Teología para la procesión de entrada en la Eucaristía (resignificación teológica del rito)

Primero va la DONACIÓN de Dios, su Gracia, su Gratuidad. Por ello, va primero la Cruz alta. La cruz con el Crucificado no es el fruto del amor, sino hasta donde puede llegar el amor gratuito de Dios. No nos salva la muerte del crucificado, sino su Donación a pesar de su muerte y a través de su muerte.

Jesús no vio en la cruz un trono. Jesús evitó en su vida de donación, la cruz para sí mismo (no fue masoquista) y para los demás (no fue un sádico), por ello, sanó enfermos, expulsó demonios y perdonó pecados. Es decir, Jesús no quiere nuestro dolor y sufrimiento, no quiere ni permite el Mal, sino que está luchando con nosotros, ni quiere tampoco que nuestros pecados y culpas nos hundan para siempre.

Jesús no nos salvó con su muerte sino con su vida. No salva el dolor, sino el amor gratuito que Él vivió. Nos salvaremos viviendo como Jesús y amando como persona al Dios de Jesús.

Hacemos la procesión hacia el presbiterio, para hacer juntos la acción de gracias o eucaristía por el Dios que se dona a Sí Mismo. El Padre es el Dador, el Hijo el Don y el Espíritu Santo la Donación. La procesión indica ir siempre a Dios a pesar de los actos pecaminosos de nuestra vida, renunciamos siempre a cometer Jatá (errar el blanco) a perder la dirección hacia el Dios de la Misericordia. No idolatramos nada en el camino, sino sólo adoramos al Dios que se dona Gratuitamente. Por ello nos unimos a esa procesión del que preside nuestra celebración, pues, es todo el Pueblo de Dios quien celebra, no sólo el sacerdote quien tiene el orden del ministerio (servicio) sacerdotal.

La procesión es el camino a reencontrarnos con todo lo que Dios Es y lo que es para nosotros. Se trata de ir al Resucitado, al Sentido de todo hecho carne, que puso su morada entre nosotros, murió y resucitó. Es el mandato de ir a Galilea; las mujeres lo habían oído por dos veces, primero del ángel, después de Jesús mismo: «Que vayan a Galilea; allí me verán».

“Galilea es el lugar de la primera llamada, donde todo empezó. Volver allí, volver al lugar de la primera llamada. Jesús pasó por la orilla del lago, mientras los pescadores estaban arreglando las redes. Los llamó, y ellos lo dejaron todo y lo siguieron (cf. Mt 4,18-22). Volver a Galilea quiere decir releer todo a partir de la cruz y de la victoria. Releer todo: la predicación, los milagros, la nueva comunidad, los entusiasmos y las defecciones, hasta la traición; releer todo a partir del final, que es un nuevo comienzo, de este acto supremo de amor.

 

También para cada uno de nosotros hay una «Galilea» en el comienzo del camino con Jesús. «Ir a Galilea» tiene un significado bonito, significa para nosotros redescubrir nuestro bautismo como fuente viva, sacar energías nuevas de la raíz de nuestra fe y de nuestra experiencia cristiana. Volver a Galilea significa sobre todo volver allí, a ese punto incandescente en que la gracia de Dios me tocó al comienzo del camino… En la vida del cristiano, después del bautismo, hay también una «Galilea» más existencial: la experiencia del encuentro personal con Jesucristo, que me ha llamado a seguirlo y participar en su misión. En este sentido, volver a Galilea significa custodiar en el corazón la memoria viva de esta llamada, cuando Jesús pasó por mi camino, me miró con misericordia, me pidió de seguirlo; recuperar la memoria de aquel momento en el que sus ojos se cruzaron con los míos, el momento en que me hizo sentir que me amaba… He andado por caminos y senderos que me la han hecho olvidar. Señor, ayúdame: dime cuál es mi Galilea; sabes, yo quiero volver allí para encontrarte y dejarme abrazar por tu misericordia…No es un volver atrás, no es una nostalgia. Es volver al primer amor, para recibir el fuego que Jesús ha encendido en el mundo, y llevarlo a todos, a todos los extremos de la tierra… ¡Pongámonos en camino!” (Celebración de la Vigilia Pascual del Papa Francisco en la Basílica de San Pedro, 2014).

La procesión es también no sólo caminar al Dios que Está, sino CON el Dios que ha prometido siempre estar, en lo cotidiano de nuestra vida. Desde que creímos en Jesucristo como nuestro Salvador hemos pasado a formar parte del Pueblo de Dios (1Ped. 2,9) y estamos peregrinando espiritualmente en este mundo, caminando hacia la Tierra Prometida de la Jerusalén Celestial… Dios quiere que seamos un pueblo unido que en su transitar, día a día sea más sólidamente edificado, celebrando su vida como un don que sólo sea realiza si se dona.

Dios está siempre presente en nuestro peregrinar, porque tiene la Voluntad de darse a Sí Mismo. Por ello, los sacramentos no traen esa presencia de Dios, sino que la verifican. Los sacramentos nos hacen comprender, animar y acoger la presencia de Dios que siempre ESTÁ. El sacramento no trae a Dios, no es magia ni abracadabra, sino que el sacramento nos asegura que nos demos cuenta y creamos que Dios ya está presente. Los sacramentos transparentan la realidad trascendente de Dios en la inmanencia de las cosas que constituyen el sacramento.

Creemos que la Presencia de Cristo en la eucaristía es tan real, porque sabemos que es la misma presencia que cuando dos o más nos reunimos en su Nombre. Justamente en la eucaristía es donde dos y más, y toda la asamblea cree con convicción profunda que Dios está ahí en el pan y vino consagrado. Por ejemplo, una molécula de carbono puede encontrarse aislada y efectivamente es carbono, pero cuando está en mí, es vida. La eucaristía es la verificación comunitaria de que Dios está con nosotros y que nosotros estamos con Él. Que Dios realmente sigue donándose en la eucaristía para partirse, repartirse y darse en comunión, para dejarnos en común-unión. Por eso hacemos una acción de gracias porque podemos relacionarnos realmente con Él. Todos la celebramos y el ministro o sacerdote la preside. El sacerdocio no es enaltecerse, sino abajarse como lo hace Dios incluso hasta ser consumido. Esto se verifica en semana santa en el lavado de pies, antes de celebrar la institución de la eucaristía. El sacerdote está ordenado a abajarse, para servir y esa es su dignidad, pues, puede actuar como la Persona de Cristo, quien se abajó. Todo es relación y está en relación, pues, hemos sido creados por Alguien que no existe sin la Relación y que es TriUnidad, por ello decide donarse a Sí Mismo para siempre y así puede ESTAR siempre presente, para esperarnos siempre en la Relación con Él. Esa es la finalidad de Dios, la Relación, y por eso el NT indica que la consumación será cuando Dios sea todo en todos.

La promesa de Dios de Estar no es a nuestro nivel. No es estar cuando conviene estar, sino radicalmente Estar. Se abaja al nivel de Dios para estar, para ser eucarístico y santísimo. Dios está al nivel de Dios, no en la medida de lo posible, sino de lo imposible. Dios es el Posibilitador de todas las posibilidades posibles. La muerte de Cristo, Hijo de Dios, realiza una posibilidad de Dios: la de morir y la de sufrir. Ocurre que esta interpretación de la muerte y la cruz destruye todos nuestros conceptos de Dios. Dios no es ya el Dios que posee el Ser en plenitud y nos defiende contra todos los que nos quieren arrebatar el ser. Es el Dios que se dona a Sí Mismo, es Dios sin el ser. Es Dios manifestado en su contrario: su gracia, en los pecadores; su justicia, en los malos; su divinidad, en un crucificado. Se revela en la impotencia y no en el poder. Esa es la fe de Jesús, ese es el Dios de Jesús. El Dios de Jesucristo es, pues, un Dios que destruye y hace idolátricas todas las imágenes humanas de Dios. El Dios que Está, rechaza todo tipo de religión, sea cristiana o pagana. Las religiones no pasan por el filtro de la muerte y la cruz. Quedan pulverizadas. ¿Quién muere en la cruz? Jesús, el Hijo de Dios. Por tanto, la cruz y la muerte guardan una relación estrecha con Dios. La muerte afecta al mismo. Dios es el sujeto y el objeto: deja crucificar y es crucificado. Muere como un Dios abandonado. Dios sufre la muerte del Hijo en el dolor de su Amor. Y el amor va de la mano de la donación y la donación va de la mano del dolor, porque nos donamos en contra de la corriente de la conveniencia humana egoísta.

No amamos el dolor de amar, sino que amamos con ese dolor y a pesar de ese dolor, porque hemos de ser donación. Así, pues, en Jesús, Dios es crucificado y muere. La muerte de Cristo, Hijo de Dios, realiza una posibilidad de Dios: la de morir y ser crucificado. Si Dios no muriese no sería mayor que el hombre, que puede morir y sufrir. No nos salva el dolor, sino el amor; no nos salva la religión, sino la donación; no nos rescata la ritualización, sino la relación. En la cruz se revela la Santísima Trinidad Donada que se olvida de Sí Misma: el Padre Dador que dona lo más carísimo para Él, su Hijo; el Hijo, el Don, que es abandonado y es el don para Dios y la Humanidad; y el Espíritu Santo, la Donación, como fuerza con que todo se realiza y se mantiene en la unidad. En conclusión, Dios Está para estar radicalmente, a su nivel de Dios, viviendo nuestra muerte, estando en la hora más sola de lo solo, que podemos estar de nuestra existencia. No merecemos que Dios esté en esa hora, pero Él es de Gratuidad; tampoco nos conviene que Él esté, cuando estamos haciendo el pecado, pero Él es de Misericordia. Es que tenemos que llegar a la consciencia que Dios no es conveniencia propia, que no puede ser una mera proyección de nuestros miedos, deseos e intereses. Dios es donación de Sí Mismo en cuanto Dios. Él es el Regalo que siempre anhelamos en lo más profundo de lo que somos. La fe, o emunah, es el salto al vacío, e implica estar ante el abismo de la nada, de la no-respuesta. Es más fácil alejarse de la posibilidad de ese salto ante el abismo y sumirse en la religión que pretende decirle a mi fe por donde vaya, y no dejarse amar y llevar por Dios. Es más fácil seguir en lo mismo de siempre que abrirse y dar el salto a la confianza y a la consciencia. Emunah es el salto al vacío de la no-respuesta de cómo es posible que Dios Hijo esté en el pan y vino consagrado. Por eso mismo, la Eucaristía es el sacramento de nuestra fe, es el Misterio de nuestra fe o emunah.

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