Un decreto «contrario a la disciplina vigente en la Iglesia y a la libertad de los fieles»

Fuente: NBQ / InfoCatólica

3/08/20
El arzobispo emérito señala también que lo que está ocurriendo «contrasta con la situación de otros países y de Conferencias Episcopales enteras, que contradicen claramente la Tradición y el Magisterio de la Iglesia. Y, sin embargo, pueden seguir adelante como ocurre, por ejemplo, con el sínodo de la Iglesia alemana».

El conflicto en la diócesis argentina de San Rafael continúa su escalada, después de que el obispo de la diócesis, Mons. Taussig cerrase el seminario, primero sin dar un solo motivo, y después por una supuesta falta de seguidismo a sus obsesiones. La Conferencia Episcopal de Argentina ha decidido respaldar la decisión de Mons. Taussig.

Mons Aguer, arzobispo emérito de La Plata, y con el que Mons. Taussig mantenía una amistad advirtió por carta al obispo de San Rafael sobre el error cometido. La Nouva Bussola Quotidiana ha entrevistado a Mons. Aguer sobre la situación que reproducimos por su interés.

Excelencia, ¿nos podría contar algo sobre la llamada telefónica con Taussig?

Monseñor Taussig me llamó dos veces por teléfono y yo le dije lo que pensaba: que había cometido un error con ese decreto sobre el modo de comulgar. Pero él insistió en sus argumentos y no nos pusimos de acuerdo. Probablemente ya había leído mi artículo «La comunión en tiempos de pandemia», publicado en InfoCatólica. Tengo que aclarar que, aunque tengo con él una relación amistosa de muchos años, me sorprendió que me llamara por segunda vez. Y yo insistí en los fundamentos que le había dado.

¿Qué opina de la protesta de los fieles? ¿La comunión en la mano es una motivación justa?

Actualmente ese tipo de reacciones se da con frecuencia en la sociedad civil. No es extraño, por tanto, que ocurra también en la Iglesia. Además, la diócesis de San Rafael tiene una orientación bien definida desde hace muchos años. Me atrevo a pensar que el Decreto de monseñor Taussig no gustó nada a la mayoría de los feligreses. Insisto en que considero que ese Decreto era innecesario y que, en sustancia, es contrario a la disciplina vigente en la Iglesia y a la libertad de los fieles. Cualquier católico tiene derecho a comulgar de pie o de rodillas; en la mano o en la boca. Es curioso que el presidente de Argentina también haya asumido el presunto deber de cuidar la salud de los ciudadanos prohibiendo el culto divino.

¿Y usted qué piensa de la comunión en la mano?

Como he dicho, según la disciplina de la Iglesia existe esta diversidad en el modo de comulgar. Personalmente pienso que si alguien comulga en la mano debería hacer antes un gesto de adoración. San Agustín decía: «Nadie puede comer este pan sin antes adorarlo». Mi experiencia pastoral me inclina a preferir la comunión en la boca. No pocas veces, celebrando en la catedral, he tenido que retener a algún comulgante que se estaba llevando la Hostia Consagrada. Queda por resolver, por otra parte, el problema de las partículas; sobre todo porque se ha perdido la costumbre de utilizar una bandeja, y al comulgar en la mano pueden quedar en ella pequeños fragmentos que contienen la presencia real del Señor.

¿La violación de una medida pastoral debida a una emergencia externa como la pandemia puede justificar el cierre de un seminario?

No me animo a dar una respuesta porque se trata de una situación totalmente anómala. Aunque en estos tiempos en los que la Iglesia prefiere el diálogo convendría más la persuasión que las medidas de autoridad.

¿Qué está sucediendo en la Iglesia? Esta historia nos habla de la falta total de libertad de los fieles y de paternalismo para con los seminaristas y los sacerdotes. ¿Es así?

Se habla comúnmente hoy día de una crisis de la Iglesia. El reciente libro del cardenal Sarah «Se hace tarde y anochece» habla de una crisis del Magisterio en términos muy severos. Dice que se ha impuesto una cacofonía. Muchas veces las decisiones de las Conferencias Episcopales se imponen democráticamente y los obispos acaban aceptándolas. Los fieles, por lo general, no se enteran de las decisiones superiores; a no ser que en la predicación ordinaria los sacerdotes insistan en ellas. Si la decisión de cerrar el seminario procede del organismo competente de la Santa Sede, se comprende que monseñor Taussig haya ejecutado. La cuestión que queda por discernir es cómo se ha precipitado esta situación que parece mostrar que los motivos de diferencias y discordia vienen de hace tiempo.

¿Qué pasará con estos seminaristas? ¿Teme que esto enfríe su fe y su posible vocación?

Ante todo habría que recordar que en Argentina, al igual que en otros países, los seminaristas son muy pocos en la mayor parte de las diócesis. Diócesis que tienen más de un millón de habitantes cuentan con una treintena de presbíteros; y los seminaristas se pueden contar con los dedos de una mano. La cuestión está entonces en la vida de la Iglesia; que es algo mucho más amplio que el problema concreto de las vocaciones. Yo he sido Rector de un Seminario durante una década. Y, como Arzobispo, durante veinte años, he ido al Seminario todos los sábados a ofrecer una charla de formación a los seminaristas y a celebrar la Misa. Mis vacaciones las he pasado siempre con ellos en una casa de campo del Seminario; esto me ha dado ocasión de conversar asiduamente con los cuarenta y cinco sacerdotes que he ordenado. La cercanía del Obispo, una cercanía esclarecedora y afectuosa, es fundamental. Lo único que puedo hacer es rezar para que las vocaciones de esos cuarenta muchachos del seminario de San Rafael no se pierdan.

Hemos conocido también la sustitución repentina y totalmente injustificada del obispo de San Luis. Se habla de un «castigo» debido a la polémica por haber prohibido a las niñas hacer de monaguillos. ¿Esto puede ser suficiente para una sustitución sin motivo? ¿Qué está sucediendo en Argentina?

Me ha sorprendido dolorosamente lo ocurrido en San Luis. Desde los años setenta, y por petición del fallecido monseñor Juan Rodolfo Laise, he visitado asiduamente la diócesis. Y seguí haciéndolo por petición de sus sucesores también. El año pasado, durante una semana, ofrecí conferencias al clero, a los seminaristas, a las religiosas y a los laicos. No he notado ningún signo de oposición al Obispo. Todo lo contrario. Tengo la impresión de que se ha dado una importancia desmesurada a algunas decisiones secundarias de monseñor Martínez, como, por ejemplo, prohibir que en las celebraciones litúrgicas sean niñas o adolescentes las que reemplacen a los varones. Monseñor Martínez tiene una sólida formación filosófica y teológica. Lo he comprobado escuchándolo en algunas de las Semanas Tomistas de Filosofía en las cuales yo también participo. Por otra parte, es canonista, por lo que presumo que conocerá cómo se puede obrar en materia de autorizaciones o prohibiciones. Porque teniendo en cuenta las declaraciones del cardenal Sarah, que ya he citado, existen en la Iglesia sectores fuertemente progresistas que difunden el descrédito y la oposición a quienes consideran apegados a la gran Tradición de la Iglesia. Quizás la Santa Sede ha tenido razones para proceder como lo ha hecho. A mí no me corresponde intervenir en este asunto

¿Por qué la noticia de San Rafael es grave no solo para Argentina, sino para toda la Iglesia universal?

Porque contrasta con la situación de otros países y de Conferencias Episcopales enteras, que contradicen claramente la Tradición y el Magisterio de la Iglesia. Y, sin embargo, pueden seguir adelante como ocurre, por ejemplo, con el sínodo de la Iglesia alemana.

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