La nueva Arca

Pedro Abelló / InfoVaticana

17 octubre, 2020
Hay una premisa necesaria, que es creer en las apariciones marianas. Para quien no crea en las apariciones, lo que sigue es absurdo, pero tal vez debería preguntarse si su increencia tiene un fundamento sólido y objetivo o es solamente subjetivo, y si su subjetividad es tan poderosa como para juzgar sin error sobre ciertas cosas.

Pues bien, quien crea en las apariciones y las haya estudiado mínimamente, sabe que en todas ellas el mensaje es el mismo: seguimos un camino que nos lleva al abismo y se nos pide con urgencia rectificar: conversión, arrepentimiento, oración, penitencia, sacramentos… De lo contrario, se nos anuncia un castigo, en realidad autoimpuesto por nuestro alejamiento voluntario de Dios, y se nos recuerda que la condenación eterna es una terrible posibilidad para quien se encastilla en su increencia.

Particularmente Garabandal y Medjugorje son absolutamente explícitas en este sentido. Garabandal anuncia un Aviso, un Milagro y un gran Castigo de proporciones telúricas si tras el Aviso y el Milagro no somos capaces de rectificar. Medjugorje habla de diez secretos que serán revelados en su momento, por lo menos siete de los cuales, como las plagas del Apocalipsis, se refieren a castigos.

La inminencia de estos hechos nos viene dada por la forma en que serán anunciados. El Milagro de Garabandal, que debe producirse dentro del año siguiente al Aviso, debe ser anunciado con siete días de antelación por la vidente que, en el momento en que escribo, tiene ya 71 años de edad.

Los diez secretos de Medjugorje serán anunciados con tres días de antelación cada uno de ellos por un sacerdote que tiene ya 74 años, y probablemente entre el primero y el último de los secretos transcurrirá un cierto tiempo, tal vez incluso años.

La seriedad de los anuncios y su inminencia aconseja prescindir del respeto humano, del qué dirán, de lo que los demás puedan pensar de uno mismo, y hablar con claridad de estas cosas, pues lo que nos jugamos es nada menos que nuestro destino eterno.

Medjugorje nos proporciona una clave de gran importancia a este respecto: así como Dios ordenó a Noé construir el Arca antes de enviar el Diluvio para salvar lo que debía ser salvado, y así como los israelitas en Egipto fueron preservados del Ángel de la Muerte por la sangre de cordero en las puertas de sus casas, Dios nos proporciona también ahora un Arca y una Marca para preservar a los que elijan la conversión: la Consagración al Inmaculado Corazón de María.

El Corazón de María es el Arca que protegerá a los fieles de la acometida del Enemigo en el momento en que éste lanza su ataque definitivo contra la humanidad, puesto que también se nos anuncia que vivimos los tiempos predichos por el Apocalipsis, en los que Satán ha sido derrotado en el Cielo y lanzado a la tierra con todas sus huestes, donde entablará su batalla definitiva para perder el mayor número de almas.

Vienen tiempos de gran peligro para la humanidad, pero Dios nos proporciona un Refugio y María una Promesa en Fátima: “Al final, mi Inmaculado Corazón triunfará”.

Que los corazones endurecidos reflexionen con prudencia y se pregunten: “¿Y si todo ello fuera cierto? ¿Vale la pena encerrarse en el propio orgullo que nos manda no rectificar y correr el riesgo de que sea cierto?”.

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