Sobre Tradición y Conservadurismo: Fe y Valores tradicionales

“Nos hacemos conservadores a medida que envejecemos, eso es cierto. Pero no nos volvemos conservadores porque hayamos descubierto tantas cosas nuevas que eran espurias. Nos volvemos conservadores porque hemos descubierto tantas cosas viejas que eran genuinas.“

G.K. Chesterton

Muchas personas invocan, en defensa de su mayor o menor ateísmo o, incluso, a favor de su agnosticismo, la especie según la cual no son capaces de entender que sea necesaria la fe cristiana (aquí sólo se habla de esa al considerarla como la única verdadera de las que dicen haber en el mundo) y que, en verdad, ni les interesa ni tiene visos la cosa de que les interese en un futuro.

En realidad no han entendido o no quieren entender que el ser humano es uno que lo es eminentemente religioso en el sentido de que todos, se quiera reconocer o no, tenemos en nuestro corazón, escrita, la ley de Dios, estado que definió muy bien San Pablo en el capítulo 2 de su Epístola a los Romanos. Y los Padres de la Iglesia entendían que el hombre “tiene el deseo del infinito”.

Tal voluntad, aún sin reconocer que exista, no puede quedar encerrada en una que lo sea contraria a tal infinitud porque sería ir contra su propia naturaleza; es más, contra su propia sobrenaturalidad.

Cabe, sin embargo, empezar por el principio para que se pueda distinguir lo que es tener fe de no tenerla y si, así, es importante tenerla o, al contrario, es mejor olvidarse de ella.

Podemos decir que tener fe supone, más que nada, mostrar obediencia a la palabra que se ha escuchado de parte de Dios y es que, en sí misma, es la Verdad misma.

Por tanto, no es cuestión baladí darse cuenta de que la fe nos vincula, directamente, al Creador y que, al contrario, no tenerla, nos desvincula de Él y, si bien nos puede permitir llevar una existencia considerada por nosotros mismos como libre no es menos cierto que, según lo dicho arriba sobre el ansia de infinito que a todos nos llena por dentro, se trataría de una libertad que muere al ser, ella misma, así considerada.

¿Cómo, por tanto, ha de ser la fe que tengamos? Y, es más, ¿la fe que tengamos ha de tener relación con una serie de valores que, por decirlo pronto, podemos llamar “tradicionales”?

La importancia de tener una fe de niño, que ama, que siempre sabe que sus padres entregarán su propia vida por él…amor sin condiciones y a cambio de nada… sin egoísmos adultos, resulta fundamental.

Lo recoge Mateo, el que fuera publicano, en su evangelio (19,14): “Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis porque de los que son como éstos es el Reino de los Cielos”

Nadie, pues, debe corromper a un niño de Dios, a un creyente, digamos, pequeño, que con su fe humilde confía en sus pastores. Por eso, no es de recibo (y es muestra de tener poca fe) la transmisión de una fe falseada y alejada de la fe del Creador y de su Iglesia.

Eso es no tener fe. ¿Y entonces?: también lo dice el mismo evangelista, un poco antes del texto anterior (Mt 18,6) “Pero al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos, y le hundan en lo profundo del mar”.

Cabe, entonces, que concurran en nosotros, cual niños en la fe, las siguientes características:

-Educabilidad o propensión a aceptar la educación en la fe.

-Confiabilidad o sometimiento a Dios porque se está seguro de su bondad.

-Humildad porque sabemos que somos limitados y, también, débiles.

Son tres realidades espirituales que podemos aceptar o no porque Dios nos da la libertad para hacer una cosa o la otra, pero la fe exige, como poco, el cumplimiento de tales comportamientos filiales.

Por otra parte, ¿Qué motiva la actuación humana cuando no se tiene fe?

A lo mejor supuestos buenos motivos pues el motivo no es más que expresión del querer personal e intransferible. Sin embargo, al estar vacíos de contenido espiritual no se tiene sustento superior a la propia humanidad. No son, pues, sobrenaturales sino, en todo caso, materiales y, por eso, limitados y no eternos.

Y ¿cuál es el camino que sigue quien no tiene fe?

Un camino que termina, seguramente, en un trayecto sin salida porque no puede tenerla quien sólo confía en sus propias posibilidades y se siente un todopoderoso de bolsillo, un diosecillo de su propio mundo en el que sus valores son los que, egoístamente, pueda tener por buenos y mudables.

Y, por último, ¿en qué se apoya quien, al no tener fe, se encuentra con las tribulaciones de cada día?

Muchas veces se ha de ver difícil la salida de estas porque la confianza en uno mismo puede venirse abajo con facilidad. El unomismo tiene su fin en unomismo y no va más allá del unomismo. Es, por eso, muy limitado y alicorto porque, alejado de la mano de Dios (en Quien no se busca apoyo) cualquier horizonte tiene un límite bien definido: el yo solitario, individualidad que, a diferencia de lo dicho por Boecio cuando definió al ser humano (“Individua substantia rationale naturae”) ha perdido la parte de la razón que lo entronca con Dios y lo ha suspendido en el vacío, alejado de los límites en los que el Creador define la fe.

Y todo esto para mantener una idiosincrasia atea o agnóstica.

¿Vale la pena no reconocer la filiación que nos corresponde como hijos de Dios a un precio tan alto?

Pues bien, que debemos dar a la fe la importancia que tiene, que es mucha, lo dice el respeto que merecen, desde ella, los valores que llamamos tradicionales.

Llamar a un valor eso supone que, como la palabra traditio indica, ha sido transmitido de generación en generación desde hace mucho tiempo y que, simbólica pero muy realmente, representan una manera de ser que dista mucho, como podemos suponer, de los que se denominan valores del mundo.

Decimos esto porque es posible no se crea conveniente establecer una relación entre valor y fe. Sin embargo, la misma, la tal relación, construye una forma de ser que se asienta sobre la Roca firme que es Cristo y, así, sobre Dios mismo que, como Creador nuestro, sólo puede querer que su descendencia actúe como debe actuar que es lo que popularmente se corresponde con el “sea lo que Dios quiera” pues, en realidad, eso es lo que ha de ser.

Digamos, sobre esto, que los cristianos tenemos una serie de valores que hemos heredado de nuestros antepasados. Por eso los llamamos “tradicionales” que son, además, sobre lo que sustentar nuestra vida de creyentes e hijos fieles. Así, por ejemplo, consideramos que lo son,

– La vida,

– la dignidad de la persona como descendencia de Dios,

– la verdad,

– el bien,

– la humildad,

– la abnegación,

– la caridad fraterna,

– la castidad,

Y, además, estamos seguros de que cualquier que esto lea podría añadir muchos otros. Y, al contrario, también sabemos que hay verdaderos antivalores que son los que se oponen a los citados arriba como, por ejemplo,

– La mentira,

– la violencia,

– el odio,

– el aborto,

– el divorcio,

– la pornografía,

– la infidelidad,

– el egoísmo,

– la comodidad o, por fin,

– la envidia.

Y también estamos seguros de que espíritus avezados en descubrir aberraciones espirituales y materiales serían capaz de sumar más a este pequeño listado.

Vemos, por tanto, que lo que aquí apenas hemos dicho supone mucho al respecto de la relación que tiene la fe cristiana con los valores que entendemos como válidos y los cuales hay que esforzarse en defender.

Esto que decimos arriba resulta sencillo de entender si partimos de una serie de preguntas que nos pueden ayudar a contemplar determinada realidad como valor. Es decir, si nos preguntamos, por ejemplo,

– ¿Lo que voy a llevar a cabo me acerca a Dios?,

– ¿a quién amo al llevarlo a cabo?, ¿a mi Creador o a mi persona?,

– ¿me ayuda a acercarme a Dios?,

– ¿me ayuda a amar más a mi prójimo?, o,

– ¿me hace ser mejor o peor persona?

Estas preguntas, cuando las relacionamos con algún valor determinado nos muestran el camino a seguir y, por tanto, si lo que vamos a llevar a cabo puede ser aceptado por Dios como algo bueno y mejor o, al contrario, nos encontramos ante un verdadero antivalor.

Es evidente, según hemos visto aquí, que el mundo tiene sus valores y que nos los va a ofrecer como lo mejor que hay y, es más, como si fueran los únicos que debemos tener en cuenta. Sin embargo, los cristianos sabemos muy bien que no nos van a hacer comulgar con tal rueda de molino. Y es que no podemos olvidar aquello que quedó dicho acerca de qué le vale al hombre ganar el mundo si pierde su alma. Y en esto, también en esto, la relación entre fe cristiana y valores tradicionales supone algo más que mucho porque supone, en definitiva, un camino bien trazado, un recorrido limpio hacia el definitivo Reino de Dios llamado Cielo.

Artículo publicado en The Traditional Post.

Eleuterio Fernández Guzmán

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