La ‘guerra’ del Papa contra el rito antiguo

InfoVaticana / Tim Stanley / The Spectator

20 julio, 2021
Tim Stanley, redactor en jefe del Daily Telegraph y colaborador del Catholic Herald, glosa la última decisión del Papa Francisco desde el prestigioso semanario The Spectator:

«Voy a tener que resumir el asunto de la manera más concisa posible, porque es un tema complejo con un mensaje simple: el Papa está tratando de hacer que decir, y por lo tanto asistir a la Misa de Rito Antiguo sea lo más difícil posible. Se trata de la forma de misa a la que acudían la mayoría de los católicos antes de la década de 1970. Fue sustituida por el Nuevo Rito y el Antiguo Rito pasó más o menos a la clandestinidad. En 2007, el Papa Benedicto XVI decidió que los sacerdotes que quisieran decir el rito antiguo podían hacerlo. Francisco lo ha anulado: ahora hay que obtener el permiso del obispo y se instruye fuertemente a favor de que el obispo diga que no.

¿Por qué es importante esto para los católicos y los no católicos? Porque es una lección de cómo se comporta el liberalismo en esta etapa gerontocrática, al estilo Brezhnev: totalmente intolerante con cualquiera que se salga de la línea del partido. No basta con callarse o incluso con someterse. Hay que conformarse.

El caso de Francisco tiene puntos débiles en tres niveles. En primer lugar, se le conoce como el Papa de la misericordia, pero esta acción es decididamente inmisericorde con aquellas partes de su rebaño que aman el Rito Antiguo. Ataca de modo rutinario la rigidez en los fieles, es decir, el conservadurismo, pero él se muestra tan rígido como el acero. Ha promovido una Iglesia más descentralizada, pero ahora está invadiendo las conciencias de la gente. Y dice que quiere la unidad, pero lo más probable es que su decreto promueva el cisma. En resumen: es un caso clásico, como sucede cuando vemos a un político que es todo aquello de lo que acusa a su oposición.

En segundo lugar, soy reacio a acusar al pontífice de mentir abiertamente, pero su proclamación es poco sincera. Afirma que todo lo que Benedicto quería hacer era atender al puñado de tradicionalistas moribundos que querían el Rito Antiguo, pero todos sabemos que se trataba de algo más que de eso: que había una esperanza de modernizar el Rito Antiguo al tiempo que se purificaban los abusos en el Nuevo, reconociendo al mismo tiempo que el Antiguo es una expresión perfectamente válida de la fe católica (lo cual es una receta para el enriquecimiento mutuo y la unidad genuina).

Además, la práctica del Antiguo es una de las pocas áreas de crecimiento en la Iglesia Occidental -para vergüenza de los que lo odian- y las razones de su éxito son obvias. Para muchos que asisten a ella por primera vez, despojada de su contexto social en los años sesenta, resulta refrescantemente novedosa y les llama la atención por su devoción y hermosura, un antídoto contra el ruido del siglo XXI.

Francisco afirma que se ha convertido en un punto de encuentro para los críticos de la Iglesia moderna, que es una amenaza para la unidad, y eso es cierto en algunos lugares, pero no en la gran mayoría de las diócesis. De hecho, el mejor efecto de la acción de Benedicto fue divorciar la práctica del Rito Antiguo de los cismáticos: significaba que si querías disfrutar de él, ya no tenías que asistir a una dudosa iglesia clandestina. Es Francisco quien lo ha vuelto a hacer algo controvertido, empujándolo a los márgenes y luego acusándolo de marginal.

En tercer lugar, todos sabemos en el fondo que se trata de una última resistencia desesperada de la generación de clérigos de los años sesenta, una generación que está a unos diez años de perder el control del poder.

Los seminarios están llenos de jóvenes que quieren decir el Rito Antiguo. En muchos casos, la acción de Francisco les parecerá un golpe terrible a sus vocaciones porque les despoja de un derecho que suponían que iban a poder ejercer libremente, enviando el mensaje de que no pueden confiar en que el Vaticano no cambie las reglas del juego en cualquier momento (¡¿qué será lo próximo?!).

Pero deben mantenerse firmes y perseverar, porque esa generación de los sesenta no estará por mucho tiempo en este mundo, y cuando finalmente se vayan, todo el bagaje de su época se irá con ellos. De lo que no se dan cuenta con este último intento de matar al Viejo Rito es de que están envenenando su propio legado. Hay muchas cosas en las que Francisco tiene razón: me ha hecho cambiar de opinión sobre el medio ambiente y me ha hecho moverme hacia la izquierda en economía. Pero al asociar esa agenda a una política cultural estrecha, los liberales dan la espalda a sus aliados naturales.

También provocarán una gran confusión en el resto del mundo. ¿Por qué, en medio de una pandemia -con los casos de abusos a niños persiguiendo a la iglesia y la China comunista suprimiendo la religión- lanzar una cruzada contra una bonita liturgia que se dice en muy pocos lugares y no hace daño a nadie? Porque las guerras litúrgicas, como los debates sobre el arte o la arquitectura, son una tapadera para la obsesión ideológica. Nos traicionamos a nosotros mismos por nuestras prioridades.

El liberalismo promovió en su día la diversidad; ahora que está en el poder se ha endurecido hasta convertirse en ortodoxia, en un diseño de vida que todos debemos seguir. Los conservadores solían dirigir la Iglesia y a menudo podían ser desagradables, es cierto: pero perdieron la guerra. Ahora que están fuera del poder, lo único que quieren es que se les deje en paz. Bueno, pues no les dejan y es ingenuo pensar que la paz es una opción.

La razón por la que lo que ha hecho Francisco es importante es porque algún día el tipo de liberalismo que él encarna vendrá a por ti, por algo sencillo que estabas haciendo y que no molestaba a nadie más pero que, por su mera existencia, era una amenaza existencial para el régimen gobernante. Tú eres el siguiente.»

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