Serie «De Resurrección a Pentecostés»- III Aparición de Jesucristo – La paz de Dios

 Eleuterio Fernández Guzmán

 

 

Antes de dar comienzo a la reproducción del libro de título “De Resurrección a Pentecostés”, expliquemos esto.

Como es más que conocido por cualquiera que tenga alguna noción de fe católica, cuando Cristo resucitó no se dedicó a no hacer nada sino, justamente, a todo lo contrario. Estuvo unas cuantas semanas acabando de instruir a sus Apóstoles para, en Pentecostés, enviarlos a que su Iglesia se hiciera realidad. Y eso, el tiempo que va desde que resucitó el Hijo de Dios hasta aquel de Pentecostés, es lo que recoge este libro del que ahora ponemos, aquí mismo, la Introducción del mismo que es, digamos, la continuación de “De Ramos a Resurrección” y que, al contrario de lo que suele decirse, aquí segundas partes sí fueron buenas. Y no por lo escrito, claro está, sino por lo que pasó y supusieron para la historia de la humanidad aquellos cincuenta días.

 

 

Cuando Jesucristo murió, a sus discípulos más allegados se les cayó el mundo encima. Todo lo que se habían propuesto llevar a cabo se les vino abajo en el mismo momento en el que Judas besó al Maestro.

Nadie podía negar que pudieran tener miedo. Y es que conocían las costumbres de aquellos sus mayores espirituales y a la situación a la que habían llevado al pueblo. Por eso son consecuentes con sus creencias y, por decirlo así, dar la cara en ese momento era la forma más directa para que se la rompieran. Y Jesús les había dicho en alguna ocasión que había que ser astutos como serpientes. Es más, había tratado de librarlos de ser apresados cuando, en Getsemaní, se identificó como Jesús y dijo a sus perseguidores que dejaran al resto marcharse.

Por eso, en tal sentido, lo que hicieron entonces sus apóstoles era lo mejor.

Aquella Pascua había sido muy especial para todos. Jesús se había entregado para hacerse cordero, el Cordero Pascual que iba a ser sacrificado para la salvación del mundo. Pero aquel sacrificio les iba a servir para mucho porque el mismo había sido precedido por la instauración de la Santa Misa (“haced esto en memoria mía”, les dijo el Maestro) y, también, la del sacerdocio a través del Sacramento del Orden. Jesús, pues, el Maestro y el Señor, les había hecho mucho bien tan sólo con arremangarse y lavarles los pies antes de empezar a celebrar la Pascua judía. Luego, todo cambió y cuando salieron Pedro, Santiago y Juan de aquella sala, en la que se había preparado la cena, acompañando a Jesús hacia el Huerto de los Olivos algo así como un gran cambio se había producido en sus corazones.

Pero ahora tenían miedo. Y estaban escondidos porque apenas unas horas después del entierro de Jesús los discípulos a los que había confiado lo más íntimo de su doctrina no podían hacer otra cosa que lo que hacían.

De todas formas, muchas sorpresas les tenía preparadas el Maestro. Si ellos creían que todo había terminado, muy pronto se iban a dar cuenta de que lo que pasaba era que todo comenzaba.

En realidad, aquel comienzo se estaba cimentando en el Amor de Dios y en la voluntad del Todopoderoso de querer que su nuevo pueblo, el ahora elegido, construyera su vida espiritual sobre el sacrificio de su Hijo y limpiara sus pecados en la sangre de aquel santo Cordero.

Decimos, pues, que todo iba a empezar. Y es que desde el momento en el que María de Magdala acudiera corriendo a decirles que el cuerpo del Maestro no estaba donde lo habían dejado el viernes tras el bajarlo de la cruz, todo lo que hasta entonces habían llevado a sus corazones devino algo distinto.

El caso es que los apóstoles y María, la Madre, habían visto cómo se abría ante sí una puerta grande. Era lo que Jesús les mostró cuando, estando escondidos por miedo a los judíos, se apareció aquel primer domingo de la nueva era, la cristiana. Entonces, los presentes (no estaba con ellos Tomás, llamado el Mellizo) se asustaron. En un primer momento no estaban seguros de lo que veían pudiese ser verdad. Aún no se les habían abierto los ojos y su corazón era reacio en admitir que su Maestro estaba allí, ante ellos y, además, les daba la paz y les hablaba. Todos, en un principio, actuaron como luego haría Tomás.

Todo, pues, empezaba. Y para ellos una gran luz los iluminaba en las tinieblas en las que creían estar. Por eso lo que pasó desde aquel momento hasta que llegó el día de Pentecostés fue como una oportunidad de acabar de comprender (en realidad, empezar a comprender) lo que tantas veces les había dicho Jesús en aquellos momentos en los que se retiraba con ellos para que la multitud no le impidiese enseñar lo que era muy importante que comprendieran. Pues bien, entonces no habían sido capaces de entender mucho porque su corazón no lo tenían preparado. Ahora, sin embargo, las cosas iban a ser muy distintas. Y lo iban a ser porque Jesús había confirmado con hechos   lo que les había anunciado con sus palabras y cuando le dijo a Tomás que metiera su mano en las heridas de su Pasión supieron que no era un fantasma lo que estaban viendo sino  al Maestro… en cuerpo y alma.

Sería mucho, pues, lo que pasaría en un tiempo no demasiado extenso desde que el Hijo de Dios volvió de los infiernos hasta que el Espíritu Santo iluminara los corazones y las almas de los allí reunidos. Era, pues, aquello que sucedió entre Resurrección y Pentecostés.”

III Aparición de Jesucristo – La paz de Dios

 

Cuando Jesús resucita no lo hace, digamos, sin razón alguna. El Maestro debía terminar la misión para la que había sido enviado por el Padre. Y se aparece a sus discípulos que, como sabemos, estaban escondidos por miedo a los judíos.

Nos dicen las Sagradas Escrituras que era domingo cuando se apareció. Es más, el mismo día en el que había regresado de los infiernos.

El caso es que las mujeres ya les habían dicho lo que ellas habían visto y los discípulos de Emaús aun no habían llegado al Cenáculo donde se suponen que estaban a buen resguardo de sus antiguos hermanos de fe.

Todo esto lo recoge perfectamente el Evangelio de San Juan que, sin embargo, no contiene el mismo todo lo que Jesús hizo porque, como es de imaginar, mucho de lo que entonces pasó sólo fue recogido por los corazones de los que lo presenciaron. Sin embargo, lo esencial y crucial está contenido en los versículos que traemos a continuación.

 

1. La paz de Dios

 

“Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: ‘La paz con vosotros.’ Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor” (Jn 20, 19-20).

Lo primero que nos dice este texto del evangelio de San Juan muestra la actitud que tenían muchos de los que seguían a Jesús. También que era el mismo día de la resurrección del Hijo de Dios cuando pasó esto que dice el discípulo amado. Es más, también que se presentó Jesús ante de ellos de una forma bien curiosa.

 

La actitud de muchos

En un principio, no sabemos dónde era aquel lugar en el que los discípulos más cercanos a Jesús estaban escondidos. Se ha dado en suponer que podría ser el Cenáculo donde habían celebrado la Última Cena. Allí, probablemente, por ser discípulo de Cristo el padre del que sería apóstol suyo Marcos y dueño de aquella casa, estarían aquellos a los que se refiere este texto del Evangelio de San Juan.

El caso es que algunos de los que seguían al Maestro tenían miedo. ¿Aquella actitud era preventiva? ¿Era necesaria?

Podemos decir que era las dos cosaspreventiva porque conocían perfectamente cómo se las gastaban aquellos que habían conseguido del Procurador una muerte tan injusta y tan infamante como la de Jesús; necesaria porque, de querer continuar con su labor, al menos debían permanecer con vida porque, de lo contrario, poco iba a transmitirse a las generaciones venideras. “El miedo guarda la viña” es un dicho que, además, siendo judíos aquellos hombres y mujeres, es más que acertado.

Además, ellos ignoraban, seguramente, que los dirigentes judíos habían urdido el temible plan de decir que eran los discípulos de Jesús los que habían robado su cuerpo. Pero si acaso les había llegado a sus oídos tan mala idea urdida por el Mal para defender sus nigérrimos intereses, no iban a hacer otra cosa que no fuera esconderse allí donde no podían ser encontrados. Y es que si el miedo es libre, cuando el mismo se va conformando con determinadas malas artes, casi podríamos decir que es obligatorio.

Las puertas, además, estaban cerradas para que no entrase allí algún indeseable. Por eso Jesús tuvo que echar mano (como luego veremos) de una de las cualidades de los cuerpos resucitados.

El caso es que el miedo cundía entre los otrora orgullosos seguidores del Maestro de Galilea. Y era, además, domingo.

El primer día del resto de la eternidad

Aquel día no era uno que lo fuera normal. Para el pueblo judío el sábado había sido un día grande pues, aunque todos lo fueran por ser considerado el día del Señor, aquel lo había sido en especial por haber día en el que celebraron la Pascua.

Pero aquel día, el que Jesús resucitó de entre los muertos, fue el mismo que se apareció a muchas personas: a las santas mujeres, entre ellas a María Magdalena e, incluso, a Pedro (cf. Lc 24, 34) probablemente cuando regresaba a su casa después de ver que el cuerpo de Jesús no estaba donde lo habían dejado (cf. Lc 24, 12). Podemos decir, por tanto, que fue preparando su primera aparición al conjunto de sus discípulos más cercanos poco a poco como enviándoles el mensaje de que, en efecto, había resucitado y pronto los vería.

El caso es que aquel primer día del nuevo mundo, la manifestación de la nueva alianza de Dios con el hombre a través de Jesucristo, mediando la muerte del Hijo, era el que iba a pasar a la historia de la humanidad como el primero de entre todos los días de la semana. Caído el telón de la historia pasada, el sábado quedaba como preludio a la celebración máxima de la resurrección del Mesías, enviado por Dios al mundo para que salvase a quien quisiese ser salvado y lo confesase como Hijo del Todopoderoso. Y era domingo, el día después del gran sábado judío, cuando Cristo se apareció a los que tenían miedo e iban a dejar de tenerlo para siempre.

 

La forma de aparecerse Jesús a sus discípulos

Lo que nos dice el Evangelio de San Juan acerca de cómo se aparece Jesús a sus discípulos es síntoma y muestra de algo que va más allá de aquello. Es más, supone lo que, precisamente, es la misma resurrección de la carne.

Dice, en efecto, el texto bíblico que Jesús se apareció en medio de ellos estando cerradas las puertas.

Está claro que eso sólo pudo ser posible si mediaba alguna característica propia del cuerpo resucitado. Es más, haciendo aquello el Hijo de Dios iba a mostrar, precisamente, alguna de ellas.

Traigamos un texto bíblico que es importante para el caso tratado. Corresponde a los versículos 35 al 54 de la Primera Epístola a los de Corinto, en concreto al capítulo 15 de la misma. Y dice lo siguiente:

“Pero dirá alguno: ¿Cómo resucitan los muertos? ¿Con qué cuerpo vuelven a la vida?

¡Necio! Lo que tú siembras no revive si no muere. Y lo que tú siembras no es el cuerpo que va a brotar, sino un simple grano, de trigo por ejemplo o de alguna otra planta. Y Dios le da un cuerpo a su voluntad: a cada semilla un cuerpo peculiar. No toda carne es igual, sino que una es la carne de los hombres, otra la de los animales, otra la de las aves, otra la de los peces. Hay cuerpos celestes y cuerpos terrestres; pero uno es el resplandor de los cuerpos celestes y otro el de los cuerpos terrestres. Uno es el resplandor del sol, otro el de la luna, otro el de las estrellas. Y una estrella difiere de otra en resplandor. Así también en la resurrección de los muertos: se siembra corrupción, resucita incorrupción; se siembra vileza, resucita gloria; se siembra debilidad, resucita fortaleza; se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual. Pues si hay un cuerpo natural, hay también un cuerpo espiritual.

En efecto, así es como dice la Escritura: fue hecho el primer hombre, Adán, alma viviente; el último Adán, espíritu que da vida. Mas no es lo espiritual lo que primero aparece, sino lo natural; luego, lo espiritual. El primer hombre, salido de la tierra, es terreno; el segundo, viene del cielo. Como el hombre terreno, así son los hombres terrenos; como el celeste, así serán los celestes. Y del mismo modo que hemos llevado la imagen del hombre terreno, llevaremos también la imagen del celeste.

Os digo esto, hermanos: La carne y la sangre no pueden heredar el Reino de los cielos: ni la corrupción hereda la incorrupción. ¡Mirad! Os revelo un misterio: No moriremos todos, mas todos seremos transformados. En un instante, en un pestañear de ojos, al toque de la trompeta final, pues sonará la trompeta, los muertos resucitarán incorruptibles y nosotros seremos transformados. En efecto, es necesario que este ser corruptible se revista de incorruptibilidad; y que este ser mortal se revista de inmortalidad. Y cuando este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y este ser mortal se revista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: ‘La muerte ha sido devorada en la victoria’”.

En efecto, es bien curioso, a la par que misterioso, cómo los cuerpos resucitarán. No podemos negar que puede suscitar dudas en más de uno el pensar qué tiene que pasar con los cuerpos que, al cabo de tanto tiempo, se habrán desintegrado (pérdida de su total entidad física) y se habrán incorporado al ambiente en el que hayan sido depositados. Y qué con aquellos que, siguiendo instrucciones de sus poseedores, hayan querido ser, por ejemplo, incinerados…

Son muchas las circunstancias que nos provocan perplejidad. Sin embargo, sabiendo que somos muy ignorantes en este tipo de materias (que no sabemos nada de nada al respecto de la realidad de la resurrección de la carne) no podemos, ¡qué menos!, que poner nuestra confianza en el Creador que, si supo crear de la nada, bien puede hacer que lo que no sea nada vuelva a ser. Y es que, como bien sabemos, para Dios nada hay imposible (o si no que se lo digan, por ejemplo, a tantas mujeres que, siendo estériles, y así son contempladas en las Sagradas Escrituras, han dado a luz hijos que fueron importantes para la historia de la salvación; o la vuelta a la vida de tantas personas a palabras de Cristo; o las multiplicaciones de alimentos, etc.) Y es que Dios, que puso en marcha las leyes de la naturaleza (que aún contempla y mantiene) puede hacer lo que tenga que hacer para que lo que, para nosotros, nada ante el Todopoderoso, está lejos, siquiera, de poder pensar en hacerlo realidad, sea la cosa más sencilla del mundo. En eso creemos y es fuente y origen de nuestra fe.

Entonces… sabemos que tras la resurrección de la carne y el Juicio final, aquellos cuerpos (ya con sus almas correspondiente; o al revés si se quiere pues, al fin y al cabo, las almas, en esto, estarán primero, habrán llegado primero a su destino final -a excepción, como sabemos, de las que hayan estado en el Purgatorio, claro está- que llegarán más tarde pero siempre antes que sus correspondientes cuerpos) que, definitivamente, repetimos, estarán en el Cielo, lo harán de una forma muy especial. Es decir, que aun siendo los que habitaron la Tierra y peregrinaron hacia donde ahora estarán para siempre, para nada tendrán las mismas características. Y esto, nunca mejor dicho, gracias a Dios.

Si nos apoyamos, por ejemplo, en las Sagradas Escrituras, algo podemos avizorar. Así en Filipenses (3, 21) se dice que

“Él transformará nuestro pobre cuerpo mortal, haciéndolo semejante a su cuerpo glorioso, con el poder que tiene para poner todas las cosas bajo su dominio.”

Y se refiere, claro está, a Jesucristo, Aquel de quien tuvieron manifestación los discípulos, de su nuevo estado espiritual, tras su resurrección.

De todas formas, a tenor de lo apuntado por el P. Antonio Royo Marín (“Teología de la salvación”) es bien cierto que esto, lo relativo a esto, ya lo explica el citado autor cuando habla y escribe de la resurrección de la carne tras la muerte (pues como decimos lo que ahora se lleva a cabo es la confirmación de la sentencia inicial del Juicio particular) es verdad que, y esto ya lo hemos dicho en otro lugar, hemos preferido referir acerca de lo que llama “dotes del cuerpo glorioso” en este momento al ser el destino definitivo del cuerpo, en efecto, de tal jaez.

¿Cuáles, pues, son tales condiciones?

Digamos que cuatro:

1. Impasibilidad.

2. Sutileza.

3. Agilidad.

4. Claridad.      

Apuntemos, ahora, algunas características de cada de estas cualidades a tener muy en cuenta.

En cuanto a la impasibilidad dice al autor del libro (p. 529) que “la impasibilidad del cuerpo glorioso procede del dominio que el alma ejerce sobre él”. Por tanto, tanto el dolor como la corrupción “estarán desterrados para siempre” (p. 528) como bien se dice, por ejemplo, en

Is 49, 10.

“No padecerán hambre ni sed, calor ni viento solano que los aflija. Porque los guiará el que de ellos se ha compadecido, y los llevará a aguas manantiales”.

Ap 7, 16-17.

“Ya no tendrán hambre, ni tendrán ya sed, ni caerá sobre ellos el sol ni ardor alguno; porque el Cordero, que está en medio del trono, los apacentará y los guiará a las fuentes de aguas de vida, y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos”.

Ap 21.4.

 “Y (Dios) enjugará las lágrimas de sus ojos, y la muerte no existirá más, ni habrá duelo, ni gritos, ni trabajo, porque todo esto es ya pasado”.

Sobre la sutileza apunta el P. Royo Marín que

“es la principal cualidad del cuerpo glorioso y el fundamento de todas las demás. En virtud de ella, el cuerpo bienaventurado se sujetará completamente al imperio del alma y la servirá y será perfectamente dócil a su voluntad”.

Por lo apuntado aquí, “la sutileza del cuerpo glorioso producirá efectos sobre sí mismo y con relación a los demás bienaventurados” (p.534) pues “podrá gozar libérrimamente de la bienaventuranza esencial o visión beatífica sin experimentar por parte del cuerpo la menor dificultad o impedimento” (p. 534) y ”todos los sentidos internos y externos obedecerán de tal manera a la voluntad del alma -en virtud de la sutileza-, que podrá usar de ellos en la forma que quiera, dentro de la naturaleza misma de cada sentido” (p. 535). Pero, además, “el cuerpo glorioso no será vaporoso, sino tangible y palpable como el de Nuestro Señor Jesucristo resucitado (Lc 24, 39). De todas formas -como explica Santo Tomás-, en virtud del perfecto dominio del alma sobre él, será potestativo del bienaventurado el que pueda ser afectado o no por el sentido del tacto” (p.535).

Acerca, por otra parte, de la agilidad, nos dice que “en virtud de esta maravillosa cualidad, los cuerpos bienaventurados podrán trasladarse, cuando quieran, a sitios remotísimos, atravesando distancias fabulosas con la velocidad del pensamiento” (p. 537).

En realidad, esta cualidad de la agilidad de los cuerpos gloriosos “es una redundancia de la gloria del alma, en virtud de la cual obedece perfectamente al imperio d ella voluntad en el movimiento local y en todas las demás operaciones” (p. 538). Y, lo que es más importante, “los bienaventurados del cielo usarán de la agilidad de sus cuerpos gloriosos sin perder un solo instante de vista la divina esencia, que constituye la gloria principal” (p. 540).

Y, ya por fin, dice el P. Royo Marín que la claridad, como cualidad de los cuerpos resucitados, hará posible que los mismos aparezcan ”resplandecientes de luz, aunque en grados distintos según los diferentes grados de gloria que sus almas disfruten” (p. 540) teniendo en cuenta que “será potestativo de los bienaventurados el que sus cuerpos gloriosos sean o no vistos por los demás” (p. 544).

Por lo demás, es de fe creer que el Cielo, como tantas veces hemos dicho a lo largo de estos capítulos, es eterno. Es decir que creemos en la eternidad del Cielo, sin la cual todo lo hasta aquí dicho no tendría sentido alguno y, además, sería manifestarse contra Dios mismo y su realidad todopoderosa.

Pues bien, todo esto deviene exactamente de aquello que Jesús hizo, demostrando lo que será cuando llegue el momento de la resurrección de la carne, cuando entró donde estaban escondidos sus discípulos.

Aquella paz de Cristo y, así, de Dios

Jesús se aparece, sí; Jesús llega donde están aquellos que le seguían y lo hace como hemos dicho arriba, haciendo uso de su “nuevo” cuerpo espiritualizado.Sin embargo, algo pasa entonces que debió llenar su corazón de dicha y de gozo: Jesús les da la paz.

También en el Evangelio de San Juan, pero en un momento anterior (en el contexto de la Última Cena) en concreto en 14, 27, Jesús les dice a los que cenaban con Él:

“Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo.  No se turbe vuestro corazón ni se acobarde.”

Vemos, por tanto, que el mismo Cristo les dice que su paz, la que ahora les da (y la que entonces les dejaba) no es la que el mundo da. Por tanto, ha de ser distinta tal paz.

La paz de Dios es la que es característica de Dios mismo y, por tanto, aquella que crea un mundo donde la justicia divina no es erradicada sino que es reivindicada y, pues, aplicada. Y es que la paz de Dios, la que Cristo da a los que están escondidos por miedo a los judíos, es la que debía constituir su comportamiento. Y es, como dice San Pablo:

“Y la paz de Dios, que supera todo conocimiento, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús” (Flp 4, 7).

¿Cuál es, pues, la paz de Cristo, la de Dios?  

Sabemos que en el mundo se habla mucho de paz. Sin embargo, el siglo la entiende como falta de conflictos, de guerras, de luchas entre intereses, muchas veces, egoístas. Así, se habla de querer la paz, de no querer guerras e, incluso, de que no se derrame más sangre de inocentes. También, de no querer más armas de guerra…

Sin duda que no podemos decir que esto esté mal porque a nadie gusta que haya guerra y que mueran inocentes.

Sin embargo, Cristo, cuando da la paz a los que mira con un corazón bondadoso y misericordioso, quiere decir algo más de lo que, para el común de personas, eso significa. Por eso dice, como arriba hemos recogido, que no da la paz como el mundo la da. Por tanto, no puede ser el mismo sentido de paz.

En realidad, la paz del mundo contiene muchos conflictos. Y es que no se puede negar que, imaginando que no existiesen guerras ni conflictos exteriores no por eso iban a desaparecer los malos comportamientos interiores como, por ejemplo, los corazones que sacan para la vida del mundo el abandono de la familia, la falta de respeto hacia los padres (“Honrarás a tu padre y a tu madre” dice Dios) o, en fin, quien anda en el siglo con un corazón atormentado en ese mundo donde, imaginémoslo, no hay guerra alguna.

Jesús, por tanto, quiere otro tipo de paz; Dios ama otro tipo de paz que tiene que ver más que con la ausencia de conflictos exteriores con la existencia real de calma en medio de los momentos tormentosos por los que pasamos y, desde ahí, desde ese corazón pacífico, vislumbrar un mundo que, entonces, sí, será pacífico pero constituido por una paz en la que no exista la injusticia porque se considere terrible expresión de egoísmo, donde no abunde lo caótico como esencia de un comportamiento mundano, donde el bien supremo sea considerado el Amor de Dios  entre sus hijos.

El caso es que la paz de Cristo y de Dios tiene todo que ver con la paz que cada uno de nosotros tiene con Dios y con Cristo, su Hijo y nuestro hermano. Es decir, aquella paz que Jesús da a sus discípulos quiere que sea una semilla que fructifique en sus corazones y, desde ellos, puedan dar forma a un mundo en el que no se tergiverse el sentido divino de la paz.

En realidad, lo que el mundo quiere es, simplemente, que no haya problemas. Ahí centra la paz que entiende como verdadera. Por eso diría Cristo antes de todo esto lo siguiente:

“Os he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo” (Jn 16, 23).

La paz, pues, se tiene en el Hijo de Dios, en su doctrina, en su comportamiento, en sus hechos, porque Cristo, aquel que se apareció por primera vez, era su paz y nuestra paz. Y es que la paz de Cristo, luego de Dios, es aquella que es efecto de la caridad del corazón y procede del verdadero amor al Creador y a nuestro prójimo. Por eso dice Cristo:

“Tened sal en vosotros y tened paz unos con otros” (Mc 9, 50).

Y, esto otro, acerca de lo mismo dice San Pablo:

“…en lo posible y en cuanto de vosotros dependa, en paz con todos los hombres” (Rm 12, 18).

“Procurad la paz con todos y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor” (Hebr 12, 14).

Y aquella paz era la que Jesús acabada de dar a los que le veían en aquella sala a la que accedió de una forma, ciertamente, maravillosa y espiritualizada.

Los necesarios, al parecer, signos de la Resurrección

“Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor.”

Jesús conocía el corazón de sus discípulos más allegados que allí se encontraban. En un principio no le sorprendió que ellos se mostrasen extrañados por aquello que estaban viendo y estaba sucediendo. Él les había dado la paz pero no parecían salir del sueño en el que vivían desde que murió en la Cruz y fue sepultado en aquel huerto bajo la atenta vigilancia de la guardia judía.

Aunque esto pasa poco después, el caso es que Jesús anticipa lo que luego sucederá con Tomás, llamado el mellizo. Antes de que ellos le pidan pruebas de que es él, en carne y hueso, acude a lo más práctico que hay: enseñar, en efecto, su cuerpo.

Si había algo que caracterizada al Hijo de Dios era que el hombre lo había marcado. Es decir, que al clavarlo en la Cruz con aquellos clavos había dejado señales más que evidentes del daño que eso le hizo. Además, el centurión había dejado la huella de su lanza en el costado del Maestro.

Todo aquello debía ser suficiente como para que aquellos hombres de poca fe(¡en cuántas ocasiones les tuvo que decir que, en efecto, así eran ellos!) comprendiesen que lo que veían no era un fantasma sino que tenía cuerpo y no sucumbieran al terror que añadiera más miedo a la situación por la que estaban pasando.

Y les enseña los agujeros que marcaban un antes y un después en su propia vida y en la de ellos como hermanos suyos.

Y ellos, como nos dice el texto, se alegraron de verlo. En realidad, se alegraron mucho de que lo que veían fuera cierto y no producto de su imaginación.

Lo que hace Jesús en aquel momento es, viendo que sus discípulos pasan por un mal momento, están aturdidos y el desconcierto reina en sus corazones, les invita a mirar su cuerpo resucitado. No ha querido que sus heridas desaparezcan porque son prueba suficiente de que se trata del Maestro. Por eso se las enseña.

Pero, además, lo que consigue Jesús con aquel acto es reforzar la fe de sus discípulos y estimularla para que no se vengan abajo y lo abandonen definitivamente todo.

 

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