XXIV domingo: Perdonar para ser perdonados

“Acercándose Pedro a Jesús le preguntó: ‘Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces? Jesús le contestó: ‘No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete’ ”. (Mt 18, 21-22)

Esta semana la «palabra de vida» nos habla claramente del perdón y pone, en boca del propio Cristo, una medida que es una invitación a luchar por alcanzar el infinito: «perdonar hasta setenta veces siete», es decir, perdonar siempre. El perdón, por lo tanto, queda así instaurado como una práctica típica de la caridad cristiana, como algo consustancial al cristianismo. Más tarde, cuando veamos a Cristo en la cruz perdonando a sus enemigos, comprenderemos hasta qué extremos debe llegar el ejercicio de esta práctica.

La duda está en saber si el perdón equivale al olvido o si perdonar implica no protegerse para próximas ocasiones de quien te ha hecho daño y sabes que tiene muchas posibilidades de volvértelo a hacer. Creo que el perdón no está reñido con el sentido común y, a veces, ciertas posturas son las más enemigas del mensaje de Cristo porque lo que piden es prácticamente imposible de cumplir. Sin embargo, no hay que olvidar que perdonar significa, en cierto modo, olvidar y también arriesgarte a que te hagan daño de nuevo. Pero perdonar no implica ignorar el talante del que te ha herido, sino darle una nueva oportunidad siempre que él de muestras serias de querer aprovecharla. Significa ayudarle, aunque no se lo merezca. No vengarte, aunque tengas la oportunidad de hacerlo.

Y significa también ayudarte a ti mismo, pues la medida que uses la usarán contigo. Empezando por Dios y siguiendo por esos prójimos a los que tú has herido

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