Juan Pablo II y la santidad que algunos en la iglesia no quieren comprender

Nicola Bux / l’Occidentale / InfoVaticana / Traducción Verbum Caro

Es necesario que haya escándalos, dijo Jesucristo, pero ¡ay del hombre a causa del cual sucede el escándalo! (cf. Mt 18,8). Se trata de obra y culpa humana; sin embargo, existe en eso una disposición divina. ¿Acaso no sabía Cristo que Judas le traicionaría? Y a pesar de ello, lo eligió. Un misterio.

El Salmo 120 afirma: “¿Quién puede encontrar una persona de confianza?” A quien le decía que algunos de sus colaboradores eran discutibles, Juan Pablo II respondía: “Lo sé, pero ¿piensa que los otros son mejores?” Conocía al hombre en profundidad y sabía que sin la conversión del corazón, la nomenclatura no sirve.

La fama de Karol Wojtyla, como arzobispo de Cracovia, estaba difundida entre los jóvenes de Comunión y Liberación que, contrariamente a la juventud católica de entonces más propensa a las protestas del 68, en los años 70 escudriñaban la agitación del samizdat, el disenso clandestino más allá del Telón de acero y en Rusia, y que, por indicación de don Francesco Ricci, gran sacerdote romañolo, y alentados por don Luigi Giussani, iban en peregrinación al santuario de la Virgen de Czestokowa. Yo era uno de ellos. Por eso exultamos esa tarde del 16 de octubre de 1978, cuando fue elegido Juan Pablo II. Y tuvimos miedo en el momento del atentado el 13 de mayo de 1981.

El 26 de marzo de 1982, al término del congreso teológico sobre el Espíritu Santo, en el Vaticano, en el XVII centenario del concilio de Constantinopla del año 381, me recibió. Lo volví a ver en una audiencia privada el 14 de marzo de 1991, junto a algunas personalidades de Jerusalén, exponiendo las dificultades de la presencia cristiana en Tierra Santa. Después de nombrarme, por propuesta del cardenal Ratzinger, consultor en la Congregación de los Santos, después de la Congregación para la Doctrina de la Fe y, por último, perito en el sínodo sobre la Eucaristía, lo vi la última vez en la audiencia que concedió al Consejo de la Secretaría general del Sínodo de los Obispos.

Me conmovió verlo en la silla de ruedas, debilitado: era el 16 de noviembre de 2004, a poco menos de cinco meses de su muerte. Todo esto no me ha impedido ser imparcial, proponiendo ulteriores profundizaciones cuando me nombraron uno de los consultores de la causa de canonización. Según mi humilde parecer, el Siervo de Dios merecía una Positio super virtutibus mejor. Pero quien considera que fue muy precipitada, se olvida de que en la historia de las causas de los santos, no han sido pocos los procesos de canonización rápidos.

Los santos, como los grandes padres de la Iglesia, no son los que menos defectos tienen, han cometido errores en personas y cosas, pero el error no es un pecado. En cambio, han sido los más valientes en seguir a Cristo; pero esto el mundo no lo entiende. Las intervenciones de los periodistas laicistas son moralistas, porque están acostumbrados a tolerar pecados mucho peores, pero ante la Iglesia se olvidan de ello y se convierten en inflexibles. Al inicio he dicho que Jesús, aun sabiendo quién era Judas, permitió que entrara en el colegio apostólico: misterio de la relación entre la gracia de Dios y la libertad del hombre. ¿Acaso no decimos que el hombre siempre es recuperable?

Tiene razón el cardenal Ruini en hacer un llamamiento a la vox populi, verdaderamente enorme –desde los millones de fieles que le rindieron homenaje cuando murió hasta los jefes de Estado procedentes de todo el mundo en el funeral–; no se recordaba nada igual desde la muerte de Pío XII, en la que se vio un funeral imponente y filas interminables durante días en San Pedro, y fama de santidad difundida hasta el punto que, a dos meses de la muerte, acaecida el 9 de octubre, el 8 de diciembre ya se había difundido la oración para la canonización. El proceso lo inició Pablo VI en 1965. Sí, tal vez Benedicto XVI hubiera querido para Juan Pablo II más tiempo, pero ya había innumerables indicaciones de gracias y supuestos milagros.

Juan Pablo II dio impulso a la evangelización a escala mundial, algo necesario para cada generación. Hoy se considera que esto es proselitismo: no, porque la comparación con las religiones no debe significar para la Iglesia abdicar de su misión de hacer conocer a Jesucristo, sin el cual no hay salvación. Juan Pablo lo tenía claro, también porque procedía de la generación que había crecido en Polonia bajo el comunismo.

Era verdadera su capacidad de mirar a lo profundo –su mirada te conmovía– y de hundirse en la oración como pez en el agua, diría el cura de Ars, de rodillas, también cuando ya le fue imposible hacerlo: no se exagera cuando se dice que era un místico. Jamás actuó contra los críticos y los opositores con una actitud vengativa, o marginando a cardenales y obispos, o castigando a institutos religiosos, sino que confirmó siempre la verdad, como hizo, por ejemplo, defendiendo la declaración Dominus Iesus. En un Ángelus dijo que el papa debe sufrir para introducir la Iglesia en el nuevo milenio.

De su magisterio se puede sacar el verdadero humanismo, el cristiano, a partir del “manifiesto” de la Redemptor hominis, en el que la antropología bebe de la cristología propuesta según categorías fenomenológicas. Nunca idealizó a los pobres o la paz, porque no era un relativista, sino que afirmaba a Jesucristo como centro de la historia y del mundo.

Se dice que no se interesó mucho en la curia romana: sabía que sin la justicia y la caridad las reformas eclesiásticas son inútiles. La constitución apostólica Universi Dominici gregis sobre el cónclave, demuestra cuánta atención prestaba. ¿Pero bastó para impedir la acción de lobby de la “mafia de san Galo”?

Precisamente este documento confirma que no era superficial y centralizador, sino todo lo contrario: consciente de su responsabilidad, no pasaba por encima de sus colaboradores, sino que se sometía a las distintas instancias de los dicasterios de la curia para redactar documentos y realizar nombramientos.

Sobre el papel del secretario personal se han dicho muchas cosas; pero seguro que no sustituyó al papa, sino que lo ayudó, sobre todo en los periodos de enfermedad y debilitamiento. Como en todos los ambientes, la curia se asemeja a un corte, en la que las voces y los susurros tienden a aumentar y a transformarse en otra cosa respecto a lo que eran en origen. Juan Pablo era prudente y respetuoso; sabía muy bien que no debía creer en las acusaciones contra un sacerdote, a no ser que hubiera declaraciones de testigos. Y en la época de Juan Pablo II las acusaciones contra McCarrick, por lo que parece, aún no eran evidentes.

Juan Pablo II, que había desafiado al régimen de Jaruzelski y alentado Solidarnosc… ¿debía tener miedo de McCarrick? San Bernardo, que sabía de obispos, es más, de papas, visto que Eugenio III había sido su discípulo, afirmaba: si prudens regat (si es prudente, que gobierne). ¿Puede esto acabar en malabarismo? Ciertamente, si no se está guiado por la verdad. El poder está en la verdad: los que tienen la verdad tienen el poder.

Juan Pablo II le dijo a don Giussani: “Estamos sin patria”. El santo es un extranjero en este mundo y el mundo con sus agentes no lo puede entender, y mucho menos los quintacolumnistas infiltrados en la Iglesia.

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