Müller: «la intención es condenar la forma extraordinaria a la extinción a largo plazo»

TCT / InfoCatólica

El cardenal Gerhard Mueller, prefecto emérito de la Congregación para la Doctrina de la Fe, ha escrito un artículo sobre el motu propio Traditionis Custodes en el que constata que el papa Francisco quiere acabar con la Misa tridentina. El cardenal sigue llamando a esa Misa «forma extraordinaria» del rito latino a pesar de que el Pontífice ha indicado que solo existe una forma de dicho rito que es el Novus Ordo.

El cardenal indica en su artículo que en la carta a los obispos explicando el motu proprio, «el papa Francisco intenta explicar los motivos que le han llevado, como portador de la suprema autoridad de la Iglesia, a limitar la liturgia en forma extraordinaria».

Müller muestra su deseo de que dicha carta se hubiera presentado «una argumentación teológica estricta y lógicamente comprensible» ya que «la autoridad papal no consiste en exigir superficialmente a los fieles la mera obediencia, es decir, una sumisión formal de la voluntad, sino, mucho más esencialmente, en permitir que los fieles también se convenzan con el asentimiento de la mente. Como dijo San Pablo, cortés con sus corintios a menudo bastante rebeldes, «en la iglesia prefiero hablar cinco palabras con mi entendimiento, para enseñar también a otros, que diez mil palabras en lengua desconocida» (1 Cor 14:19).

El purpurado alemán deja entrever que el Papa cita el CVII de forma incorrecta: «Por muy bienvenidas que sean las referencias al Vaticano II, hay que tener cuidado en que las afirmaciones del Concilio se utilicen con precisión y en su contexto».

Y a continuación da un ejemplo de mal uso de uno de los textos conciliares en la carta del Papa, concretamente una cita de San Agustín en la Lumen Gentium.

El cardenal recuerda que «después del Concilio de Trento, siempre hubo una cierta diversidad» en la liturgia porque «la intención del Papa Pío V no era suprimir la variedad de ritos, sino más bien frenar los abusos que habían conducido a una devastadora falta de comprensión entre los reformadores protestantes respecto a la naturaleza del sacrificio de la misa (su carácter sacrificial y la presencia real)»

Igualmente advierte que «la Iglesia romana no debe traspasar su responsabilidad sobre la unidad en el culto a las Conferencias Episcopales. Roma debe supervisar la traducción de los textos normativos del Misal de Pablo VI, e incluso de los textos bíblicos, que podrían oscurecer los contenidos de la fe».

El prefecto emérito para la Congregación para la Doctrina de la Fe da la razón al Papa sobre la obligatoriedad de reconocer incondicionalmente el Concilio Vaticano II: En Traditionis Custodes, el Papa insiste con razón en el reconocimiento incondicional del Vaticano II. No puede llamarse a sí mismo católico nadie que quiera volver atrás del Vaticano II (o de cualquier otro concilio reconocido por el Papa) como el tiempo de la «verdadera» Iglesia o que quiera dejar atrás esa Iglesia como paso intermedio hacia una «nueva Iglesia».

Pero al mismo tiempo advierte: Se puede medir la voluntad del papa Francisco de devolver a la unidad a los deplorados llamados «tradicionalistas» (es decir, a los que se oponen al misal de Pablo VI) con el grado de su determinación de poner fin a los innumerables abusos «progresistas» de la liturgia (renovada de acuerdo con el Vaticano II) que equivalen a una blasfemia. La paganización de la liturgia católica -que en su esencia no es otra cosa que el culto al Dios Uno y Trino- a través de la mitologización de la naturaleza, la idolatría del medio ambiente y del clima, así como el espectáculo de la Pachamama, fueron más bien contraproducentes para la restauración y renovación de una liturgia digna y ortodoxa que refleje la plenitud de la fe católica.

Igualmente denuncia el ataque a la fe en Alemania: «Nadie puede hacer oídos sordos al hecho de que incluso aquellos sacerdotes y laicos que celebran la misa según el orden del Misal de San Pablo VI son ahora ampliamente tachados de tradicionalistas. Las enseñanzas del Vaticano II sobre la unicidad de la redención en Cristo, la plena realización de la Iglesia de Cristo en la Iglesia Católica, la esencia interna de la liturgia católica como adoración de Dios y mediación de la gracia, la Revelación y su presencia en la Escritura y la Tradición Apostólica, la infalibilidad del magisterio, la primacía del Papa, la sacramentalidad de la Iglesia, la dignidad del sacerdocio, la santidad y la indisolubilidad del matrimonio… todo esto está siendo negado heréticamente en abierta contradicción con el Vaticano II por la mayoría de los obispos y funcionarios laicos alemanes (aunque se disfrace bajo frases pastorales)».

El cardenal acierta al explicar lo que el Papa ha hecho con su motu propio: «Sin la más mínima empatía, se ignoran los sentimientos religiosos de los (a menudo jóvenes) participantes en las Misas según el Misal Juan XXIII. (1962) En lugar de apreciar el olor de las ovejas, el pastor aquí las golpea con fuerza con su cayado. También parece simplemente injusto abolir las celebraciones del rito “antiguo” solo porque atrae a algunas personas problemáticas: abusus non tollit usum (ndr: el abuso no impide el uso)».

En cuanto a la actitud en general de los obispos, el cardenal da su parecer, asegurando que «un poco más de conocimiento de la dogmática católica y de la historia de la liturgia» podría «salvar a los obispos de la tentación de actuar de forma autoritaria, sin amor y con estrechez de miras contra los partidarios de la misa «antigua»».

Y advierte: «Los obispos son designados como pastores por el Espíritu Santo: «Velad por vosotros mismos y por todo el rebaño del que el Espíritu Santo os ha hecho capataces. Sed pastores de la Iglesia de Dios, que él ha comprado con su propia sangre». (Hechos 20, 28) No son meros representantes de una oficina central, con oportunidades de ascenso. El buen pastor puede ser reconocido por el hecho de que se preocupa más por la salvación de las almas que por recomendarse a sí mismo a una autoridad superior mediante el servil «buen comportamiento». (1 Pedro 5, 1-4) Si todavía se aplica la ley de no contradicción, no se puede lógicamente fustigar el arribismo en la Iglesia y al mismo tiempo promover a los arribistas.»

Por último, el cardenal que ocupó en la Curia el cargo de velar por la promoción y la defensa de la fe, muestra su deseo de que las Congregación para el Culto Divino y para la Vida Consagrada no se lance al extermino de los institutos tradicionalistas que dependían de Eclesia Dei:

Esperemos que las Congregaciones para los Religiosos y para el Culto Divino, con su nueva autoridad, no se embriaguen de poder y piensen que tienen que emprender una campaña de destrucción contra las comunidades del viejo rito, en la insensata creencia de que al hacerlo están prestando un servicio a la Iglesia y promoviendo el Vaticano II.

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