Opus Dei: “el Papa me pidió que nos dedicá-ramos a las periferias de las clases medias”

Tras la muerte de monseñor Javier Echevarría el 12 de diciembre de 2016, fue elegido el 23 de enero de 2017 por el Congreso general nuevo prelado del Opus Dei, Monseñor Fernando Ocáriz, tercer sucesor de Escrivá después del beato Álvaro del Portillo y del propio Echevarría. La Prelatura del Opus Dei cuenta hoy con unas 92.900 personas en todo el mundo, el 70% casados, y con mayoría de mujeres (57%). Los sacerdotes son 2.095, a los que se añaden los 1.900 pertenecientes a la Sociedad sacerdotal de la Santa Cruz incardinados en diversas diócesis del mundo.

La mayor parte de los miembros del Opus Dei reside en Europa (52 mil) y en América (31 mil). El Opus Dei realiza sus actividades apostólicas en 70 Países, donde sus miembros animan, junto a sus amigos, colegios, iniciativas sociales, centros para familias, obras caritativas. Se han difundido por todo el mundo en millones de copias los clásicos de espiritualidad de san Josemaría: desde «Camino» a «Surco» y «Forja» hasta las colecciones de homilías («Amigos de Dios», «Es Cristo que pasa») además de la más célebre, «Amar al mundo apasionadamente».

El Opus Dei alcanza este año la meta de sus primeros noventa años, fundado en Madrid el 2 de octubre de 1928 por san Josemaría Escrivá, entonces sacerdote de 26 años con muchas esperanzas en el corazón y la predisposición de acoger una voluntad de Dios que presagiaba sin conocerla. Pedía verla. Y aquella mañana «vio» –como él mismo contó después– laicos de toda edad y condición social santificarse en la normalidad de su vida.

Hoy parece obvio –aunque no lo es si el Papa debe escribir una Exhortación apostólica como la Gaudete et exsultate para recordarlo–, pero entonces era una auténtica revolución. Tercer sucesor de aquel “cura revolucionario”, declarado santo en 2002, monseñor Fernando Ocáriz está al frente de la Prelatura personal desde el 23 de enero de 2017. Y mientras el calendario litúrgico recuerda a Escrivá, reflexiona sobre esta ya “jovencísima” institución al servicio de la Iglesia.

¿Aquella “visión” de hace noventa años puede decirse hoy realizada?

La inspiración sobre la santificación de la vida ordinaria y sobre el papel de los laicos está hoy cada vez más en el corazón de la Iglesia, aunque no sea una “exclusiva” de nadie. La Obra se realiza en la respuesta generosa de cada persona en cada momento de la historia. Desde 1928 se ha difundido en todos los continentes, ha aumentado la variedad de fieles en edad, condición social, nacionalidad. Pero luego, hace falta que, concretamente, aquella visión se realice en la vida de cada uno, y se haga presente en las cambiantes circunstancias de cada época.

¿Qué significa hoy para un laico buscar la santidad en la sociedad digital, surcada por profundos cambios de mentalidad y costumbres?

Entre otras cosas, significa sembrar el mundo digital de amistad, superando así el riesgo de la despersonalización: cada persona es importante, porque Jesucristo murió y resucitó por cada uno de nosotros. Las relaciones auténticas empiezan cuando se ve a personas concretas en el centro de toda interacción, aunque a menudo, en las conversaciones digitales, no las tengamos delante.

Luego, compartir contenidos de valor, sin sustituir la cultura por una mera información. Y para eso hay que estudiar, reflexionar, rezar, escuchar. Los cristianos deberíamos infundir, entre otras cosas, serenidad en el veloz flujo de lo digital. Finalmente, vivir coherentemente, con unidad de vida, sin dobleces: no se puede pretender ser ciudadano modelo y buen cristiano offline y luego actuar online sin frenos inhibidores, sin caridad ni prudencia en los modos.

Usted asumió la guía del Opus Dei hace más de un año. ¿En qué dirección está orientando la Prelatura?

Quisiera vivir la paternidad espiritual y la cercanía a las personas, sobre todo a las del Opus Dei, porque son las que la Iglesia me ha confiado de modo particular. Llevarles el cariño y el empuje evangelizador que nos trasmitieron san Josemaría y sus sucesores.

La prioridad es ayudar a cada laico y sacerdote de la Prelatura a recomenzar siempre desde la contemplación de Jesucristo. Animarles a servir a la Iglesia en las circunstancias ordinarias de su vida: en el trabajo, en la familia, en las relaciones sociales, para que, como testigos de la alegría del Evangelio, ayuden a descubrir el amor de Cristo en esos ambientes.

El último Congreso general del Opus Dei ha identificado como direcciones prioritarias, entre otras, la labor de evangelización en el campo de la familia, de los jóvenes y de los más necesitados, tanto en el cuerpo como en el espíritu. En el Opus Dei queremos continuar promoviendo iniciativas que ayuden a aliviar las necesidades concretas de este mundo nuestro herido y, a través de ellas, trasmitir el consuelo de Dios.

¿Qué “periferias” esperan a los miembros de la Prelatura?

Hace un tiempo, el Papa Francisco me pidió que nos dedicáramos a las periferias de las clases medias. En nuestra sociedad de bienestar a veces tendemos a reducir el concepto de periferia a algunas zonas pobres de África, Asia o América, o a las grandes barriadas populares fuera de los centros de nuestras ciudades.

Ciertamente es necesario ocuparse de aliviar las penurias y necesidades en esos lugares; doy gracias a Dios por la generosidad de muchas personas del Opus Dei y de sus amigos que, como tantos otros católicos, llevan adelante iniciativas de tipo educativo o asistencial en esas periferias, como el «Eastlands College of Technology», escuela de formación profesional recién inaugurada en uno de los barrios más pobres de Nairobi.

Pero pienso que con aquella petición, el Papa quería recordar que la periferia está también en el amigo o colega de trabajo que está todos los días junto a nosotros, en cualquier ciudad italiana, pero está alejado de Dios, o está pasando una crisis familiar, o no halla respuesta a la pregunta sobre “cuál es el sentido de esta vida”.

¿Cuál es la propuesta de vida que el Opus Dei presenta hoy a un joven?

Recuerdo la respuesta que dio san Josemaría a un joven: «Vuestros deberes de cristianos se pueden reducir a ser leales. No es leal el que no tiene consigo mismo, contra sí mismo, una lucha. Esté donde esté (…). Los estudiantes a estudiar. Los que trabajan a trabajar. Y a trabajar sin quitar el hombro, con empeño (…). Te miro y hacen falta gentes como tú en el mundo. Que en tu ambiente, en tu trabajo, en tu familia, en el lugar donde haces tu vida, en el sitio donde te diviertes, seas recio, agradable y cristiano»

Se trata de proponer a los jóvenes el ideal de la santidad –seguir a Jesús– en la vida ordinaria, hecha de estudio, de amistades, de trabajo, de servicio, haciéndoles conscientes de que el mundo, y con él la Iglesia, estará pronto en sus manos. Por eso deben recibir formación humana y cristiana y, al mismo tiempo, sentirse mirados con esperanza y confianza. El punto central es ayudarles a conocer a Cristo, a tratar a Cristo, a amar a Cristo, en sus circunstancias ordinarias.

Otro ámbito neurálgico de la sociedad y de la Iglesia es la familia. ¿Qué pide a los miembros y amigos del Opus Dei en este campo?

Que den un testimonio positivo, principalmente con su perseverancia en el amor. Ser fieles a Dios o a una persona es algo que hay que renovar todos los días. A veces lo haremos fácilmente, otras con esfuerzo. Hay que desear y buscar el bien de los demás.

En la familia, ese “bien” exige aceptar al otro como es, saber renunciar a las propias opiniones, notar las señales de cansancio, encontrar tiempo y temas para hablar, dejarse de quejas, etc.

Estos hechos, sencillos pero que en ciertos periodos pueden ser heroicos, mostrarán que nos importan las personas, a las que nunca queremos considerar como objetos caducados o defectuosos que se puedan “sustituir” cuando ya no nos sirven.

Una familia que no se rinde ante las dificultades, y donde tanto los padres como los hijos buscan el consejo de Dios para conocer y querer el bien de los demás, es un gran apoyo para la Iglesia y para la sociedad.

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