SALUDO DEL SANTO PADRE FRANCISCO A UNA DELEGACIÓN DEL EJÉRCITO DE SALVACIÓN

Sr. General,
queridos hermanos y hermanas:

Me complace tener esta oportunidad para renovaros, así como a todos los miembros y voluntarios del Ejército de Salvación, mi grato aprecio por vuestro testimonio sobre la primacía del discipulado y el servicio a los pobres que os hace un signo reconocible y creíble del amor evangélico, en obediencia al mandato del Señor: «Amaos los unos a los otros. Como yo os he amado, así también debéis amaros los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos» (Jn 13, 34).

Como alguna vez he recordado― también ahora, en el coloquio―, recibí mi primera lección de ecumenismo hace muchos años, ¡yo tenía cuatro!, cuando con mi abuela encontré a los miembros del Ejército de Salvación. Su ejemplo de humilde servicio a los últimos entre nuestros hermanos y hermanas es más elocuente que cualquier palabra. Me viene en mente la sabia expresión de su predecesor, Sr. General, cuando nos encontramos hace cinco años: “La santidad trasciende las fronteras confesionales”. La santidad que se manifiesta en acciones concretas de bondad, de solidaridad y de sanación habla al corazón y da testimonio de la autenticidad de nuestro discipulado. Sobre esta base, los católicos y los miembros del Ejército de Salvación pueden ayudarse mutuamente y colaborar cada vez más con respeto mutuo, también en la vida de santidad.

Este testimonio común es como la levadura que, en la parábola de Jesús, una mujer tomó y mezcló con harina hasta que toda la masa subió (cf. Lc 13,21). El amor gratuito que inspira los gestos de servicio a los necesitados no es sólo la levadura, sino también la fragancia del pan recién horneado. Atrae y convence. Los jóvenes en particular necesitan sentir esta fragancia, porque en muchos casos les falta en su experiencia diaria. En un mundo donde abundan el egoísmo y la división precisamente el noble gusto por el amor incondicional sirve de antídoto y abre el camino al significado trascendente de nuestra existencia.

Como Obispo de Roma, de esta diócesis, deseo agradecer también al Ejército de Salvación lo que está haciendo en esta ciudad en beneficio de las personas sin hogar y marginadas; hay muchas en Roma, muchas. También soy consciente de su amplia participación en la lucha contra la trata de seres humanos y otras formas actuales de esclavitud. ¡Que Dios bendiga vuestro esfuerzo!

Gracias de nuevo por vuestra visita. Acordémonos unos de otros en la oración y continuemos trabajando por la difusión del amor de Dios a través de obras de servicio y solidaridad.

 

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