Tragar carros y carretas

Fuente: Jorge Gonzalez Guadalix – InfoCatólica

 

Tragamos con lo que nos echen. Nos da igual sapos, quina o carros y carretas. Disponemos de unas enormes tragaderas dilatadas a base de sentirnos culpables de todos los males de este mundo, una misericordia mal entendida y un intestino sensible a cualquier cosa que se nos pueda decir especialmente desde la tele. Lo saben.

Los católicos en general y la cúpula de la Iglesia en España en particular no somos enemigo que asuste. Tienen clarísimo que nos pueden hacer lo que quieran. Lo más que puede suceder es que se recojan unas firmas, tal vez una manifestación sin pena ni gloria y tan pacífica, y me alegro, que ni un papel en el suelo. Quizá incluso algún obispo aislado haga una declaración medio contundente o el presidente de la conferencia episcopal se permita, en un discurso sin demasiada difusión, una referencia disimuladamente enérgica en contra de alguna cosa. Nada más.

Ahora mismo tenemos abiertos varios frentes con el gobierno social comunista -Pablo Iglesias dixit- que padecemos. No olviden la campaña contra las inmatriculaciones que no es otra cosa que tratar de despojar a la Iglesia de todos sus bienes. La libertad de culto se nos está cercenando con el cuento del coronavirus. Lo religioso está en la práctica desaparecido de la vida pública. Por supuesto tenemos todos los medios de comunicación, con alguna significativa excepción, en contra de todo lo que sea Iglesia o cultura cristiana. Ahora, para rematar la llamada ley Celaá.

No estamos hablando de cualquier cosa. Es una ley estalinista que directamente impide a los padres ejercer el derecho a elegir el tipo de educación que desean para sus hijos, además de fomentar lo peor de cada cual. Imaginen la calidad de una enseñanza que permite pasar de curso con suspensos y lo que significa de elogio de la vagancia. Una enseñanza sin clase de religión, con enormes trabas a la enseñanza concertada y controlada por nos inspectores que llegan a su puesto no por oposición, sino a dedo del gobierno de turno. Una enseñanza que niega la posibilidad de educarse en español en una buena parte del territorio nacional. Una enseñanza que suprime los centros de ecuación especial.

Como Iglesia nos afecta, empezando porque nos sentimos en la obligación de defender principios innegociables como es el intocable derecho de los padres a elegir el tipo de educación que quieren para sus hijos. Pero es que, además, es una educación que prima a los ricos. Es claro. La educación pública controlada por inspectores o comisarios políticos. En la lengua autonómica que parezca. Con posibilidad de pasar de curso a pesar de los suspensos. El que puede pagárselo, como hizo en su momento la ministra Celaá con sus hijas, a un buen colegio privado cueste lo que cueste. Y el que no pueda, que se vaya a la pública y sea lo que Dios quiera.

¿Qué va a hacer la Iglesia española? Evidentemente nada.

Mañana pueden sacar una ley prohibiendo actos religiosos públicos excepto la semana santa y el Rocío para que no se molesten sus votantes andaluces, quitar la crucecita del IRPF, denunciar los acuerdos Iglesia estado, que me da que en ello andamos, prohibir a la Iglesia tener bienes a su nombre, suprimir la misa de televisión o radio, quitar capellanes de cárceles y hospitales o prohibir el tañido de campanas en aras de una sana laicidad. Tampoco pasa nada. Nuestras tragaderas son infinitas.

¿Y usted D. Jorge que sugiere? Ya saben que servidor es más bien brutote. Pero servidor directamente cerraría toda la enseñanza concertada y mandaría mañana a matricularse a todos los alumnos de la concertada a la pública. Y ya puestos, cerraría todos los servicios sociales de la Iglesia, empezando por Cáritas, y me dedicaría durante unos meses a lo que me piden: a quedarme en la sacristía rezando el rosario.

Oiga, que los pobres no tienen la culpa. Lo sé. Ni las familias ni los niños. Pero pudiera resultar que la mejor forma hoy de garantizar su atención, paradójicamente, fuera cerrar. Justo para garantizar el futuro.

D. Jorge, usted nunca llegará a obispo. También lo sé. Por eso, porque nunca llegaré a obispo ni lo pretendo, me puedo permitir el lujo de decir estas cosas. Alguna ventaja debo tener.

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