Sobre las vacunas. Degenerando

Jorge Gonzalez Guadalix – InfoCatólica

 

Me pregunta Rafaela, y no es la única, que si se vacuna o no.

– Mira Rafaela, no soy médico ni científico experto en estas cosas. Pregunta al médico del pueblo.

– Ya. Te lo pregunto a ti porque el papa dice que nos vacunemos, y si lo dice el papa eso ya entra en tu terreno. ¿Hay que hacerle caso o no?

No es sencillo explicar a Rafaela, aunque de tonta tiene lo justo, que una cosa es una definición ex cathedra, otra una encíclica, otra las declaraciones y discursos y otra muy diferente las personales opiniones del santo padre sobre cosas cotidianas.

El santo padre puede ser fan declarado del Boca o del san Lorenzo de Almagro, más de macarrones que de ravioli. Eso no significa que las hermanas Úrsulas tengan que hacer la opción fundamental por los macarrones al pesto o la putanesca, una vez realizadas prudentes investigaciones.

En temas de salud lo más que podemos decir es que “La vida y la salud física son bienes preciosos confiados por Dios. Debemos cuidar de ellos racionalmente teniendo en cuenta las necesidades de los demás y el bien común” (Catecismo nº 2288). Pienso que meternos en si vacunarse es obligación moral o si es mejor la vacuna A o la B, el test Y o el Z, es pretender entrar en campos que ni nos incumben ni dominamos. También el arzobispo de Burgos, monseñor Iceta, insta a la vacunación. Vale, es obispo y es médico, pero lo que nos llega no es que el doctor Iceta anima a vacunarse, sino que lo hace el arzobispo de Burgos.

También nos toca animar, con la moral cristiana más clásica, a cuidar la creación. Lo que no es cosa nuestra es optar por formas más que discutidas entre los científicos. Si hay calentamiento o no, si la capa de ozono, si las energías renovables… Mi personal opinión es que son cosas que se nos escapan.

Ni en ecología ni en la vacuna del COVID-19 hay consenso científico suficiente para que la Iglesia católica lo adopte como suyo y exija su cumplimiento bajo pecado.

Es otro nivel. Pero imaginen qué disparate sería si un servidor como párroco predicara sobre el uso y limpieza de las regueras, el cuidado y sacrificio de corderos, terneros y lechones, el uso o no de las mascarillas, la vacunación del COVID-19, la poda de los fresnos, la alimentación del ganado con piensos naturales y la necesaria liberación de las gallinas para que no se pasen la vida en sus jaulas.

Sin embargo, todo el mundo entiende que hay que cuidar la naturaleza, respetar también a los animales y atender un poco más a la salud.

Lo triste es que lo que se ve claro en una parroquia de pueblo se desdibuje según se va subiendo.

Perdonen la broma, y no me pierdan el sentido del humor, pero me ha venido a la cabeza una anécdota del torero Juan Belmonte:

“Cuentan que Juan Belmonte aquella tarde que fue a la Maestranza con un amigo y el presidente, que también era el gobernador civil, le colmó de atenciones toda la tarde. Acabada la lidia, el amigo preguntó a qué se debía el trato singular del presidente y el torero le contestó: “Es que fue picador mío». Más sorprendido aún, el amigo volvió a preguntar: “¿Y cómo ha llegado de simple picador a presidente y gobernador?». Entonces Belmonte sentenció: “Pues ya ves, degenerando».

Degenerando no, por Dios. Pero lo que sí puede ser cierto es que según se va subiendo en el escalafón se pierde la sensatez más elemental para subirse al carro de lo políticamente correcto. Por eso lo que es elemental en Braojos se hace tan complicado en Madrid y Roma. También entiendo que no es igual la libertad con que puede expresarse un cura de pueblo, que lo que dice poca repercusión tiene, que el cuidado con que tienen que conducirse más arriba.

Pero no me digan que lo de Belmonte no tiene su gracia.

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