados seculares y fieles laicos. Ninguna de estas realidades es la única depositaria o titular del carisma, pero cada una lo recibe en don y lo interpreta y actualiza según su vocación específica, en diferentes contextos históricos y geográficos. En el centro permanece el carisma original, como fuente perenne de luz e inspiración, que se comprende y encarna dinámicamente en las diversas formas. Cada una de ellas se ofrece a las demás en un intercambio recíproco de dones que enriquece a todos, para la utilidad común y en vista de la actuación de dicha misión. ¿Cuál es? Dar testimonio en todo tiempo y lugar del amor misericordioso de Cristo hacia los enfermos.

San Camilo de Lellis, a quien todos reconocen como “Padre”, vivió en una época en la que la posibilidad de una vida consagrada activa para las mujeres aún no había madurado, sino solo la de tipo contemplativo y monástico. Por lo tanto, constituyó una Orden de hombres solamente. Sin embargo, entendió bien que el cuidado de los enfermos debía practicarse también con las actitudes típicas del alma femenina, tanto como para pedir a sus religiosos que atendieran a los enfermos «con el afecto que suele tener una madre amorosa con su único hijo enfermo» (Reglas de la Compañía de los Siervos de los Enfermos, 1584, XXVII). Las dos congregaciones de mujeres nacidas en el siglo XIX y los institutos seculares nacidos en el siglo pasado dieron forma completa a la expresión del carisma de la misericordia hacia los enfermos, enriqueciéndolo con las cualidades distintivamente femeninas del amor y el cuidado. ¡Qué la Virgen María, Salud de los Enfermos y Madre de las Personas Consagradas, os acompañe y guíe en esto! De ella aprendemos a estar cerca de quienes sufren con la ternura y la dedicación de una madre. Me detengo un poco en esta palabra “ternura”. Es una palabra que hoy corre el peligro de caerse del diccionario. Tenemos que retomarla y actuarla de nuevo. El cristianismo sin ternura no va. La ternura es una actitud propiamente cristiana; es también la “médula” de nuestro encuentro con las personas que sufren.

Queridos hermanos y hermanas, os animo a que cultivéis siempre la comunión entre vosotros, en ese estilo sinodal que he propuesto a toda la Iglesia, escuchándonos unos a otros y escuchando al Espíritu Santo, para valorar la contribución que cada realidad única ofrece a la única Familia, para expresar más plenamente las múltiples potencialidades que abarca el carisma. Sed cada vez más consciente de que es «en la comunión, aunque duela, donde un carisma se vuelve auténtica y misteriosamente fecundo» (Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, 130). Fieles a la inspiración inicial del Fundador y de las Fundadoras, y escuchando las muchas formas de sufrimiento y pobreza de la humanidad de hoy, sabréis hacer que brille con una luz siempre nueva el don recibido; y tantas y tantos jóvenes de todo el mundo podrán sentirse atraídos por él y unirse a vosotros, para seguir dando testimonio de la ternura de Dios.

Queridos hermanos y hermanas, le pido al Espíritu Santo que os sostenga en esta nueva etapa de vuestro camino como Familia carismática Camiliana. Os bendigo calurosamente a todos vosotros, a vuestras comunidades y a las personas que servís. A todos. Y por favor seguid rezando también por mí. Gracias.

Boletín de la oficina de Prensa de la Santa Sede, 18 de marzo de 2019.

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