Juan el Bautista no había leído «Amoris Laetitia»

No sé si no habría que plantearse el retirar a san Juan Bautista del santoral católico. Cuanto más lo pienso, más claro lo veo.

Para empezar, san Juan Bautista era un rigorista y un exagerado en su vida. Eso de andar por el desierto, vestirse con piel de camello y alimentarse con saltamontes y miel silvestre no me digan que no es para sospechar. Rigoristas ya en tiempos de Cristo, empezando por su primo. Cómo puede ser modelo de algo un señor, por muy primo que fuera de Nuestro Señor Jesucristo, que se pasa en la penitencia. Menudo ejemplo cuando hoy lo que se lleva es una vida más normalita e incluso contemplamos cómo congregaciones que han optado por una especial observancia andan con sus no pequeñas dificultades.

Además de rigorista, nos encontramos con un supuesto santo que, lejos de tratar con caridad y mansedumbre a sus contemporáneos, se dirige a ellos con el poco evangélico título de “raza de víboras”. Esto comienza a ser intolerable. ¿Cómo es posible tratar a la gente así? Este san Juan Bautista, o mejor le quitamos el san, parece un bárbaro deslenguado, insultador y poco comprensivo con el pecado ajeno y que, en lugar de hablar de misericordia y tolerancia se sale por los cerros del desprecio y el insulto. Muy mal.

Veo también, ya en la escena del bautismo de Cristo, un afán proselitista que no me gusta nada. Lo veo en esas llamadas insistentes y autoritarias a la conversión que no respetan para nada la justa autonomía de la conciencia personal. ¿Cómo que convertíos? ¿Pero quién es este tipejo para decir a la gente lo que tiene que hacer? Pero es que encima los amenazaba hasta con el fuego, en una evidente manipulación para hacer que se bautizaran, como si el bautismo de conversión fuera tan fundamental, que ya sabemos que no lo era. Manías del bautista.

Y luego ya lo de echar en cara a Herodes que no podía convivir maritalmente con la mujer de su hermano evidencia una total falta de respeto y un lanzar acusaciones de ese calado sin que conste el más mínimo esfuerzo y acompañamiento a la hora de discernir su personal situación. Cómo se nota que en tiempos de Juan Bautista no se conocía “Amoris Laetitia”. Hace falta ser lanzado y sentirse sobrado para calificar de adulterio una relación, aunque fuera con la mujer de su hermano, sin pararse a pensar los motivos, las circunstancias, los atenuantes y que, en definitiva, Herodes y Herodías también tenían derecho a ser felices, que a saber como se las gastaría Filipo.

Con estos hechos probados, seguir presentando a Juan el Bautista como santo y de los grandes me parece pelín exagerado. Mejor no tocar su vida y fomentar el 24 de junio como fiesta del inicio de verano y de la confraternización universal, lo cual nos acercaría más a esta sociedad multicultural, solidaria, abierta y acogedora con todos y todas.

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