La unción sacerdotal, fuente de esperanza

Mauricio Vélez / Obispo Auxiliar de Medellín

 

Nuestro sacerdocio, don de Dios, es ante todo, un encontrarnos con el misterio de Jesucristo que nos eleva hacia sí, y nos exige entrega, compromiso y amor; por ello, siempre estamos viviendo un sacerdocio renovado. Solo Él puede decir: “Esto es mi Cuerpo. Esta es mi Sangre” (Mt, 26, 26-30); pero, el misterio del sacerdocio en la Iglesia es relevante, porque nosotros, sus ministros, en virtud de la ordenación sacerdotal podemos hablar “in persona Christi”, y no podemos perder de vista -para que el misterio se perpetúe -, que es Jesucristo quien ejerce su sacerdocio en y con nosotros.

Necesitamos regresar continuamente, con todo nuestro ser, al momento en que Él nos impuso las manos y nos las consagró, para que en el mundo ellas se transformaran en las suyas. Nuestras manos fueron ungidas con el Santo Crisma, que es el signo del Espíritu Santo y de su fuerza, que nos convirtió en instrumentos de su acción para acompañar al ser humano y orientarlo hacia la esperanza, cuya fuente inagotable es Dios (Hb. 10, 16-23).

Así, consagrados, Él nos envía por todos los caminos a testimoniar su real presencia en el insondable y transformador misterio de la Eucaristía. Nos alerta diciéndonos: “Tú me perteneces”. “Tú estás bendecido por mis manos de Padre; acompañado por mi incondicional amor de hermano; protegido por los impulsos de mi corazón que no cesan de vigorizarte en el incansable ejercicio de tu ministerio de salvación”. “¡Tú eres mi Iglesia!

Mediante nuestra ordenación sacerdotal, que es todo un itinerario existencial, nos encontramos con el Señor y escuchamos su invitación: “¡Sígueme!” (Lc. 9, 23-24), y lo seguimos, y lo seguiremos haciendo a través de nuestra vida comprometida: unos, con decisión; otros, con vacilaciones; algunos, con alegría; otros, con temor, o con entusiasmo, o con condiciones; unos, con fe; otros, con desesperanza. Lo cierto es que, en algún momento de nuestra respuesta al llamado de Dios, nos hemos sentido como Pedro después de la pesca milagrosa: sobrecogidos ante su divinidad, su grandeza, generosidad y amor. Cuántas veces hemos gritado en nuestro interior:

“¡Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador!” (Lc. 5, 8). Ha llegado el tiempo de confiar plenamente en Dios para dar esperanza a quienes nos necesitan, porque Él sigue hablándonos: “No temas porque yo estoy contigo” (Is. 41, 10). Es el tiempo para volver a fijar nuestra mirada en El y extender nuestras manos para que asidas a las suyas, recobremos la confianza y alimentemos la esperanza.

Así no perderemos el rumbo, y tendremos la Luz Divina para ponernos, esperanzados y seguros, al servicio de la vida que es más fuerte que la muerte; a propagar el amor que es más vital que el odio; a encender la luz que ha de disipar la oscuridad; a fortalecer el estado de gracia para vencer el pecado; a ejercitar la fraternidad que vigoriza la vida perdida en el aislamiento; a practicar la justicia que ha de ubicarnos en el respeto al otro y en la defensa de su ser, que solo pertenece a Dios.

La Misa Crismal nos ayuda a tomar conciencia de lo que somos y representamos; nos pone en condiciones limpias y honestas para poder decirle a Dios: “No permitas que nos separemos de ti”.

Este rito de la consagración nos alienta a renovar nuestras promesas, a sentir el amor de Dios hacia nosotros, a exaltar el valor de la fraternidad sacerdotal, a tomar conciencia de nuestra Iglesia, a comprender que somos administradores de los misterios de Dios (1 Cor. 4, 1); a valorar la ordenación sacerdotal; a reconocernos pecadores, siempre necesitados de Dios; a sentir que solo somos hijos de Dios, enviados a anunciar la Buena Noticia a los hombres (Lc. 10, 1-11).

La Misa Crismal nos devuelve a Dios; nos urge a llenarnos de su ser y a acrecentar nuestra confianza en Él para depositar en el corazón de nuestros fieles la esperanza en Cristo Resucitado. Juan María Vianney, lo sabemos, no era un docto ni un intelectual, pero, con su humilde y fehaciente discurso llegaba al corazón de la gente, porque él mismo había sido tocado por Dios en su corazón.

Vivamos con alegría la Misa Crismal y dejemos que sea Dios quien toque nuestros corazones y nos dé fortaleza y perseverancia para ser sacerdotes dadores de esperanza.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *