La amarga Navidad de los fieles chinos de la Iglesia clandestina

Carlos Esteban / Infovaticana

 

 

El acuerdo de Roma con las autoridades comunistas deja a la iglesia china de las catacumbas con un dilema desgarrador: desobedecer al Santo Padre o someterse a unos pastores objetivamente cismáticos nombrados directamente por sus perseguidores.

 

“Están tan preocupados, están tan tristes”, resume el cardenal Zen, arzobispo emérito de Hong Kong en declaraciones al National Catholic Register. “Muchos se unirán a la Iglesia oficial [controlada por el Estado], pero otros son incapaces de hacerlo. “Se niegan en conciencia a hacerlo porque la iglesia oficial es objetivamente cismática”.

 

Ser católico en China ha sido, desde la revolución comunista de Mao, tener verdadera vocación de mártir. Eso mismo que para el cristiano occidental es solo una remota posibilidad o, en el peor de los casos, una molestia u objeto de burlas y casi imperceptibles discriminaciones, el martirio por la fe, para los millones de católicos chinos ha sido durante décadas la realidad con la que han convivido diariamente. Del confinamiento en campos de ‘reeducación’ – los temidos laogai – a la condena a muerte, la detención arbitraria, la tortura, el acoso, la discriminación abierta.

 

Se han mantenido fieles a Roma también frente a la Iglesia Patriótica, creada por el propio Partido Comunista como remedo, tentación y parodia. Ellos sabían que unos prelados y sacerdotes nombrados por unas autoridades oficialmente ateas, que no contaba con la aquiescencia de Roma, eran solo como obispos y curas de carnaval.

 

Y ahora ven cómo Roma les da la espalda, negocia con sus perseguidores, acepta la jerarquía creada por los comunistas, a los obispos nombrados por el partido, e incluso pide a los prelados fieles que cedan su puesto a los que hasta ayer eran cismáticos. Es un modo de decirles que han sido estúpidos por mantenerse fieles, estúpidos por resistir, estúpidos por arriesgarse al desprecio público, la prisión y la muerte.

 

Y ni siquiera ha traído el pacto alivio alguno a su situación, más bien al contrario: se recrudece la represión, se multiplican las detenciones arbitrarias y la demolición de lugares de culto. Tampoco los prelados recientemente reconocidos por Roma simulan algún arrepentimiento por su rebeldía pasada a Roma o alguna docilidad frente al Santo Padre y la doctrina perenne y secular de la Iglesia. De los siete obispos ‘patrióticos’ a los que Roma ha levantado la excomunión, confirmándolos en sus sedes o cediéndoles otras, al menos dos -Pablo Lei Shiyin y José Liu Xinhong- es sabido que tienen hijos, asegura Zen. “Eso es cierto, y lo sabe todo el mundo desde hace tiempo”, insiste Zen, aunque para las fuentes oficiales vaticanas se trataría de un simple rumor insuficientemente probado.

 

Incluso podrían estar casados, ya que no se suponía en el momento de su nombramiento que tuvieran que ajustarse a las normas católicas a este respecto. Este asunto, el hecho de que algunos de los obispos ‘patrióticos’ estuvieran casados, fue en el pasado uno de los obstáculos que hacían imposible un acercamiento. Durante la Revolución Cultural de Mao, algunos sacerdotes se vieron obligados a casarse, aunque la Iglesia oficial observa ahora teóricamente el celibato sacerdotal.

 

“Si es cierto que uno o más de los obispos ‘reconciliados’ de la Iglesia Patriótica china están casados, la Iglesia Latina, con sus recientes acuerdos con el gobierno chino, ha roto con la tradición apostólica que nunca ha considerado lícito el matrimonio de los obispos”, asegura al Register el cardenal norteamericano Raymond Leo Burke. “Algo así, unido a la abierta falta de respeto por el Ministerio Petrino por parte de algunos de los obispos, cuestiona la validez canónica del levantamiento de la excomunión en la que con toda justicia habían incurrido”.

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