Un canto al amor y a la vida

Se llega en este mes al quincuagésimo aniversario de la promulgación de la encíclica Humanae Vitae del Papa Pablo VI. Un documento importante que proclamó la belleza del amor y la grandeza de la vida humana en un momento en el que el desarrollo tecnológico y la mentalidad materialista, que empezaban a difundirse, acrecentaban la ruptura entre sexualidad y amor, entre sexualidad y vida. Con clarividencia y valentía, Pablo VI señaló los principios cristianos, su aplicación al tema de la regulación de la natalidad y las consecuencias de no seguirlos.

La encíclica desató una de las mayores controversias en diversas publicaciones, el desacato por parte de grandes entidades mundiales y aun la rebeldía en un amplio sector de la Iglesia. No se entendió su mensaje ni se descubrió su honda finalidad porque con miopía se redujo el documento a la prohibición del control artificial de la natalidad. No se tuvo en cuenta que, desde el comienzo, el cristianismo vio el amor y la vida como dones de Dios que hacían posible en nosotros su imagen y semejanza.

Juzgada con superficialidad, la Iglesia apareció desconectada de la realidad y obstinada en mantener sus creencias en contravía a la mentalidad prevalente. No se entendió que el matrimonio no es un contrato social heredado, sino el designio de Dios mismo; que los hijos no son el objetivo de un proyecto humano, sino un auténtico don que los padres reciben con generosidad responsable; que la vida, como debemos aceptarlo todos con profunda gratitud, proviene de un Amor muy grande que nos ha elegido y nos ha llamado.

La Humanae Vitae respondió a través de la antropología cristiana, que ilumina la verdadera dignidad del ser humano por encima de condicionamientos ideológicos, demográficos o tecnocráticos, a los graves desafíos de la cultura contemporánea en la que aparece la revolución sexual cabalgando en el egoísmo, que sólo desea complacer los instintos aprovechándose de los demás. Esta visión sobre la persona humana es la misma que guía a la Iglesia en su trabajo por la justicia social y en su opción por los pobres.

La incapacidad de comprender el mensaje profundo que entraña la Humanae Vitae trajo las nefastas consecuencias sociales, culturales y religiosas que ya había advertido Pablo VI: el relajamiento del comportamiento moral, la falta de respeto por la mujer que se convierte en un objeto de placer, la imposición del control de la natalidad como política demográfica, la desestabilización de la familia y el miedo a asumir compromisos, el ejercicio de la sexualidad en edad cada vez más temprana, la dificultad para lograr el relevo generacional que crea sociedades moribundas.

La forma como fue acogida la Humanae Vitae reveló también profundos vacíos en la Iglesia sobre la comprensión de la persona humana, la naturaleza de la sexualidad, la visión del matrimonio tal como aparece en el plan de Dios. Por otra parte, llevó a la sociedad desarrollada a tomar distancia de la fe y de la moral cristianas. No es difícil percibir que en ciertos sectores culturales hay fragmentos de ideas cristianas, pero sacadas de su contexto original, usadas del modo que le conviene a cada uno.

No podemos quedarnos indiferentes frente a esta realidad que parece querer crear una nueva religión que remplace al cristianismo y parte de ese cambio son las nuevas costumbres sexuales. Es necesario un serio compromiso educativo que lleve a valorar la dignidad de cada persona, que ilustre la conciencia para que no quiera  dar forma a la naturaleza según el propio antojo, que integre la afectividad y la sexualidad del ser humano, que acompañe a los jóvenes para que sepan vivir con verdad la vocación al amor. Entonces, la Humanae Vitae aparecerá como un canto al amor y a la vida, que nos lleva a la libertad y a la alegría en Cristo.

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