«Los perseguirán»: Mons. Ricardo Tobón Restrepo

No es tarea breve hacer el recuento de las oposiciones, los ataques y las persecuciones que, por diversas caudas y desde distintos frentes, ha sufrido la Iglesia a lo largo de los dos mil años de su historia. En realidad, se ha cumplido el anuncio de Jesús a sus primeros discípulos “Si me han perseguido a mí, los perseguirán también a Ustedes” (Jn 15,20). Actualmente, se constata que una serie de las mismas maniobras y estrategias contra la Iglesia, en diversos países, revela un especial interés por oscurecer su imagen e impedir su misión. Es como una especie de conspiración política y cultural.

No se trata de una crítica constructiva que nos sería muy útil para corregir nuestras múltiples y a veces graves fallas. Es, más bien, el propósito de difundir visiones deformadas de lo que somos, amplia publicidad de delitos o pecados de algunos sacerdotes, afán de legalizar prácticas contra la moral cristiana, empeño en reducir espacios de participación y posibilidades de acción de la Iglesia. Pareciera que se quisiera hacer ver su presencia como innecesaria, su doctrina como una propuesta desfasada para el momento y su actuación como un residuo del pasado que debe desaparecer.

A la raíz de los ataques a la Iglesia están, en primer lugar, nuestros pecados. La falta de coherencia moral, de unidad eclesial y de pasión apostólica de muchos de nosotros hace que seamos, según lo enseñó Jesús, sal que ya no da sabor y no sirve sino para que la pise la gente (cf Mt 5,13). Otra causa está en que los hijos de este mundo siguen siendo más astutos que los hijos de la luz (cf Lc 16,8) y mientras ellos se empeñan unidos y constantes en sus fines, nosotros no logramos presentar el incuestionable ideal del Evangelio como una lámpara, a la vez humilde y potente, que llena de sentido y de esperanza la vida de los hombres.

Se persigue también a la Iglesia porque estorba su mensaje, fastidia su testimonio, es inoportuna su autoridad. El egoísmo, la codicia, la mentira, la lascivia, la soberbia, la frivolidad con que quiere estructurarse y vivir la sociedad actual, no soportan los ideales grandes y las propuestas exigentes que requiere un proceso personal de permanente creación de sí mismo y de constante donación por los demás. Se cumple, una vez más, la palabra de Jesús: cuando echamos las perlas a los puercos, ellos las pisotean con sus patas y se vuelven y nos despedazan (cf Mt 7,6).

Ante la persecución a la Iglesia que hoy, como se ha comprobado, es más feroz y refinada que en los primeros siglos del cristianismo, por cuanto se da en todas partes y con nuevos medios, nos podemos huir cobardemente, ni quedarnos indolentes, ni entrar en el desaliento, ni vivir en el desencanto y la desesperanza. Hay que ver en esta realidad un llamamiento urgente de Dios a purificarnos, a buscar seriamente la santidad. Este sufrimiento no puede ser inútil; todos lo tenemos que sentir y aprovechar positiva y fructuosamente.

De otra parte, tenemos que crecer en un verdadero amor a la Iglesia. No nos podemos quedar con una imagen equivocada que piensa que estamos en ella para recibir honores y prebendas, tampoco podemos escandalizarnos por sus debilidades y hasta por la propia impotencia, menos podemos caer en la práctica fácil de responsabilizar a los demás y aun de ayudar a los perseguidores. Amar a la Iglesia es saber que todos somos el cuerpo del Señor a la vez crucificado y glorificado; que estamos aquí para comprometernos valientemente con su misión de anunciar el Reino de Dios; que podemos vivir seguros, pues los poderes del mal y de la muerte no prevalecerán contra ella (cf Mt 16,18)

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