Videomensaje del Santo Padre a los habitantes de Río de Janeiro con ocasión del 450 aniversario de fundación de la ciudad

Cuatrocientos cincuenta años ya constituyen una historia venerable; la historia de un pueblo valiente y alegre que nunca se dejó derrotar por las dificultades, siguiendo el ejemplo de su santo patrono, el mártir romano Sebastián, que incluso después de ser punzado por las flechas y dado por muerto, no dejó de dar testimonio de Cristo a sus contemporáneos; la historia de una ciudad que desde su nacimiento estuvo marcada por la fe. Querido pueblo carioca: «Confía en Dios y Él te ayudará, endereza tus caminos y espera en Él. Persiste en su temor y envejece en él» (Siracide 2, 6).

Hoy, si nos pudiésemos colocar en la perspectiva del Cristo Redentor, que desde lo alto del Corcovado domina la geografía de la ciudad, ¿qué saltaría a nuestros ojos? Sin duda, en primer lugar, la belleza natural que justifica su título de ciudad maravillosa; pero es innegable que, desde lo alto del Corcovado, percibimos también las contradicciones que manchan esa belleza. Por un lado, el contraste generado por grandes desigualdades sociales: opulencia y miseria, injusticia, violencia… Por otro lado, tenemos las que podríamos llamar ciudades invisibles, grupos o territorios humanos que poseen registros culturales especiales. A veces parece que existen varias ciudades, cuya coexistencia no siempre es fácil en una realidad multicultural y compleja. Pero, ante este panorama, no perdamos la esperanza. Dios habita en la ciudad. Jesús, el Redentor, no ignora las necesidades y los sufrimientos de quienes están en la tierra. Sus brazos nos invitan a superar estas divisiones y a construir una ciudad unida por la solidaridad, la justicia y la paz.

¿Y cuál sería el camino a seguir? No podemos quedarnos «con los brazos cruzados», sino que debemos abrir los brazos, como el Cristo Redentor. Por ello el camino inicia con el diálogo constructivo. De hecho, «entre la indiferencia egoísta y la protesta violenta, siempre hay una opción posible: el diálogo. El diálogo entre las generaciones, el diálogo en el pueblo, porque todos somos pueblo» (Discurso a la clase dirigente de Brasil, 27 de julio de 2013). En ese sentido, hay que reconocer que, independientemente de su grado de instrucción o de riqueza, todas las personas tienen algo para aportar en la construcción de una civilización más justa y fraterna. De modo concreto, creo que todos pueden aprender mucho del ejemplo de generosidad y de solidaridad de las personas más sencillas; esa sabiduría generosa que sabe «añdir más agua a los frijoles», de la cual nuestro mundo está tan necesitado.

Queridos amigos, estoy seguro de que la ciudad maravillosa tiene mucho para ofrecer a Brasil y al mundo. Por ello, al encender las luces del Corcovado, hago mías las palabras pronunciadas por el beato Papa Pablo VI el 1 de enero de 1965: que «esta luz, iluminando la ciudad de Río de Janeiro, se difunda en todo Brasil» (Pablo VI, Insegnamenti, III).

Así, al depositar a los pies de Nuestra Señora Aparecida estos votos y al agradecer al cardenal Orani Tempesta la oportunidad de poder dirigiros este mensaje, me alegro con todos los cariocas y con el pueblo brasileño por esta «fiesta de aniversario», pidiéndoos, por favor, que recéis por mí. Al desear un feliz año 2015, a todos y a cada uno envío mi bendición apostólica.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *