La nueva manera de ser Iglesia no sucederá sin los laicos

Este artículo ha sido publicado por la Revista CLAR (Año LVI-N°4 / Octubre – Diciembre 2018; pag. 39-45), y es de autoría de Gabriel Cifermann y Elizabeth Alves Müller.

El gran desafío que se volvió más acuciante en los días del Congreso “Medellín 50 años” es la urgencia de abrirnos al clamor del Espíritu hoy: dejar nacer una nueva forma de ser Iglesia. Y este nuevo nacimiento no sucederá sin los laicos.
Nada mejor que dar la palabra a una laica y un laico para transmitirnos, -desde su experiencia, su fe reflexionada y su compromiso militante-, la perspectiva fundamentada de una urgente conversión eclesial en lo que a la vocación y el protagonismo laicales se refiere.
Elisabeth y Gabriel participaron en la Comunidad de vida y aprendizaje “Protagonismo de los laicos en la sociedad y la Iglesia hoy”. Y nos pareció que su aporte será muy fecundo para que también consagradas y consagrados nos abramos a un nuevo modo de situarnos para hacer posible una nueva eclesialidad.

Cincuenta años después de La Conferencia del CELAM en Medellín, nos reunimos en la misma ciudad para reflexionar sobre el “Protagonismo de los Laicos en la Iglesia y en la sociedad”, en una comunidad de aprendizaje destinada a ello. Entre no muchos laicos que conformaban esta comisión, participamos activamente Elisabeth Müller, de nacionalidad brasileña, y Gabriel Cifermann, de nacionalidad chilena; ambos viviendo en Medellín.
Coincidimos en vivenciar que el paradigma en el cambio eclesial que pudo haber logrado el documento de Medellín en la Iglesia Latinoamericana hace medio siglo, no necesariamente podía evidenciar la mayoría de edad en la Iglesia que estamos viviendo cincuenta años después. Ciertamente salimos de una Iglesia colonial, pero no por ello, evolucionamos a una Iglesia menos clerical. De hecho, nos quedó la interrogante de cuántos laicos fueron invitados al Congreso eclesial “Medellín 50 años”, pues, la verdad la representación fue minoritaria, incluyendo las mismas comisiones o comunidades que trataron temas más directamente vinculados con los laicos.
Siendo coherentes con la perspectiva epistemológica (Ver-Juzgar-Actuar), que empleó la segunda Conferencia del CELAM, es preciso primero dar un vistazo a algunos datos del contexto actual, en contraste con los del momento en el que se celebró la Conferencia de Medellín.

1. VER
a. Porcentaje de Población Urbana y Rural :
1965 = Urbana 53,24% Rural 46,75%
2015 = Urbana 79,80% Rural 20,20%.
Actualmente el continente tiene una población predominantemente urbana. ¿Qué significa este dato para la organización de la Iglesia, de sus tareas evangelizadoras, tipo de prácticas y planes pastorales, para la organización territorial de las diócesis etc.?
b.Tasa bruta de matrícula nivel terciario de educación comparativo 1970-2016 : pasa de 6,9 a 48,4% lo que significa niveles de formación hasta el nivel secundario y terciario de una cantidad mucho mayor de la población en los años actuales.
c. Porcentaje de católicos: en 1970 era el 92%; en 2014, el 69%. En tanto que los protestantes -evangélicos- en 1970 representaban el 4%; y en 2014, el 19% . Estos datos muestran cambios importantes en cuanto a la religiosidad y la declaración de afiliación a iglesias en el continente así como una disminución importante de católicos.
d.Tasa de crecimiento de la población de 0-14 años comparativo: en el periodo 1965-70 esta franja etaria representaba el 23,3% ; en tanto que en 2010-15 pasó al 3,2% . Esto pue permite inferir que el porcentaje de jóvenes y niños en adelante será mucho menor que en el periodo anterior.
En relación a la Iglesia Católica, “Los laicos son la inmensa mayoría de los fieles en la Iglesia. Nada menos que el 95% del Pueblo de Dios, el 17% de la población mundial; lo que equivale a más de mil cien millones de personas bautizadas que viven en diversos grados de pertenencia y adhesión, de corresponsabilidad y participación en la vida de la Iglesia.”

Medellín fue significativo para que muchos laicos de América Latina se integraran más a los procesos sociales como tarea propia, pero al mismo tiempo sintieron la necesidad de participar en la vida de su Iglesia para adecuarla a esas nuevas experiencias. Medellín convoca a todos los bautizados a hacerse cargo de la misión en el mundo y, de esa manera, vivir el llamado hecho a todos por Jesús.
La clasificación de los creyentes en sectores conforme sus opciones políticas y de presencia en el seno de la sociedad -“conservadores, desarrollistas o revolucionarios”- posiblemente haya causado muchas críticas y cuestionamientos que han quedado en slogans, llevando a malentendidos a posiciones ideológicas de conveniencia, en lugar de promover un debate constructivo y plural sobre visiones de la organización de nuestras sociedades. Pero tal clasificación no era ajena a la realidad de entonces ni a la actual, ya que aún persiste, quizás con mayor radicalidad. Lo lamentable es que cuando se mira desde los extremos se corre el riesgo de obturar la escucha. De ahí los sesgos: De un lado, el Concilio, y en el continente, Medellín, se percibieron como peligrosos para la identidad católica y para la “seguridad” de la Iglesia. La estrategia para domesticarlos fue, sobre todo, el retiro del mundo, de la historia, de los compromisos en la sociedad. Se reforzó la imagen de “laico de sacristía”, “clerical”, replegado en las cuatro paredes de la parroquia, y en esa dirección se alentaron “nuevos movimientos”, y con este panorama llegamos al tiempo de Francisco.
Constatamos que hay más práctica religiosa que identificación con los grupos religiosos institucionales. Los católicos nominales cuestionan las orientaciones éticas y morales de la Iglesia católica pero no la expresan al interior de la institución, lo cual es una manifestación del sentimiento de sumisión frente a la autoridad clerical.

2. JUZGAR
A partir del Ver, identificamos que, a pesar de las orientaciones de Medellín, la estructura eclesiástica sigue un modelo de cristiandad, lo que genera que se espiritualice una ideología o se ideologice una espiritualidad, provocando idolatría en cuanto a que se absolutiza lo relativo y se relativiza al Absoluto. Estos son los rasgos o manifestaciones de esa estructura:
a. Individualización y relativización de la creencia. Se vive como si hubiera un mercado religioso, donde es el sujeto el que define en qué creer y cómo hacerlo fruto de una cierta comprensión hedonista, lo que contrasta con la necesidad antropológica y cristiana de la experiencia vital comunitaria. La consolidación de ese “mercado religioso” dirigido al “creyente/consumidor”, hace que la religión llegue a convertirse en un objeto de consumo.
b. Exaltación de las experiencias subjetivas, emotivas y estéticas que llevan a una vivencia “intimista” de la fe, y a la formación de diversos movimientos laicales, que no cuentan con una fundamentación teológica seria o profunda.
c. Mantenimiento de un laicado sin formación profunda. Conviene a ese modelo de Iglesia una estructura que no desarrolle una fe adulta, que permita al laico cuestionar, opinar, decidir, y tomar responsabilidades.
Los laicos no son funcionarios de la fe ni de la evangelización; no sólo son objeto sino protagonistas y responsables de la evangelización. No deben separar la unión con Cristo de las actividades de la vida. Sólo así es posible, interpretar a Dios desde la realidad y la realidad desde la relación con Dios de manera, personal, comunitaria y eclesial.
El laico no es el que no tienen una vocación, no es “un simple fiel”, sino que tiene una vocación laical, y dicha vocación mayoritaria suscitada por el Espíritu en la Iglesia como comunidad de bautizados, requiere ser alimentada, potenciada, formada y no subestimada.
Si ignoramos la realidad del clericalismo, denunciado por el Papa Francisco, como perversión eclesial, no vamos a poder ignorar las consecuencias de haber ignorado la realidad. Toda la comunidad eclesial es responsable, ya que hemos preferido mantener el clericalismo porque es más cómodo que seguir a Jesús de Nazaret. Si hemos proclamado otras veces que “la iglesia somos todos” eso no puede valer solamente a la hora del reclamo para participar en decisiones eclesiales, sino también a la hora de asumir responsabilidades.
Se ha optado por lo eclesiástico -la vida institucional está en juego- lo que dificulta la eclesialidad y se fomenta amar a la iglesia más que a Dios, en virtud de una religión institucional o poder sagrado -eclesiolatría-. Seguimos, por ejemplo, prefiriendo comulgar con el sacerdote que, con la ministra de la comunión, como si fuese una comunión de menor calidad.

3. ACTUAR
“Es necesario que cada uno de los bautizados se sienta involucrado en la transformación eclesial y social que tanto necesitamos”. Nos toca trabajar juntos clérigos y laicos y vida consagrada, para abrir nuevos canales del don de la gracia . Como Iglesia Católica debemos ser conscientes de la crisis actual para buscar hacia dónde debemos trabajar abriendo zanjas, canalizaciones, donde todo el torrente se canalice y logremos la transformación hacia una Iglesia resignificada y resignificante, Comunidad de comunidades. Juntos seremos la Iglesia que Dios se merece.
Lo único donde nos podemos encontrar todos es volver a la Persona de Jesús de Nazaret. No se trata de la devoción en Cristo Jesús, sino de buscar la manera de llegar a la fe “de” Jesús; no una creencia o idea de Dios, sino el Dios de Jesús -el Abba-.
a. Caminar concreta y decididamente hacia una Iglesia sinodal: implica la presencia de laicos bien formados y presencia a todos los niveles de la institución. Cómo: garantizar que las diócesis inviertan en formación teológica y humana de los laicos -no adoctrinamiento- por lo menos el valor equivalente a la formación anual de un seminarista. Fomentar la conformación de consejos pastorales y elaboración de planes pastorales a todo nivel, con presencia de laicos de diversos grupos.
b.Repensar esquemas territoriales de parroquias, más que eventos masivos de difícil seguimiento posterior. Redescubrir y apoyar la Iglesia en tamaño pequeño, Iglesia doméstica, comunidades, ya sean CEBs o movimientos auténticamente laicales con liberación de personas y recursos. Por ejemplo, proponer formación teológica de laicos en su parroquia; liberación de sacerdotes y religiosos/as formados para acompañar grupos y movimientos; dar acceso a espacios locativos para reuniones.
c.Incluir a las mujeres, sin ambigüedades, en la misión eclesial, en cuanto a toma decisiones, formación teológica, acompañamiento de comunidades.
d.Formación de sacerdotes menos clericales que busquen promover laicos menos clericalistas, dispuestos a seguir las palabras del Papa Francisco: «El primer sacramento, el que sella para siempre nuestra identidad y del que tendríamos que estar siempre orgullosos es el del bautismo. Por él y con la unción del Espíritu Santo, (los fieles) quedan consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo (LG 10). Nuestra primera y fundamental consagración hunde sus raíces en nuestro bautismo. A nadie han bautizado cura, ni obispo. Nos han bautizados laicos y es el signo indeleble que nunca nadie podrá eliminar. Nos hace bien recordar que la Iglesia no es una elite de los sacerdotes, de los consagrados, de los obispos, sino que todos formamos el Santo Pueblo fiel de Dios. Olvidarnos de esto acarrea varios riesgos y deformaciones tanto en nuestra propia vivencia personal como comunitaria del ministerio que la Iglesia nos ha confiado. Somos, como bien lo señala el Concilio Vaticano II, el Pueblo de Dios, cuya identidad es la dignidad y la libertad de los hijos de Dios, en cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en un templo (LG 9). El Santo Pueblo fiel de Dios está ungido con la gracia del Espíritu Santo, por tanto, a la hora de reflexionar, pensar, evaluar, discernir, debemos estar muy atentos a esta unción.»

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