¿Pero hubo alguna vez una excomunión de los cristianos por los judíos?

En la historia de la evolución del cristianismo hasta constituirse en el modo que lo conocemos hoy, una idea convertida en conducta nos resulta absolutamente familiar: la de la anatemización por la jerarquía cristiana de ciertos modos de contemplar la vida y el pensamiento en determinados grupos o comunidades igualmente cristianas, hasta conformar el dogma en el modo en el que lo conocemos. Así, a nadie con un pequeño conocimiento de los hechos se le escapa que el Concilio de Nicea (325), primero de los ecuménicos, excomulga a los arrianos; que el Concilio de Efeso (431) condena el diofisismo de Nestorio; que el Concilio de Calcedonia (451) el monofisismo de Eutiques; que el tercer Concilio de Constantinopla (680) excomulga a los monotelitas; que el cuarto concilio de lamisma ciudad condena a Focio y excomulga a las iglesias orientales (ortodoxos); que el tercer Concilio de Letrán condena a los cátaros o albigenses, que la bula “Decet Romanum Pontificem” (1521) excomulga a Lutero y el protestantismo… y así tantos ejemplos como se quieran aportar, que anatemas y declaraciones de herejía circularán entre los cristianos a centenares. Siempre con textos muy claros que dejan a la luz el momento preciso en el que se produce la excomunión, los términos en los que ésta tiene lugar y las razones que la requieren.

Así las cosas, cabe preguntarse: cuando fue el cristianismo la religión que se separó del tronco común convirtiéndose en la supuestamente herética, ¿se produjo en algún momento esa excomunión por parte de la “casa matriz”, la religión judía y sus jerarcas?

La cuestión, históricamente hablando, no aparece nítidamente identificada en ningún momento. Realmente no existe el acta, el documento, la “bula” que marque con toda claridad la fecha a partir de la cual, por las razones cuales, y en los términos tales, la jerarquía judía excomulga a los adeptos a la nueva religión que conforman lo que ya se conoce como “la comunidad cristiana”, la cual, a partir de circunstancia tal, pasa a constituir una herejía del judaísmo.

Así las cosas, son muchas las vías que se han ensayado para tratar de dotar de contenido a la cuestión. La primera lo ha hecho a partir de la lectura de los propios textos del Nuevo Testamento. La misma condena de Jesús por el Sanedrín que se recoge –y esto es importante señalarlo- en los cuatro Evangelios y de manera tangencial también en otros textos neotestamentarios, podría representar en sí una excomunión de sus seguidores. No menos lo representa la ejecución sumaria del protomártir Esteban, la posterior detención del colegio de apóstoles al completo y su juicio por el Sanedrín, los arrestos puntuales de algunos apóstoles, la ejecución, todavía por la autoridad judía, de Santiago el Mayor que narra Lucas en los Hechos de los Apóstoles o la de Santiago el Menor de la que nos da cuenta Flavio Josefo en su obra… Pero lo cierto es que aunque se trate de episodios claros, concretos y graves de persecución de la nueva doctrina, no parecen llevar aparejada excomunión de ningún tipo, y de ningún texto del Nuevo Testamento cabe deducir que los cristianos fueran excluídos de rezar en el Templo y aún de predicaren él. Sólo el episodio de Trófimo, discípulo de Pablo, que ya comentamos en su día (pinche aquí si le interesa el tema), permite atisbar algo parecido a una excomunión de los cristianos exteriorizada en su exclusión del Templo, pero a los efectos de una correcta interpretación del episodio, tampoco debemos desdeñar el hecho de que Trófimo no es judío, es un griego ajeno a toda tradición judía, cuya única conexión con la religiosidad judía viene a través de un personaje cuya devoción judaica ya es per se cuestionada, su maestro Pablo, a pesar de lo cual, ¡¡¡tampoco es excomulgado en ningún momento!!!

Excluída esta vía de excomunión nada convincente, se abren todavía otras dos para explicar esa posible excomunicacion de los cristianos por sus hermanos mayores judíos. La primera es un supuesto concilio judío celebrado en Jamnia o Yavhne, dos nombres de la misma ciudad situada sobre la costa palestina unos 50 kilómetros al oeste de Jerusalén, en la cual podría haberse pronunciado el anatema.

La historia reza como sigue. Producida la destrucción del Templo y de la práctica totalidad de Jerusalén y hasta de Palestina con la derrota judía en la Guerra Judeo-romana en el año 70, el rabino Yohanan ben Zakai, considerado en la historiología como el verdadero salvador del judaísmo en la fatal circunstnaciua de la derrota total, consigue una postrer concesión por parte del poder imperial para reunir en la ciudad de Yavne o Jamnia tanto un residual colegio de rabinos como una suerte de remedado sanedrín para la administración de la población judía que permanece en la región (muy poca en realidad, habida cuenta de la gran cantidad de judíos que Roma esclaviza y los que motu proprio inician una nueva diáspora de las muchas que se producen durante la historia judaica).

Pues bien, en ese ámbito, hacia el año 80 -o tal vez el 90-, se habría producido una especie de concilio en el que junto a la determinación del canon de los libros judíos (el que más-menos en el ámbito cristiano se denomina Antiguo Testamento) se habría producido también la definitiva excomunión de los cristianos. El delito definitivo, tal vez, la nula implicación de la secta nazarena en el defensa de Jerusalén -y más genéricamente en las guerras judeo romanas-, algo que por otro lado, casa bien con la información de la que nos provee Eusebio de Cesarea en su Historia Eclesiástica, en el sentido de que para desvincularse totalmente de la guerra y de la suerte de la Ciudad Santa, los cristianos se habrían retirado a una urbe en la región de Perea denominada Pella.

La historia, hasta donde uno conoce, parece fundamentarse en la tradición oral pero carece de mayor fundamento en cualquier otro tipo de fuente y desde luego, no es comúnmente aceptada ni siquiera por todos los exégetas judíos.

La segunda está relacionada con la llamada Amidá, apócope de Tefilat ha-Amida (oración de pie) o Shemoné Esré (las dieciocho bendiciones, aunque realmente sean diecinueve), de las que la duodécima, que pide a Dios que destruya a los herejes (minuth) y traidores al judaísmo, estaría directamente relacionada con los cristianos, representando una suerte de anatema contra ellos.

La definición y la práctica de la Amidá parece hundir sus raíces en el mismo período en que se produce la derrota judía en la Guerra Judeo-romana, la destrucción del Templo y la emigración del colegio rabínico a Jamnia. Más cuestionable es que ese anatema genérico que bien podrían haberse aplicado entre sí fariseos, saduceos o esenios en cualquiera de las combinaciones imaginables, o los judíos jerosolimitanos contra los helenizados de cualquier ciudad del imperio desde Tarso hasta Roma pasando por Alejandría o al revés, represente un anatema específico contra la secta nazarena que como tal, deban entender todos los judíos en una suerte de lenguaje críptico reservado a los más iniciados.

Lo más razonable después de todo es que mientras se levantan las cartas y aparecen las pruebas definitivas del pronunciamiento claro y temprano de un anatema contra los cristianos, cosa que podría ocurrir en cualquier momento, -los descubrimientos históricos y arqueológicos se están produciendo a una velocidad inimaginable- aceptemos que a estas alturas desconocemos aún en qué momento, -y eso si es que efectivamente lo hizo-, la jerarquía judía excomulgó a la naciente y algo más que prometedora secta nazarena, cuándo lo hizo y algo no poco importante, en qué términos, pues ni siquiera sería totalmente descartable que un tipo de cristianos, -los paulinos, pongo por caso-, hubieran sido excomunicados, mientras que otros, -los santiaguinos, por qué no-, no lo hubieran sido.

Que hagan Vds.mucho bien y que no reciban menos.

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