Renée Bordereau, la Juana de Arco vendeana

Recuerdos de una excombatiente

Al hablar de las heroínas de la guerra de la Vendée, el nombre de ‘Renée Bordereau’ aparece en casi todas las crónicas de la época, pues ha pasado a la posteridad como una de las mujeres más valientes de su tiempo. Y no es para menos, ya que participó de casi todas las victorias y derrotas de la gesta a lo largo de seis años de lucha continua, mostrando un coraje increíble y jamás desmentido, al lado de gigantes como Lescure, Bonchamps, Cathelineau, La Rochejaquelein y Stofflet.

Por pedido de la marquesa Victoire de La Rochejaquelein, Renée publicó sus Memorias en 1814, durante la restauración monárquica. El breve relato de sus aventuras, tan extraordinario como vivaz no tiene desperdicio y atrapa desde el primer instante, por no decir en cada párrafo, al provenir de una “excombatiente” de rústica simplicidad, que, si bien deja entrever alguna que otra inexactitud o incluso probables exageraciones que parecerían rozar el límite de la leyenda, es una genuina fuente histórica de primera mano que no debe ser descartada. Después de todo, sus líneas, desprovistas de cualquier artificio de estilo, fueron publicadas tal cual ella las transmitió, hasta con faltas de ortografía, respetando el mínimo detalle de su original impronta. A lo largo de sus páginas, fluye un relato apasionante marcado por una sincera lealtad, propia de quien no está atada a los bienes de este mundo sino más bien a los de la Jerusalén Celeste.

Se dice también que en las guerras civiles aflora lo más noble y lo más miserable del hombre. Las pasiones saltan al rojo vivo para bien y para mal. Y en el caso de Renée, se entremezclan la venganza justiciera y su pasión por la causa del rey y de los derechos de Dios, dando prueba de una constante fidelidad y de una bravura increíble que nos deja boquiabiertos.

Vestidita de varón

Nacida en la aldea de Baluères, cerca de Angers, el 4 de junio de 1766, en una familia pobre y honesta, la joven fue testigo directo de cómo su familia iba siendo diezmada por el régimen del Terror, hasta perder a la mayoría de sus seres queridos. La gota que rebalsó el vaso fue el asesinato de su padre, Julien Bordereau, a quien los revolucionarios ejecutaron ante sus ojos, sin poder hace nada por defenderlo. Cuando los verdugos partieron, juró delante del cadáver vengar su muerte al precio que fuere. Fue realmente un antes y un después que la determinó a la acción: con solo 27 años se compró un fusil, se vistió de varón y de alistó en el ejército contrarrevolucionario junto con dos de sus hermanos, prometiendo combatir hasta dar la vida. Más conocida con el apodo de ‘el bravo angevino’, esta mujer combatió vestida de hombre con una intrepidez y ferocidad como ninguna otra vendeana lo hiciera.

Así nos lo cuenta en primera persona la campesina de armas llevar: “…La insurrección de los realistas de la Vendée en 1793, atrajo en nuestra región al ejército republicano, que asoló y masacró sin misericordia. Perdí 42 parientes sucesivamente; pero la muerte de mi padre, cometida delante de mis ojos, me llenó de furia y desesperación. A partir de ese momento, tomé la resolución de sacrificar mi cuerpo por el rey y ofrecer mi alma a Dios, jurando combatir hasta la muerte o la victoria. Primero, me compré un fusil de dos tiros, con el cual disparé al menos 25 veces a un blanco para aprender a apuntar; y desde que me di cuenta que no erré casi ninguna vez, me procuré ropa masculina y me uní a 500 hombres de mi parroquia con el señor Coeur-de-Roi, a quien nombramos nuestro comandante. Tomé el nombre de mi hermano ‘Jacinto’; pero como mis compañeros no se lo memorizaban bien, ellos mismos me llamaron ‘el angevino’, apodo que conservé para siempre”.

Como era de esperar, al principio, su natural femenino y su falta de experiencia militar le jugaron en contra; sin embargo, por una gracia especial pudo hacer frente a las dificultades y miedos paralizantes: “Les diré francamente que, en los primeros enfrentamientos que tuve, el ruido de los disparos de fusil me dio tanta impresión que me desesperé por mi falta de coraje; entonces me dirigí a Dios, y levantando los brazos al cielo Le dije: ‘¡Oh Buen Dios!, ¿No me vais a dar más valentía para combatir a vuestros enemigos?’ Y enseguida me sentí reconfortada como por un milagro. No tuve más miedo a nada. A partir de ese momento, la gracia de Dios y el valor no me faltaron jamás”.

En efecto, luego de esta sencilla invocación, la nueva Juana de Arco fue penetrada por una fortaleza espiritual única durante toda su actuación militar, al punto que no volvió a experimentar más un solo movimiento de miedo o temor al enemigo. Ya sea a caballo o a pie, “iba a la cabeza de los bandidos”, escribe el Gral. Moulin; también se la vio en la retaguardia y en los puestos más peligrosos, maniobrando bien su fusil, la pistola e incluso, el sable.

A pesar de haber sido herida tres veces, se negó terminantemente a abandonar el campo de batalla, haciéndole pagar muy caro a los republicanos el asesinato de su padre y familiares. No por nada, Mme. de la Rochejaquelein afirma que el angevino mató unos cuantos azules de su propia mano. La primera vez que se la cruzó personalmente fue en Cholet, cuando alguien le hizo notar a la marquesa: “observad, ese soldado que tiene mangas de otro color que su chaqueta, es una mujer que pelea como un león”. La impresión de su aspecto físico no fue muy buena que digamos, ya que Victoire Donnissan nos confiesa que Renée era de una altura normal, gozaba de buena salud y de una fuerza excepcional, aunque “demasiado fea”, (¡Sic!). Sin lugar a dudas, podemos imaginar que su aspecto recio y varonil, unido a modos poco femeninos, no dejaron un buen recuerdo en el alma de esta noble aristócrata, acostumbrada más bien a frecuentar los salones de Versalles.

La amazona en acción

Valgan aquí algunas pinceladas de su heroica actuación, que nos la pintan de cuerpo entero.

Su primera victoria fue en la toma de Cholet, bajo las órdenes del Gral. Lescure. Tomó parte luego en las principales batallas del ejército monárquico: Saint-Florent-le-Vieil, Fontenay, Saumur, Angers, Nantes, donde se la vio pelear tanto a caballo como cuerpo a cuerpo y hasta con arma blanca.

Herida por primera vez en Martigné con una bala que le perforó la pierna en pleno repliegue, fue salvada por su tropa hasta llegar a un refugio natural donde los vendeanos hicieron un alto. Allí los esperaba una trampa mortal que desgraciadamente se cobró la vida de varios compañeros. Parece ser que los soldados se detuvieron a beber en una fuente de agua que había sido envenenada por los azules y al cabo de unas horas más de un centenar cayeron muertos. Con la sangre en el ojo por semejante fechoría, Renée retomó el combate media coja aunque con más ardor que nunca y en Vihiers abatieron once republicanos con su pequeña compañía de bandidos.

Durante la batalla de Luçon, el 14 de agosto de 1793, recibió un tiro arriba de la oreja y su caballo se desplomó encima de ella. En un primer instante la dieron por muerta, pero dos compañeros lograron arrastrarla a un resguardo seguro. Desde ese puesto mataron a seis azules y de yapa se quedaron con los caballos que les permitieron seguir adelante en el combate.

A diferencia de la doncella de Orleáns, quien declaró no haber matado jamás a nadie, la guerrera vendeana no tiene ningún reparo en confesar el triste, pero necesario hecho, de haber tenido que matar para defenderse y avanzar frente al cruel enemigo que no perdonaba ni a los niños a su paso.

Sigamos con el relato, cargado de precisiones sobre lugares, calles y personas, etc., que si bien pueden parecernos molestos, son muy importantes a la hora de cotejar la veracidad de lo sucedido, ya que de no ser exactos podrían haber sido refutados por algún contemporáneo, lo cual nunca ocurrió.

La víspera de la batalla de Pont-Barré, la amazona vendeana sorprendió a un destacamento de vanguardia republicana con un escabroso detalle descripto en su crónica, digno de un testigo ocular que no puede olvidar: “…allí atrapé cuatro patriotas que maté con mis propias manos. Uno de ellos tenía un bebé de alrededor de seis meses ensartado en su bayoneta junto con dos gallinas… Además, llegados cerca del Loire, aniquilé cinco enemigos y, como para terminar la jornada, le partí mi sable en la cabeza al último, en la calle de Ponts de Cé, delante de Richard du Mouton. Yo sola maté 21 ese día, no soy yo quien los conté, sino los que me seguían, pues si ellos no me lo hubieran dicho, no lo hubiera referido. Volvimos a Beaulieu, donde llegamos a las once de la noche a la casa de las señoritas Fardeau, con dos soldados muy buenos que eran hermanos, los Martin de Mosé. Allí, tomamos sopa y comimos las dos gallinas que yo había agarrado al republicano al cual había atrapado en Saint Lambert como ya os lo dije, y que también llevaba un bebé en la misma bayoneta”.

Enérgica como nadie, podríamos decir que se encarnizó en la persecución de los republicanos, quizás, como ella misma confiesa, “porque veía en cada uno de ellos a un asesino de mi padre”. Luego de atravesar el Loire con el agua al cuello y a caballo, luchó cuerpo a cuerpo contra dos soldados de la infantería y un húsar que le salieron al encuentro sucesivamente a la altura de Candé. No sólo que mató a los tres, sino que terminó vendiendo el caballo del último por 300 francos, dinero que obsequió al comandante de su región, Mouchette de Chemillé, quien tenía dos criaturas para alimentar y no contaba con recursos suficientes.

En Laval, el angevino salvó la vida de Jacques Basantay, un comisario republicano, que los vendeanos habían tomado prisionero y estaban a punto de fusilar. Fue agraciado por Renée por haberle demostrado que había escondido en su casa a tres sacerdotes refractarios. Con lo cual, no sólo lo dejó el libertad sino que le devolvió los 1.500 francos que le habían sacado y hasta el reloj confiscado.

Durante el avance hacia el norte, fue herida en el brazo derecho a golpe de espada; un pelotón de vendeanos la rescató a tiempo llevándola de nuevo a Laval, donde fue asistida con muchísima diligencia en la casa del comisario Basantay, a quien le había perdonado la vida. Sintiéndose mejor, por la mañana se retiró a un campo vecino para entrenarse a tirar con la mano izquierda y así poder unirse a sus compañeros.

Dos días después las tropas al mando de Stofflet se preparaban para dejar Laval, pero el general advirtió entre las filas a un soldado malherido, listo a partir, a pesar de llevar su brazo sostenido por un pañuelo. Un tanto extrañado, le preguntó: “¿Por qué está aquí si usted está herido?”. Con un poco de atrevimiento e ironía, el angevino replicó que esperaba ser herido nuevamente y se ofrecía a la vanguardia, pero su osado pedido fue rechazado en el acto. Y como no se mostrara sumiso o, más bien, sumisa a la orden, Stofflet la amenazó a punta de espada, hasta que el señor Morna d’Angers, le gritó: “General, es uno de vuestros mejores caballeros, yo lo conozco y quiere morir al frente, ¡es su última voluntad! El jefe vendeano, un tanto confundido, preguntó por el nombre del porfiado campesino. Entonces Morna se vio obligado a revelar la verdadera identidad de Renée, confiándoselo como estricto secreto. Nicolas Stofflet quedó estupefacto y tan admirado, que a partir de ese instante tuvo por la joven el más profundo respeto y la dejó partir consigo.

Llegados hasta las costas de Granville, el angevino comenzó a utilizar su brazo derecho nuevamente. De allí partió con una tropa comando hacia el Mont Saint-Michel, donde participó de la histórica liberación de más de 450 sacerdotes refractarios que estaban encerrados en la abadía.

Con el desastre de Savenay, el 23 de diciembre de 1793, las tropas monárquicas se dispersaron y Renée terminó media escondida llevando una guerra de guerrillas durante todo el invierno en compañía de veinte vendeanos, que finalmente lograron reagruparse con general Stofflet.

Al filo del peligro…

Luego de firmarse la falsa paz entre republicanos y vendeanos en La Jaunaye (febrero de 1795), Renée, sabiendo que no podía esperar nada bueno de sus enemigos, decidió ocultarse en los alrededores de Sainte-Christine, en el molino de Briffetières, donde llevó una vida clandestina durante dos años.

Traicionada por un aledaño de Poitevinière llamado Cholet, un día llegó a la granja una brigada de soldados guiados por él en busca del angevino. Pero Renée les salió al encuentro con su mejor disfraz: vestida de mujer. Golpeándole la espalda, Cholet le preguntó dónde estaba el sospechoso: “Si lo viese de cerca, -respondió ella con total seguridad- lo reconocería bien a ese bandido. Creo que anda por aquí, buscadlo…”, y mientras ayudaba a los azules a deshacer la cama y abrir los placares, disimuló el forro de su sable y el fusil que no había alcanzado a esconder.

Decepcionados por no haber encontrado nada, amenazaron con tomarle su caballo en prenda, pero ella les replicó: “¡Pertenece a mi Señor!”. “Te lo dejamos, si nos dices dónde está el angevino, contestó un azul. Más Renée no se iba a quedar callada: “¿Qué pretendéis hacer? Si la paz ya está firmada”. El jefe de la tropa, le aclaró: “La paz no es para él; tenemos orden de cortarlo en pedacitos donde lo encontremos”.

Renée

Bordereau, alias “el angevino”.

Mientras tanto, la guardia tomó los nombres de todos los que vivían en el molino y, sin reconocerla, la obligaron a acompañarlos hasta Chemillé, para recibir del alcalde un certificado de seguridad que les permitiría moverse sin mayores inconvenientes en la región. A cambio del preciado papelito, el comisario les pidió sus armas; cuando llegó el turno de Renée, respondió que no tenía ninguna y, peor aún, en caso de tenerlas, tampoco las entregaría. Se hizo un silencio incómodo, hasta que el comisario le dijo al oído: “Tu eres una brava, guárdalas si las tienes, yo también serví al rey en otro tiempo… continuad siendo siempre lo que sois”.

En Chemillé permaneció vigilada de muy cerca durante dos años sin ser descubierta, y hasta se dio el lujo de leer los carteles que ponían precio a su cabeza por 40.000 francos. Incluso el alcalde de Poitevinière, André Pataud, ofreció un plus de diferencia, 10.000 francos más de su propio bolsillo, a quien se la entregue en manos propias.

Tras las rejas

Fue capturada recién en 1804 en Argenton, esta vez vestida como soldado, pues se la acusó de haber ¡violado a la hija de un brigadier! Con ese motivo la llevaron hasta Bressuire donde la maltrataron como un vil “bandido” hasta que alcalde de Isernay, De Méran, intercedió por ella delante del juez revelándole su verdadera identidad femenina. Declarada inocente, se la dejó en liberad de inmediato.

Más la historia no terminó ahí. Renée siguió actuando en la clandestinidad contra Napoleón Bonaparte, persuadiendo a los jóvenes de no alistarse en el ejército imperial y rechazando reconocer a los sacerdotes del Concordato. Por ambas razones, fue arrestada nuevamente en 1809 y enviada a una prisión en Angers donde estuvo encerrada tres años en condiciones espantosas por ser una “mujer peligrosa y feroz, a la que es importante apartar de la sociedad”. Aun así, consiguió hacer un agujero en la celda con unas herramientas que le suministraron, esperando saltar desde un muro de más de 60 pies, pero fue descubierta antes y encerrada dos años más en el Mont-Saint-Michel junto a otros vendeanos: “usted ha estado siempre a la cabeza de los bandidos, ahora también lo estará”. Allí pasó sus peores días y noches a pan y agua, sin fuego ni abrigo. El padre Dancré pudo confesarla y darle los últimos sacramentos en un estado de postración total, casi sin poder hablar.

El premio merecido

Con la vuelta de Luis XVIII en 1814, la moribunda angevina no sólo recuperó la libertad sino las fuerzas para escribir, publicando sus Memorias ese mismo año. Al fin de cuentas, su anhelado sueño de ver con sus propios ojos la restauración monárquica se había hecho realidad: “Luego de tantas penas y sufrimientos, durante los cuales he perdido todo lo que poseía, creo que bien merecía tener la dicha de ver al rey y a toda la familia de los Borbones, a los cuales yo estoy y estaré siempre ligada, hasta mi último suspiro”.

Y finaliza su relato: “Agrego que dos de mis hermanos y seis de mis parientes cercanos que combatieron conmigo perecieron en la guerra. Uno de estos dos hermanos, muerto hace un año a consecuencias de las heridas de guerra, dejó dos niños que no tienen otro sostén que el mío. He aquí, mis queridas señoras, la vida que llevé en la Vendée y que os he contado lo mejor posible…

Vuestra muy humilde y obediente servidora, Renée Bordereau, la angevina”.

El esposo de la marquesa, Louis de la Rochejaquelein, la presentó personalmente a Luis XVIII, y en aquel inolvidable encuentro ella le pudo obsequiar un ejemplar de sus Memorias. A su vez, el rey le otorgó una pensión de por vida que le permitió vivir dignamente y mantener a sus sobrinos.

Durante los 100 días de Napoleón, la amazona vendeana no dudó en tomar nuevamente las armas. Y hasta fue sospechada por querer atentar nada menos que contra la vida del emperador, por lo cual la policía parisina ordenó su detención. A propósito, el mariscal Davout escribía: “Se dice que una mujer, llamada el angevino, que ha figurado por sus atrocidades en la guerra de la Vendée y que fue presentada en la antigua corte, ha dejado su región con la intención de llegar a París y atentar contra Su Majestad el Emperador. Si ella está en París, no puede ser más que con malas intenciones. La policía sabrá precaverse muy bien”. Ni atentó contra Napoleón, ni la encontraron en París.

Por el contrario, fue condecorada con la ‘Orden de Lis’ en 1815 por su alteza Luis XVIII y su hermano, el duque de Berry, futuro Carlos X, para que su heroico ejemplo perdure en el tiempo. De hecho, hasta hoy día se la recuerda como un héroe de la guerra de la Vendée e incluso, para quienes valoran su historia, es posible conseguir en algunas librerías católicas esta miniatura policromada del “bravo angevino”.

Ya al final de sus días, un vivillo en quien Renée había puesto su confianza para administrarle los quehaceres cotidianos, la engañó y logró despojarla de lo poco que le quedaba. Aunque a esa altura de su vida, o mejor dicho, de su muerte, poco y nada le importaba. Se durmió en la total indigencia, luego de una larga y dolorosa enfermedad, pacientemente soportada, que la apagó el 21 de julio de 1824 a los 58 años, cumpliendo fielmente la promesa que había hecho 30 años antes: sacrificar su cuerpo por el rey y ofrecer su alma a Dios.

Al fin y al cabo, es lo que realmente cuenta, Renée Bordereau luchó el buen combate, y concluyó su carrera guardando la fe. ¿Algo más se pude pedir? Sí, que en paz descanse.

Para terminar, demos la palabra al poeta y notario real, Paul Vallon, quien recreó en cuartetos magníficamente los últimos suspiros del angevino dirigidos al monarca:

Je vois enfin mon Roi ; son auguste présence
De vingt ans de travaux m’offre la récompense.
Daigne combler, grand Dieu ! mes vœux et mon espoir,
Puisse-je, en ce palais, dans trente ans le revoir.

La fidèle contrée où j’ai reçu le jour
Vous garantit par moi ses serments, son amour
Il est, dans ce pays qui renaît de sa cendre,
Des cœurs pour vous chérir, des bras pour vous défendre

Al fin veo a mi rey; su augusta presencia tras veinte años de trabajo me ofrecen la recompensa.

Digna de colmar, ¡gran Dios! mis deseos y mi esperanza, Y en este palacio pueda yo volver a verlo treinta años más.

La fiel comarca donde recibí la luz, os garantiza por mí sus juramentos, su amor

Está, en este país que renace de su ceniza, los corazones para amaros, los brazos para defenderos.

Para que no te la cuenten,

Marie de la Sagesse Sequeiros, S.J.M.

Bibliografía consultada:

– Mémoires de Rénee Bordereau dite L’angevin, touchant sa vie militaire dans la Vendée. (2018) Cholet, Ed. Pays & Terroirs.

– Rouchette, Thérèse (2015). Femmes oubliées de la guerre de Vendée. La Roche-sur-Yon, Ed. du CVRH

– Compte de Chabot (2016). Vendéennes & Chouannes. 1793-1832. Cholet, Ed. Pays –Terroirs.

http://shenandoahdavis.canalblog.com/archives/2013/05/20/27204764.html

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