Venezuela y Nicaragua: El reclamo de 20 ex presidentes al Papa

Andrés Beltramo Álvarez 
Un grupo de ex mandatarios latinoamericanos dirigieron una carta a Francisco para disentir sobre sus recientes pronunciamientos respecto de las crisis en Venezuela y Nicaragua.

“Nos preocupa su llamado a la concordia”. Es el núcleo central de una carta que 20 ex presidentes de países latinoamericanos dirigieron, en las últimas horas, al Papa. Los políticos no están de acuerdo con sus recientes pronunciamientos sobre las crisis en Venezuela y Nicaragua. Aseguran que llamar a la paz se confunde con pedirle a los pueblos víctimas “que se acuerden con sus victimarios”. Aunque Francisco nunca pidió eso. Un debate que revive el añejo dilema diplomático de intervención-no intervención de la Santa Sede.

Los ex jefes de Estado y de Gobierno, reunidos en el grupo IDEA (Iniciativa Democrática de España y las Américas) reconocieron la preocupación constante de Jorge Mario Bergoglio por “por el sufrimiento que hoy padecen, sin distingos, todos los venezolanos y ahora los nicaragüenses”. Una situación que pudieron constatar personalmente varios de los firmantes de la misiva quienes, en diversas oportunidades, fueron recibidos por el Vaticano y el mismo pontífice.

 

Eso no impidió que hicieran pública la carta con el reclamo al Papa. “Nos preocupa el llamado de Su Santidad a la concordia, ya que, en el contexto actual puede entenderse ello como un pedido a los pueblos que son víctimas para que se acuerden con sus victimarios; en lo particular, en el caso venezolano, con el gobierno que ha causado tres millones de refugiados, en una diáspora que proyecta la ONU, para 2019, a 5,4 millones de personas”, escribieron.

 

Reconocieron que las palabras de Francisco partieron de la “buena fe” y estuvieron guiados por “su espíritu de pastor”, pero advirtieron que están siendo interpretadas “de un modo muy negativo por las mayorías de Venezuela y Nicaragua”. Sostuvieron, además, que no existe, en dichos países, un diferendo político que reclame de entendimiento, dentro de una democracia normal, y aseguraron que sus poblaciones se encuentran “bajo regímenes que sirven a la mentira”.

 

Finalmente, citaron la encíclica “Ad Petri Cathedram” de san Juan XXIII con respecto al llamado a la concordia que debería dirigirse -señalaron- “a los gobiernos de las naciones” y precisando que, según ese documento, “los que oprimen a otros y los despojan de su debida libertad no pueden ciertamente contribuir a esta unidad”.

 

¿Qué dijo exactamente el Papa que pudo haber motivado la respuesta de los ex presidentes de México (Felipe Calderón y Vicente Fox), de Costa Rica (Oscar Arias, Rafael Ángel Calderón, Miguel Ángel Rodríguez y Laura Chinchilla), de Panamá (Nicolás Ardito Barletta y Mireya Moscoso), de Colombia (César Gaviria, Andrés Pastrana y Álvaro Uribe), de Ecuador (Jamil Mahuad y Osvaldo Hurtado), de Argentina (Fernando De la Rúa), de Chile (Eduardo Frei), de Uruguay (Luis Alberto Lacalle), de Nicaragua (Enrique Bolaños), de El Salvador (Alfredo Cristiani), de Bolivia (Jorge Tuto Quiroga) y de Paraguay (Juan Carlos Wasmosy)?.

 

Francisco se refirió públicamente a las situaciones de Nicaragua y Venezuela dos veces en las últimas semanas. Primero en su mensaje “Urbi et Orbi” (a la ciudad y al mundo), pronunciado el 25 de diciembre tras sus saludos de Navidad, desde el balcón central de la Basílica de San Pedro.

 

“Que este tiempo de bendición le permita a Venezuela encontrar de nuevo la concordia y que todos los miembros de la sociedad trabajen fraternalmente por el desarrollo del país, ayudando a los sectores más débiles de la población”, dijo primero. Y agregó después: “Que delante del Niño Jesús, los habitantes de la querida Nicaragua se redescubran hermanos, para que no prevalezcan las divisiones y las discordias, sino que todos se esfuercen por favorecer la reconciliación y por construir juntos el futuro del país”.

 

Los mandatarios se referían a esos dichos, porque mandaron su carta justo después de la Navidad y antes de este lunes 7 de enero, cuando el Papa volvió a referirse a esos temas, en su discurso de inicio de año a los embajadores acreditados en el Vaticano. En su largo texto, reconoció la masiva migración de venezolanos por lo que ocurre en su país, agradeciendo explícitamente a Colombia y otros países latinoamericanos por la acogida.

 

“Pienso particularmente en la amada Nicaragua, cuya situación sigo de cerca, con el deseo de que las distintas instancias políticas y sociales encuentren en el diálogo el camino principal para empeñarse por el bien de toda la nación. Lo mismo deseo para la amada Venezuela, que se encuentren vías institucionales y pacíficas para solucionar la crisis política, social y económica, vías que permitan asistir sobre todo a los que son afectados por las tensiones de estos años y ofrecer a todo el pueblo venezolano un horizonte de esperanza y de paz”, añadió.

 

En esos términos, Francisco no eludió la crisis ni pidió ocultarla. Más bien todo lo contrario. Pero en ese mismo discurso, antes de hablar de esos conflictos y otros que se perpetúan en el mundo, dejó bien en claro los límites de su acción. Precisó que tanto el Papa como la Santa Sede se preocupan por las necesidades de la humanidad desde su misión pastoral, pero que no buscan interferir “en la vida de sus Estados”, porque su verdadero papel es de “observadores atentos y sensible de las problemáticas”. De ahí, continuó, el interés por trabajar para favorecer la edificación de sociedades pacíficas y reconciliadas.

 

Un concepto estrechamente vinculado con lo que el pontífice afirmó pocos días antes, en una carta dirigida a los obispos estadounidenses. “Como Iglesia no podemos quedar presos de una u otra trinchera, sino velar y partir siempre desde el más desamparado”, subrayó.

 

Por otra parte, estos pronunciamientos papales de fin de año no pueden leerse aislados. Son decenas las veces en que Bergoglio se refirió a Venezuela y Nicaragua en los últimos años. Ejemplos sobran: En el lejano 3 de julio de 2017, expresó su cercanía con las familias que perdieron a sus hijos en las manifestaciones públicas e hizo un llamado “que se ponga fin a la violencia y se encuentre una solución pacífica y democrática a la crisis”. Incluso pidió rezar en voz alta un Ave María por la paz.

 

Casi un año después, el 1 de julio de 2018, se unió a los esfuerzos de los obispos nicaragüenses y muchas personas de buena voluntad, “en su papel de mediación y testimonio en el proceso de diálogo nacional en curso hacia el camino de la democracia”.

 

La carta de los 20 ex mandatarios resulta emblemática, porque revive el añejo debate sobre la posible intervención-no intervención de la Santa Sede en los conflictos del mundo. Tantas veces, a lo largo de las últimas décadas, muchos políticos pretendieron (y hasta exigieron) el involucramiento del Papa en tal o cual conflicto. Pero, para mantener su autonomía y su misión, el rol del papado en las cuestiones internacionales debe ser prudente y limitado.

 

Son las naciones (y sus gobiernos) las que deben solucionar los problemas. Y resulta parte de la naturaleza de las cosas que el líder católico convoque a la paz, a la concordia, al entendimiento y a la tolerancia, incluso allí donde se perpetúan terribles crisis. Por eso, no resulta para nada extraño que en su mensaje a los embajadores, Francisco haya lanzado la alarma sobre la grave crisis actual del multilateralismo. Porque es ahí, en los organismos internacionales, donde deben resolverse las problemas entre los países. Un equilibrio precario, amenazado seriamente -como insistió el Papa- por los populismos en ascenso de hoy.

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