Serie Venerable Marta Robin – Cómo proceder al respecto de nuestra católica fe

Hace mucho tiempo que hemos incardinado los comentarios acerca de la obra de la Venerable Marta Robin (francesa ella, de nacimiento y de nación) en la serie sobre la oración.  Sin embargo, es de recibo reconocer que desde hace mucho tiempo, también, no trata lo que traemos aquí de oraciones, en sí mismas consideradas (algunas veces sí, claro) sino de textos espirituales que nos pueden venir muy bien, primero, para conocer lo más posible a una hermana nuestra en la fe que supo llevar una vida, sufriente, sí, pero dada a la virtud y al amor al prójimo; y, en segundo lugar, también nos vendrá más que bien a nosotros, sus hermanos en la fe que buscamos, en ejemplos como el suyo, un espejo, el rastro de Dios en una vida ejemplar que seguir.

 Cómo proceder al respecto de nuestra católica fe

“Poner el amor donde está el odio… el bien donde está el mal (…) es poner la paz, la alegría, el cielo en el alma y dentro del alma del prójimo” (Cuaderno íntimo, 4 de marzo de 1930)

Esto que dice nuestra hermana, la Venerable Marta Robin, tiene mucho que ver con lo que, de verdad, nosotros, hijos de Dios, debemos tener por bueno y mejor. Además, nos parece que tiene relación directa con lo escrito por un santo tan especial como es San Francisco de Asís porque el buen hermano nuestro ansiada poner paz donde no la había, etc.

Aquí tiene todo que ver aquello que dijo Cristo acerca de que el prójimo era tan importante para los hijos de Dios que lo debíamos amar como a nosotros mismos y, por eso mismo, lo hacía pasar (porque lo era y lo es) por el segundo Mandamiento más importante de la Ley de Dios.

Marta Robin sabe muy bien que nosotros debemos hacer lo que nos dice. Es decir, que así como en el prójimo es nuestra obligación sustituir aquello que hacemos mal (odiar, no amar), por lo que es bueno, lo mismo debemos hacer con nuestro propio corazón.

En estas palabras de nuestra hermana Marta podemos ver que, en efecto, y a diferencia de los que creen que todo el mundo es bueno (¿?), la cosa no es tal que así sino, justamente, lo contrario. Es decir, no es queramos decir que todo el mundo es malo sino que abunda mucho el odio y que la paz no está al cabo de la calle, siempre, en las relaciones entre los hijos de Dios.

La Venerable Marta Robin habla, por eso mismo, de “poner” o, lo que es lo mismo, de actuar positivamente para que el odio se sustituya por amor y eso procurará lo otro, lo que es contrario al odio y que tiene todo que ver con la Voluntad de Dios acerca de lo que sus hijos se tienen entre sí.

Y poner, también, el bien donde está al mal porque son demasiado abundantes las situaciones en las que prevalece el segundo sobre el primero con el correspondiente extravío e almas y cuerpos. Y eso, en alguien que tiene la el bien por sobre todas las cosas, no es concebido como nada a admirar sino con algo de lo que se debe huir con prontitud y ligereza (por lo rápido de hacerlo) del alma y del corazón.

Supone mucho todo esto. Es decir, procurar el amor y la paz no es algo que, de suyo, nada tenga que ver con el devenir del ser humano. Al contrario es la verdad: cuando el amor y la paz se enseñorean de la existencia de los hijos de Dios, allí donde eso pasa, hay algo que, de forma automática (y, a veces, exponencial) acaece: abunda la alegría y, por tanto, en el alma se sujeta bien el cielo que supone darse cuenta de que ha vencido no el mal sino el bien y no el odio sino el amor.

La Venerable Marta Robin, eso sí, debía saber que, al decir esto, no iba a conseguir, ipso facto, que todos sus hermanos caminasen por el sendero del amor y de la paz. Y es que los corazones resentidos suelen tener muy difícil salida cuando, en efecto, no abunda en ellos el amor sino que es el odio quien campa por sus respetos. Sin embargo, no por eso deja de decir lo que debe importar a todo aquel que, con esperanza, mire al definitivo Reino de Dios (llamado Cielo) y quiere alcanzarlo. Y eso no es posible con odio o con falta de paz sino, al contrario, como amor y la paz de Dios, la que quiere nuestro Creador para nosotros, su imagen y semejanza.

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