La parábola del Papa y el gitano

En medio de gran fanfarria mediática, Su Santidad recibió en audiencia privada a Imer Omerovic y a su familia, pobres gitanos bosnios rechazados por los vecinos del barrio obrero romano donde se les había concedido una vivienda social.

Era un caso de libro de rechazo xenófobo del que una de las formaciones de la coalición de gobierno en Italia, el Movimiento 5 Estrellas, hizo bandera en su día, la perfecta víctima de esa ‘cultura del descarte’ contra la que fulmina el Santo Padre. Pero ahora se ha sabido que quizá, tal vez, los vecinos tuvieran contra Imer algo diferente de su condición de gitano y extranjero, a saber: que recibiera una vivienda social gratuita cuando tiene a su nombre 27 automóviles de alta gama.

¿Es importante en sí misma esta noticia? No, en absoluto. ¿Es de algún modo responsable Francisco de que le hayan dado gato por liebre? Para nada, naturalmente. Pero si traemos aquí esta noticia es por el valor que tiene esta anécdota como parábola ilustrativa de uno de los aspectos más problemáticos de las opciones políticas que defiende obsesivamente el Papa con un lenguaje más o menos evangélico.


Esta misma semana, Su Santidad ha recordado cómo los Hechos de los Apóstoles recogen el modo de vida de los primeros cristianos, que vivían juntos y cuanto tenían lo repartían equitativamente en la comunidad, haciendo notar que así deberíamos vivir los cristianos.

De hecho, no solo no es así como vivimos hoy los católicos que no hemos sido llamados a la vida conventual, sino que la Iglesia, a lo largo de la historia, no ha pretendido en ningún momento que así sea. Es más, ha condenado como herejes a algunos que tal pretendían, y obligado incluso a San Francisco de Asís a aceptar una regla menos exagerada en este sentido que la que pretendía originalmente.

Cuando el Papa demanda, para luchar contra el Cambio Climático, una autoridad supranacional a la que deban someterse todos los Estados, o cuando aboga por una apertura de las fronteras europeas a todos los que quieran entrar procedentes del Tercer Mundo, refugiados o inmigrantes económicos, legales o ilegales, en la esperanza de un enriquecimiento cultural y una armonía que de algún modo no afecte a nuestras raíces, parece partir de un mundo, de una humanidad, que no ha caído, libre del pecado original y capaz, al menos, de un cambio revolucionario en su naturaleza que no exija el Fin de los Tiempos.

De hecho, sus ingenuas prescripciones son perfectamente adecuadas para ese mundo edénico en el que se recuestan juntos el león y la gacela del que a veces parece hablar, pero son potencialmente desastrosas para el mundo real, con personas reales; para ese mundo real donde los gobernantes deben tener en cuenta cosas como que los ciudadanos rara vez pagarían los impuestos si no se les obligase, y plantearse el uso de la fuerza policial y construir cárceles. Y muros, físicos o metafóricos.

El gobernante debe tomar medidas para una comunidad real, de hombres y mujeres reales, y entre esas medidas, los ‘muros’ no son necesariamente la consecuencia del egoísmo, ni tampoco el síntoma de una paranoia incomprensible, sino del conocimiento de la naturaleza humana, la gestión de recursos limitados, la prevención de un previsible caos social… Y consciencia de que, a menudo, las cosas no son lo que parecen ni las personas lo que dicen ser, y que incluso hay ‘pobres’ con 27 coches de alta gama que no tienen escrúpulos en recibir una vivienda social a costa de los contribuyentes.

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