Mártires de Argelia; el postulador: “Beatos del diálogo y de la simplicidad”

Luca Attanasio / Vatican Insider

 

«A más de 20 años de distancia, muchísima gente, principalmente de religión musulmana, sigue yendo en peregrinaje a las tumbas de los cristianos asesinados en Argelia. Hay casi una formad e devoción, de reconocimiento hacia estos mártires en medio de un pueblo martirizado, argelinos con argelinos». Son intensas las palabras que el trapista padre Thomas Georgeon, postulador de la causa de beatificación de los 19 religiosos asesinados entre 1994 y 1996 durante la violenta guerra civil argelina que provocó más de 200 mil muertos, pronuncia para describir el significado de una presencia amigable que ni siquiera su terrible fin ha podido interrumpir. El próximo sábado 8 de diciembre, los 19 mártires, que pertenecían a familias religiosas, serán proclamados beatos en el Santuario de Nuestra Señora de Santa Cruz, en Orán, Argelia.

«Yo creo que es muy significativo que el Papa Francisco haya querido referirse a la historia de los monjes de Thibirine en la exhortación apostólica “Gaudete et exsultate” sobre la santidad. Subrayó que se trató de un camino comunitario en el que para discernir se ponían juntos a escuchar el espíritu con el fin de comprender bien qué es lo que el Señor deseaba. Los 19 religiosos vivieron esta experiencia en un contexto muy particular, el de la guerra, pero creo que es cierto para cada uno de nosotros en nuestras decisiones. Simplemente vivían en medio de la gente ofreciendo el testimonio de que cierta forma de debilidad, de pobreza, se puede transformar en un signo para el mundo».

Usted pertenece a la misma orden trapista de los siete monjes de Thibirine. ¿Qué sitio ocupa esta experiencia original dentro de la congregación?

Al principio no fue una relación simple; algunos superiores, por ejemplo, se preguntaban: “Pero, ¿qué estarán haciendo en esa localidad tan lejana? ¿Qué sentido tiene estar sumergidos en un país completamente musulmán?”. Pero ellos estaban precisamente ahí porque esa manera de vivir acerca a la gente, hace que surja el sentido cristológico, la vida y la muerte, oración, trabajo de la tierra para sacar adelante la empresa que daba empleo a muchos en la zona. Compartían los terrenos con padres de familia musulmanes que vivían cerca de donde vivían ellos. No estaban en Thibirine por casualidad, cada uno de ellos había decidido ir a ese monasterio: algunos atraídos por la pequeñez y la pobreza de la comunidad, otros porque era un monasterio sumergido en una tierra islámica y creían que era una manera directa para hacer presente a Cristo y vivir una convivencia y una fraternidad auténticas. Creían mucho en el diálogo interreligioso, pero muy simple, diálogo en la vida cotidiana: son beatos de la simplicidad.

Usted, además de ser el postulador, escribió el volumen “Nuestra muerte no nos pertenece”, un texto que cuenta las vidas de los 19 mártires, miembros de ocho órdenes diferentes. ¿Qué tipo de Iglesia representaban?

El cardenal Duval, ex-arzobispo de Argel, creía mucho en la amistad con los musulmanes y después de la independencia dijo claramente: “Debemos convertirnos en una Iglesia argelina, una Iglesia principalmente de amistad y después de servicio al más pobre, a los chicos, a las mamás y a las familias”. El primer objetivo era el de estar en medio de la gente y favorecer el diálogo y el encuentro pacífico. El obispo de Orán, Pierre Claverie, asesinado el primero de agosto de 1996, por ejemplo, era verdaderamente un hombre del diálogo, un hombre que trataba de hacer que crecieran todas las personas con las que se encontraba. Era un verdadero pastor. El día de su funeral, recuerdo que una mujer musulmana repetía: “han asesinado a nuestro Obispo”. Los 19 mártires eligieron compartir la vida del pueblo, no podían y no querían irse. Cuando veo el compromiso de las autoridades argelinas en la preparación de la ceremonia de beatificación, creo que se trata de un signo claro de la manera en la que estas mujeres y estos hombres son percibidos como parte de la historia del país.

En este sentido es muy importante que en el ícono de la beatificación aparezca, por primera vez, un fiel musulmán, el chofer de monseñor Claverie…

El caso de Mohamed Bouchiki es altamente simbólica. Podemos decir que representa el nudo central de la causa de beatificación, es la clave de lectura, la sangre de un musulmán mezclada con la de un cristiano. Poco tiempo antes de que fuera asesinado, monseñor Claverie le dijo a un sacerdote de su diócesis que incluso por un hombre como Mohamed valía la pena permanecer, a pesar de conocer las amenazas y riesgos de muerte. El mismo Mohamed conocía el riesgo que corría ofreciendo sus servicios a un cristiano extranjero, y mucho más a un obispo. Después de su muerte, se encontró un pequeño cuaderno con el testamento de este chico de 22 años: una página muy densa que presenta un eco desconcertante con el testamento de Christian De Chergé, prior de la abadía de Tibihrine: “Pido perdón a quien escuchó salir de mi boca una mala palabra debido a mi joven edad. Agradezco por todo lo que he recibido y, en este día, quiero acordarme de todo el bien que he hecho en mi vida; que Dios, en su omnipotencia, permita que yo me le someta y me ajuste a su ternura”.

¿Qué ha pasado con el monasterio de Thibirine después de los siete monjes trapistas?

Desde hace dos años hay una pequeña comunidad del Chemin Neuf, compuesta por cuatro miembros. Prosiguen con la obra del padre Jean Marie Lassausse, que se ocupó extraordinariamente, por más de 15 años (de 2001 a 2016), del monasterio. Hizo un trabajo verdaderamente extraordinario, porque lo mantuvo y porque lo convirtió en una casa que vive, no en un museo. Ese pequeño lugar se ha convertido en meta de peregrinaje y lo más extraordinario es que el 95% de los peregrinos son musulmanes que quedaron profundamente sorprendidos por la presencia gratuita de esos hombres de oración. Hay mucha gente que va a rezar a la tumba de los monjes, muchísimos visitan la tumba de fray Luc, que era un médico, porque algunos de sus familiares recibieron sus cuidados. Hay una forma de devoción, de reconocimiento. Como los otros 12, fueron una sola cosa con ese pueblo martirizado. Si no se hubieran verificado ni el secuestro ni su asesinato, el mundo nunca habría escuchado hablar sobre Tibhirine: un silencio que se ha convertido en palabra para el mundo.

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