Jóven testigo de Jehová dice que Dios lo llamó a “ser católico” estando en Kazajstán

Portaluz

Cuando el canadiense David Rakowski, recibió en 2014 la noticia de que estaba contratado para su primer trabajo como profesor de idiomas en Kazajstán “sabía que iba a vivir la aventura de mi vida”, cuenta en un íntimo relato que ha publicado en el portal The Coming Home Network.

El destino fue Taldykorgan, ciudad situada a 120 kilómetros de la frontera china a lo largo de las majestuosas montañas de Tien Shen (imagen adjunta), donde su vida sería impactada, no solo por ser este su primer trabajo como maestro de inglés y el encuentro con una nueva cultura, sino porque viviría una transformación espiritual radical.

De niño lo educaron en la fe que profesaba su familia: los Testigos de Jehová; quienes le enseñaban, dice David, que “eran la fe cristiana verdadera”, que solo ellos “seguían la tradición… y sólo nosotros seríamos salvos”. Pero en su adolescencia y juventud, aunque libremente “aceptaba a Jesús en su corazón”, comenzó a vivir un proceso de reflexión respecto de la veracidad y la auténtica historia del cristianismo.

Para cuando finalizó sus estudios universitarios, que lo habilitaban como maestro de escuela, ya había concretado su sueño de infancia viajando por más de 30 países y conocido “lugares de culto” de creencias diversas que confrontaron su propia identidad espiritual como Testigo de Jehová. “Las discusiones religiosas con la gente que conocí me dieron una perspectiva global sobre la espiritualidad en general y el cristianismo en particular”, confirma David.

Pero Dios aún le reservaba una sorpresa en este trayecto de búsqueda que el joven profesor canadiense había iniciado. No podía resistir, dice, aquel impulso interior y “estaba convencido” de que había “algo más grande por descubrir”. Finalmente “sería en Kazajstán donde me enfrenté a una pregunta crítica de mi caminar cristiano: ¿Cuáles eran los orígenes de mi fe?”

Buscando conocer la cultura e historia de aquel país euro asiático que le ofrecía trabajo, comenzó a leer algunos informes oficiales del gobierno kazajo. Le sorprendió saber, reconoce, que más de medio milenio antes de la llegada de la iglesia ortodoxa rusa o de los protestantes, “hacia 1245 los monjes católicos ya habían visitado sus estepas”.

Esa información le hizo “tangible” por primera vez, comenta David, lo que confirmaría en una posterior investigación -que le llevó un par de años- de la historia del cristianismo. “Necesitaba llegar al fondo de por qué creía lo que creía”. Estudió así las tesis de Lutero y otros reformadores como Wiclef, Hus, Zwinglio y Calvino, observando cómo en sus afirmaciones se acusaban unos a otros de no ser auténticos cristianos…

Luego conoció la verdad en la Sagrada Escritura con su “canon establecido por la iglesia católica allá a finales del siglo V”, comenta. También a los “Padres de la Iglesia”, siendo cautivado por San Ignacio de Antioquía. “Cuando leí sus palabras sobre la devoción a María, los sacramentos, la presencia eucarística, el purgatorio, el primado de Pedro, la sucesión apostólica, la jerarquía eclesial y la naturaleza de la salvación, vi un cristianismo que se veía muy diferente de la variante protestante a la que estaba acostumbrado. ¿Quién era yo para contradecir a estos primeros Padres sobre la naturaleza del cristianismo?”

Por ese mismo tiempo un par de amigos que hizo en Taldykorgan, la ciudad rural donde trabajaba y vivía, lo invitaron un día a misa con ellos en la única iglesia católica del pueblo (n. del e.: se trata de la parroquia Santísima Virgen María). Fue nada más entrar por primera vez en ese recinto católico y su “intolerancia profunda”, confiesa, se desvaneció.

“Sentí una conexión más directa con Dios”, agrega. El siguiente impacto lo recibió del celebrante, “el padre Luca” (Baino), misionero franciscano que emocionó a David por la “calidez, carisma y amor a Jesús”, que transmitía.  “Su paciencia y fe me impactaron. Ni una sola vez me presionó; simplemente respondió a mis preguntas”.

Un factor igual de importante en este proceso fue leer algunos testimonios de protestantes que retornaron a casa, a la fe católica. “Sus historias me aseguraron en mis descubrimientos históricos y me ayudaron a entrar en comunión con mis hermanos católicos cristianos.

Estudiar intensamente mi propia fe me humilló lo suficiente como para estar de acuerdo con Chesterton en que «un católico es una persona que ha tenido el valor de enfrentarse a la increíble e inconcebible idea de que hay algo más sabio de lo que él es (The Well and the Shallows)».

Podría haber seguido siendo protestante y ser una buena persona, pero ese no era el punto. Mi camino cristiano fue guiado por la búsqueda de la verdad y de la plenitud de Cristo. Me di cuenta de que, si iba a ser protestante, debía saber por qué no soy católico”.

No podía seguir negando la verdad que se asentaba en su alma, confidencia David, pero de igual forma sabía que era un privilegio lo vivido y señala: “El llamado de Dios a ser católico me sorprendió (…) y decidí poner mi confianza en la Iglesia que Jesús mismo fundó. Me bauticé en la Iglesia católica, en Kazajstán, el miércoles de ceniza del año 2017”.

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