Un llamado a los laicos

Semanario / Arquidiócesis de Medellín

 

A lo largo del año pasado recordamos la identidad, el camino histórico y la misión de nuestra Arquidiócesis de Medellín al celebrar los 150 años de su creación. Nos hemos alegrado con las maravillas que Dios ha hecho, nos hemos sentido miembros de un mismo cuerpo y hemos visto los retos que tenemos para llegar a ser y hacer lo que Dios quiere.

Este año, el Papa Francisco nos está invitando a conmemorar el primer centenario de la encíclica Magnum Illud con la que, en medio de los terribles desastres de la primera guerra mundial y cuando la Iglesia vivía una situación particularmente difícil, el Papa Benedicto XV pidió a todos los católicos comprometerse a ser misioneros.

Estos dos motivos nos han llevado a dedicar este año en nuestra comunidad diocesana, de un modo particular, a la evangelización. La evangelización es el mandato final que nos ha dejado el Señor resucitado, es el movimiento que impulsa el Espíritu Santo a partir de Pentecostés, es la vida y la dicha de quien verdaderamente es discípulo de Cristo (Mt 28,19; He 2,11; 1 Cor 9,16).

Hoy, la evangelización, como ha enseñado san Juan Pablo II, debe ser nueva; es decir, que responda a las características, necesidades y posibilidades del mundo actual. Y un signo de esta novedad es que la deben asumir con propiedad, con eficacia, con auténtica caridad, también los fieles laicos.

Un buen número de laicos han estado siempre comprometidos con la misión de la Iglesia, sembrando la vida cristiana en sus familias y en los diversos ambientes de la sociedad; pero ahora se necesita que todos los bautizados se lancen con audacia a evangelizar. Por eso quiero llamarlos a cosas muy concretas.

En primer lugar, a mantener viva la fe. En medio de un mundo que cambia y frente a muchos peligros y propuestas diversas, como pedía el apóstol Pablo, deben “combatir el buen combate de la fe” (1 Tim 6,12). Igualmente, los llamo a reforzar los vínculos de comunión en nuestra Iglesia Católica, que a lo largo de veinte siglos ha servido a la causa de la humanidad. Es hora de sentirnos un solo cuerpo y una sola alma y participar de sus pruebas y alegrías.

En tercer lugar, les pido que se empeñen en una formación seria. El mundo los necesita capaces de dar razón de nuestra esperanza (cf 1 Pe 3,15). Doy gracias a Dios por tantos laicos que, en pequeñas comunidades, han emprendido un itinerario serio de formación cristiana.

Sigan adelante buscando tener una espiritualidad profunda, una doctrina sólida y un corazón generoso para dedicarse con competencia al proyecto de Dios. Les pido también un mayor compromiso apostólico. No tengan miedo; atrévanse a bogar mar adentro (cf. Lc 5,4). Tantos laicos ya son catequistas, ministros en diversos campos, agentes de diferentes vertientes de la pastoral. Los laicos tienen que ir todavía más lejos para transformar el mundo para Dios.

Para vivir todo esto es indispensable descubrir el misterio de la vocación como un don de lo Alto que nos habita, como el triunfo más maravilloso de la propia libertad, como una realidad profunda desde donde somos para los demás, como un diálogo inefable con Dios que dura toda la vida y en el que se define nuestra identidad y nuestro destino.

Entonces nuestra vida es única y original, lo que hacemos no es un oficio sino la vida misma fluyendo en el amor. La vocación nos exige que hagamos juntos el camino de ser discípulos de Jesús y apóstoles de su Evangelio. Es en la comunidad, concretamente en la parroquia, donde debemos encontrar el amor y el fuego que necesitamos para ser verdaderos evangelizadores. Ese amor y ese fuego es el Espíritu Santo.

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